martes, agosto 26, 2003

Valentín, el de las Tres Pascualas

Recuerdo de repente el dí­a que llegué al Valentí­n, allá por 1995, nuevo como un cuaderno con hojas en blanco. Bueno, con algunas páginas escritas. O garrapateadas un poco, más bien. ¿Cómo fue que supe del Valentí­n? Complicada historia. Vení­a llegando de haber estado en una pensión horrible, de esas en donde se es único pensionista.

Recuerdo la visita a Concepción, con los viejos, a buscar pensión, por ahí­ por febrero; despues de un dí­a completo de darse vuelta por la ciudad, desconocida para mí­, en donde las pensiones que vimos no tení­an nada de brillante, ni parecí­an suficientemente buenas; después de haber perdido las esperanzas de encontrar algo, dimos con la pensión de los Peigna-Augsburger.

Esta familia tení­a un departamentito en Remodelación Paicaví­, un conjunto habitacional de Concepción. Y también tení­an a Julio, hijo menor, un mocetón un poco mayor que yo, que iba a primer año de ingenierí­a, como yo. Serí­amos compañeros, de carrera y de pieza. Al poco andar, resultó que no era lo mejor que hemos podido encontrar, en las palabras de mi padre. Una de las frases más recurrentes de la dueña de la pensión tení­a relación con que el anterior pensionista habí­a quedado encantadí­simo con ellos, y que querí­a volver, pero que le habí­a ganado yo por puesta de mano. Si quedó tan encantado, ¿por qué no reservó con anticipación?

Era horrible ser el único habitante de ese departamento que se bañaba con el calefont a un tercio del máximo, cuando todo el resto lo poní­a al máximo; era horrible al desayuno ver a la sra. Peigna levantándose con cara de culo, despeinada como si hubiera estado en medio de la tormenta, a poner el desayuno a la mesa. ¡Pero que desayuno! Leche o té, pan cortado en mitades, jamón de tercera cortado en cuartos, algunas veces mermelada.

Eso cuando se levantaba, porque hubo días en que me serví­a yo solito, porque la señora de la pensión no era capaz de levantarse a las 7, hora en que debía estar tomando desayuno, para salir a las siete y media para entrar a las ocho a clases. Tenía que caminar harto para llegar a la sala de clases. No pocas veces llegué atrasado.

Cuento corto, jamás pude simpatizar o lograr que me cayeran en gracia estos personajes. Racistas, clasistas, horriblemente miopes (Chile es el mejor paí­s del mundo solía oí­rselo decir, sin haber salido de Chile nunca; Julito, en el certamen pon tus dos apellidos, que los profesores sienten preferencia por los de apellidos extranjeros aconsejaba la hermana al hermanito). Además de pasarla mal por estar lejos de casa y en una ciudad y paí­s nuevos, me tení­a que enfrentar a todo un nuevo sistema social, y luchar contra el sentimiento de desazón por mis constantes y continuados fracasos académicos: me iba a pique como una piedra.

Un vecino, amigo de años de mi viejo nos habló de una corporación de una Logia, la Paz y Concordia n° 13, que mantení­a un hogar en Concepción. Así­, al año siguiente de despedirme de los Peigna Augsburger, fuimos a visitar el hogar. No recuerdo como fue que llegamos, lo veo borroso aunque me esfuerce.

Debo ser honesto, los edificios eran más bien viejos, el color era feo (nada más feo que unos edificios viejos de color rosado deslavado por estar años de años expuesto a la intemperie); las habitaciones eran compartidas por no menos de tres personas, las camas eran un poco rústicas. Los cuatro pabellones tení­an paredes de madera; algunas habitaciones compartí­an ventana, con lo que se colaba el ruido, el humo de cigarro (o similares); más de alguna vez pude conversar con mi vecino, sin moverme de mi mesa y sin verle la cara. La forma de las habitaciones no era perfectamente rectangular: en algunas, la cabecera de las literas quedaba tras un angostí­simo recodo. Como bonus, en dos de los cuatro pabellones las habitaciones tenían un lavamanos incorporado. Para calentarse, salamandras.

Estas son unas estufas a base de combustión de aserrí­n, que constan de dos tarros: el exterior, la carcasa, por así­ decirlo, y el interior, el contenedor del aserrí­n, la estufa propiamente tal. Este lleva el fondo perforado, bajo el cual se desliza una llama, la que generalmente es a base de kerosén; nosotros usábamos diarios viejos. No habí­a para kerosén, o quedaba lejos para ir a comprar, sobre todo cuando lloví­a. Una vez recuerdo que teníamos aserrín mojado, y le echamos todo un Mercurio del domingo por debajo y no pudimos prender la estufa.

Estas estufas eran multiuso: servían para secar ropa, para mantener el mate caliente, para hervir agua, o, cuando se ponían al rojo vivo, freir huevos, tostar pan o hacer sandwiches de pan y queso derretido. Recuerdo una de las primeras anécdotas relacionadas con las salamandras: tenía frí­o, asi que, aprovechando que la estufa estaba cargada, la prendí. Habí­a ropa puesta a secar, colgada de unos alambres; entre ellas, un chaleco del Milico, color burdeos. Me imagino que la estufa se puso al rojo vivo, y el chaleco se cocinó: quedó como el bigote de Charly Garcí­a pero en versión tejido. Ahora el Milico tení­a un chaleco bicolor. Cuando lo vió, de tan enojado que estaba, temí­ por mi integridad fí­sica.

Mi pabellón, el pabellón del lado del colegio, o más formalmente conocido como el pabellón B, tení­a seis habitaciones, tres a cada lado, y los baños al medio. Los baños se separaban del resto del edificio por cortinas. La primera habitación a la que entré estaba ocupada por el Gato, y con el conversé, me informé, me datée. Cuántos más viví­an, cómo era la comida, cómo era el ambiente. Ya satisfecha mi curiosidad, empecé a recorrer. (Después compartiría pieza con el Gato y con el Luchito Pérez.)

No era un lugar bonito, pero estaba en la cima del cerro La Pólvora, lejos de las calles y su molesto tráfico, con un bello parquecito, con una cancha de básquet detrás... no era bonito, pero lo sentí­ diferente. Me gustó de entrada. Por supuesto que regresar a una pensión no era una idea que me gustase mucho, dado el año pasado en la deleznable compañí­a de los Peigna Augsburger. No sé si lo mí­o con el hogar fue a primera vista, pero me quedé.

Con el tiempo pude conocer la constelación de apodos que existí­an allá­: Carlos el Milico, el Gato Manuel, el Luchito Pérez (que se llamaba Antonio Águila Cárdenas), el Superman Álvaro, el Fifi Figueroa, Ricardo el Fish, Alejandro Méndez el Flaco, el Potito Dí­az, Braulio el Tata, Hernán el Arbolito Erices, el Pato Feo, el Chino Rí­os Aldo Carimán, Lisandro el Pisandro, el Medicucho, el Kiwi, el Jackie Chan, el Pony Ruiz, el Teno, el Fosforito, el Pintor, el Goyito, el Kuki (diminutivo de cucaracha), el Jackson Five, el Calamaro, el Chancho en Piedra, el Gassú, el Ché Querido, el Seguridad, el Van Damme, los Sea-sea, el Gretel, el Diablo Ibacache, el Álamo Guacho, Carreño el Rey Midas de la Caca, los Tulines Tuling y Tulex, el Malo, el Yanpol, el M&M, el Ché Massú, el Pitito (rey de los priapos), el Comadreja, el Hueso, el Huaso, el Franchescoli, el Mato, el Salitas, el Prince, el Músico, el Negro Jara, el Pa-pavez, el Humanoide, el Mandy (de Mandinga), el Blady, el Canario, el Cafú, el Fletipe, el Albarza (de nombre Almarza, pero rebautizado así por lo confianzudo), el Niblinto, el Suavecito, el Pocahontas, el Eliecerol, el Flaco Quiroz, el Calama, el Sofi, el Azul, el Cha Logo, el Guayo...

Hubo otros para los que valía el apellido por apodo: Meriño, Burón, Provoste, Millalonco, Rubilar, etc; otros, el nombre: el René (Castro), el René (Valle), el Félix (Torres; aunque a veces se lo llamara Miguel Bosé, por el parecido de la pelada), el Pancho (Mardones), el Haroldo (Mella), el Juanito (Vallejos), el Juan Carlitos (Ñancufil), Pepe & Vito (Ortiz), el Hugo (Pérez), el Lalo (Rodrí­guez, parece que era); otra forma de denominar personajes era asociándolos al grupo al que se supone pertenecí­an: el Lado Oscuro (el Pitito, el Carreño, el Álamo y un compadre que estudia/estudiaba sociologí­a o ciencias polí­ticas), los Coelemu o Autistas (el Boris, el Igor y el Goyocucho), los Caballeros del Zodiaco (el Malo, el Ñancufil, el Provoste y el Pony)... estos eran los grupos que existían al terminar el año '98, año en que se terminarí­a la etapa del Valentí­n del cerro.

Podrí­a seguir por varios párrafos más. Pero ya no me acuerdo de algunos; confieso que he tenido que echar mano de las fotos que tengo de ese periodo para recordar alguno que otro que se me escapaba. Claro que ni siquiera se escapaba el personal a esta costumbre maníaca de poner apodos: el cocinero era el Cocineitor, llamado así­ por su porte altivo de guardia de honor; su auydante, el Filipino, por su color de tez y los ojos algo rasgados; don Hugo, conserje, era el Tatugo, debido a que el hijo de una de las señoras de la cocina lo llamaba tata, y el no soportaba ser llamado así­; una de las señoras del aseo, la Pocahontas, por el largo cabello que ésta lucí­a; uno de los administradores, don Omar, el Foca, don Luis, el hasta hoy administrador del hogar, Cantinflas; don Dagoberto, uno de los presidentes del directorio de la Corporación que se caracterizó por sus promesas incumplidas, don Mulaberto.

Ciertos personajes del vecindario también enriquecieron nuestro bestiario: el dueño de una de las tienditas del vecindario, Gorosito, debido a su gran admiración por este futbolista, que lo llevaba a comentar con el cliente los más recientes logros del delantero argentino; la dueña de otra de las tienditas, la Vieja Car'e Foto, por estar siempre ultramaquillada para atender detrás del mesón; otro de los comerciantes, el Viejo Cochino, por tener cajas apiladas, con una capa inmensa de polvo encima... cajas que no se habían movido por eones de su lugar.

No se escapaba tampoco de esta costumbre el deporte de fin de semana: mover la de cuero o darle al jogo bonito significaba jugar a la pelota. Tampoco estaba a salvo la costumbre que tení­amos algunos, de pegarse una tremenda caminata hasta un servicentro a comer papeloneros: completos tan cargados de salsa y mostaza y palta y ketchup y mayonesa que era un verdadera proeza comer sin derramar, sin hacer un papelón. Las fiestas en las que inevitablemente llegaban o eran invitadas mujeres, eran los golfestival (de golfa y festival); hubo un grupo de chicas que eran número fijo en cada fiesta, las llamadas Spice Girls: la chica Sole, la Atolón, las Estufa grande y chica y la muy famosa Raja Diablo; famosa porque se dice que donde ponía el ojo, sin falta también ponía la bala.

En cuanto a número de personas, alguna vez llegamos a ser casi 80, para estabilizarnos en alrededor de 60 los últimos dos años. Para ser tantos, el grupo de residentes era muy cohesionado, participativo y entusiasta. Nunca faltó gente para subir las luces para la fiesta, quien pasara un alargador, quien pasara el computador para poner música. Raras veces faltó gente para jugar a la pelota, lloviera o no. La televisión solía ser el centro de reunión de todos nosotros: la sala se hacía chica para tantos telespectadores. Las reuniones de directiva eran masivas; las fiestas, también. Era usual armar grupos de varias personas los fines de semana para cocinar; era usual que una sola mesa a la hora de la cena se hiciera chica, y de ahí que se juntaran las mesas.

Éramos una famlia grande. Cariño más, cariño menos, éramos todos amigos. Creo que todos los que pasamos por el Valentín quedamos marcados de alguna forma; no creo que nuestro paso por sus pabellones no nos dejara nada a cambio. Digo esto, porque siempre nos acordamos con cariño del Valentín con los amigos; todos echamos de menos esos edificios rosados, esas salamandras feas, el barrio insalubre que nos rodeaba.

Hoy el Valentín se mudó del cerro, a una esquina. En el cerro crecen los edificios espejados de la Universidad San Sebastián, y sobre la laguna creció un puente. No he ido a visitar, pero alguna vez vi un afiche publicitario: donde antes hubo ripio, hoy hay jardines. Lo que se puede hacer cuando hay plata, ¿no? Varias veces he sentido nostalgia por volver a los viejos pagos del Valentín, por re-recorrer el cerro; no volverá a ser lo mismo.

En gran parte los edificios espejados ayudan a no echar de menos el hogar (el que era hogar, en todo sentido de la palabra; cuando nos encontrábamos con los compañeros en la universidad, siempre nos preguntábamos: ¿vai pa' la casa?), no echarlo de menos porque ya no está ahí, ya no son las casas rosadas las que miran por entre los árboles, ya no hay más pabellones ni más jogo, ni más colección de sobrenombres que podría competir en variedad con cualquier prisión del país.

El Valentín se mudó, y mutó. Pero guardo, atesoro con mucho cariño los años que pasé ahí. En alguna parte dentro de mi corazón tengo edificios color rosado calefaccionados con salamandras, árboles inmensos, un parquecito con vista a Paicaví, una subida interminable cuando uno estaba cansado o venía cargado con bultos después de un fin de semana largo. El Valentín se mudó, mutó, y hoy es sólo una foto aérea en una de las paredes de la recepción del Valentín de la esquina. Sólo una foto aérea queda, y quedamos quienes vivimos unos buenos años en las viejas casas rosadas.

viernes, agosto 22, 2003

Bello barrio, bello barrio

Un bello dí­a en este bello barrio desempaña el largo pasar de estas tres semanas de espera; por fin los oscuros túneles de la burocracia eléctrica muestran la luz. Hace dos días tuve la confirmación extraoficial de la aprobación de mi tema, y al día siguiente, el jefe de carrera lo confirmó en una más de las famosas conversaciones de pasillo.

Aprobado pero con observaciones: al parecer el tema es un poco largo para los 6 meses que en teoría debiera durar una memoria; en la práctica he sabido de memoristas que demoran alrededor de 3 años en sacar su memoria. Así­ que ahora, los formularios, con las observaciones de la comisión, regresan (al parecer) donde el profesor tutor, que tendrá que aceptar o ignorar estas recomendaciones. Después ya no sé si seré informado de los posibles cambios en el temario de mi tesis.

Pues bien, ahora que la burocracia eléctrica está por terminarse, al parecer empezará la burocracia tenientina; una vez que logre arrancarle los papeles que necesito al aparato administrativo de la facultad, me imagino que los copiaré y los legalizaré, para mandarlos por courier a mi jefe, para que empiece a tramitar con la oficina de personal de El Teniente. Después seré citado a un examen médico a una institución aprobada por El Teniente.

Ahí­ se produce una nueva instancia de espera, dirá alguno, en perfecto argot burocrático-administrativo. Pues, si, pero puede hacerse un bypass lateral: quizás mi jefe acepte que empiece a trabajar antes de tener la autorización médica. Puede que sí­, ya que entiendo que un ingeniero mecánico, que trabaja en Generación (donde haré la tesis), hizo lo mismo que pretendo hacer yo ahora. Ya veremos.

Cuando llegué a Concepción a comienzos de mes, pensaba que partiría a los dos o tres días, una semana a lo sumo, a trabajar en mi tesis. Por lo visto, aún hay caminos que recorrer, y queda aun bastante leña que picar: tengo que resolver algunos asuntos pendientes. Cancelar internet, volverlo a abrir en Talca, cancelar el arancel de la universidad (que se reduce a un 20% del original, finalmente), grabar uno o dos discos, preparar uno o dos detalles que no quiero olvidar pero que están relacionados con el olvido, ver que llevo y que dejo. Organizar mi partida de esta ciudad y de este bello barrio. Aunque sea por una temporada.

Bello barrio, de veredas cuarteadas de tantos años soportando autos y camiones estacionados encima; bello barrio, sentado a las faldas del cerro, detenido en la pendiente; bello barrio de casas pintorescas, unas, y ancianas, otras. Bello barrio fantasma de los fines de semana, reino del silencio interrumpido a ratos por los motores raudos de los viajantes, por los ladridos perezosos de los mastines de la casa de enfrente, que de esa forma hallan su razón de ser.

Bello barrio, de veredas invadidas por árboles que seguramente ya estaban antes, y que, enseñoreados de la vereda, tienen suficiente autoridad para levantarla o negarle el paso al peatón, autoridad suficiente para obstruir las luminarias y oscurecer las calles. Bello Barrio Universitario, lleno de pensiones y hogares estudiantiles, que se tiñe de un color cobre al caer el otoño y que es azotado por las lluvias sin piedad cuando es invierno; bello barrio, que por las noches huele al humo de las chimeneas y en septiembre u otra fecha significativa huele a bombas lacrimógenas.

Bello barrio, que se ve decorado algunas noches a la semana por los rosetones de las bolsas de basura destripadas por los perros hambrientos, que a veces es paso obligado para las caravanas de mechones, otras es ruta de escape para los mechones en fuga y recientemente se ha podido ver que es también paso obligado para la garra verde, cuando va en busca de algún revoltoso (tuve la oportunidad de ser testigo, hace dos semanas, de ver una cuadrilla de diez pacos, escoltando a un solitario chascón con mochila).

Bello barrio, bello a pesar de los rosetones y las cuarteaduras, a pesar de las casas exóticas o decadentes, a pesar de los perros, del humo y de las veredas levantadas.

martes, agosto 19, 2003

In&Out

De entrada y salida... así fue mi incursión en busca de información en el DIE. Solamente pude obtener mi certificado del Seguro Escolar, necesario para poder realizar la memoria en El Teniente. Conversé con la secretaria como a las 16:00, y por ella supe que mis papeles habían pasado a la comisión treinta minutos antes.

"Excelente!" dirán. No tanto. Ninguno de los dos profesores integrantes de la comisión, según me contó la secretaria, ha asomado hoy por la facultad. Ya ni me molesto; esperar unos días más no me hace daño. La única desventaja de tener los resultados mañana a las 16:00, es que tal vez no tenga tiempo para conversar con Alejandro Navarro, mi jefe durante la práctica que realicé en El Teniente este verano; el horario de trabajo en Coya (localidad en la cordillera rancaguina, donde se ubica la Unidad de Generación de El Teniente) es entre las 7:00 y las 16:30, y para cuando tenga la respuesta tal vez no me pueda poner en contacto con el jefe.

Además, conociendo a los docentes, posiblemente la respuesta no esté mañana a las 16:00 y tanto sino que a las 18:00 y tanto (en el mejor de los casos), cuando no el jueves por la mañana. No me quiero imaginar qué pasará si la comisión me aprueba el tema, pero fuera del plazo de inscripción de temas de El Teniente.

Se habría perdido tiempo valioso de incursiones a Coya, de trabajos y conversaciones; en el fondo, se habría perdido todo un esfuerzo previo, realizado con tiempo, concerniente a lograr un tema de memoria en El Teniente. A esto habría que sumarle un tiempo de retraso, necesario para definir o elegir un nuevo tema de memoria de los ofrecidos por los docentes.

Sólo queda ser paciente y positivo, y esperar que la resolución de la comisión respecto de mi tema salga mañana, antes de que el plazo de inscripción de El Teniente expire.

Con el Alto Hospicio de...

He terminado de ver el programa En la Mira, de Chilevisión, y este ha aportado una mirada lateral al ya renombrado caso (El Sicópata de Alto Hospicio). Por primera vez sale en pantallas chilenas el denominado sicópata, el presunto autor de los crímenes contra una serie de escolares de la ciudad de Alto Hospicio.

Mirada lateral, porque varios personajes de los que aparecen en las sucesivas entrevistas aportan datos que desconocía, y que un programa anterior de Mea Culpa, de Televisión Nacional, no los pudo aportar (¿una investigación superficial?), y tampoco, a pesar de que esperaba ver al desconocido sicópata, me quedé con las ganas: había sido trasladado.

Con los datos aportados por el programa de Chilevisión pueden nombrarse tres posibles teorías:

El chivo expiatorio: que Julio Pérez Silva (el tristemente célebre, o vuelto célebre sicópata) haya caído preso por un delito diferente y le hayan pasado gato por liebre, para cubrir el anterior desinterés de Carabineros en el asunto. Recuerden que las respuestas de Carabineros a las denuncias de los familiares de las escolares asesinadas indicaban que las chicas estaban prostituyéndose o que estaban en el suculento negocio del narcotráfico.

La red de trata de blancas: que exista una red de trata de blancas, y que los cadáveres encontrados no sean realmente los de las niñas desaparecidas, y que esta red tenga como miembros integrantes a algunos Carabineros. Que se haya obligado a Julio Pérez a inculparse, bajo amenazas de muerte a su familia (como el mismo lo dijo en el programa).

El rebote a tres bandas: que nada de lo anterior sea verdad, y que el sicópata sea sicópata, y que busque eludir su responsabilidad en los asesinatos. Que todas sus declaraciones públicas sean sólo una cortina de humo destinada a distraer la vista de los verdaderos hechos, a distorsionar la opinión pública.

¿Son posibles otras combinaciones?
¿Cuál de estas tres teorías será verdad?
Tal vez no lo sabremos nunca.

lunes, agosto 18, 2003

Cámara lenta

Ha pasado ya una semana desde la anterior publicación, y sigo esperando. Algo ha cambiado, sin embargo. Grises nubarrones han caido como un manto pesado sobre los techos sureños de Concepción. Y como es natural, llueve; pero llueve en gotas minúsculas, de lento caer, mojando todo, entristeciendo la ciudad.

Mientras Arrau desgrana las notas de un vals de Chopin en mi estéreo, pienso que esta cámara lenta a la que estoy sometido no terminará nunca, pero no dejo de pensar que mucho más pronto que tarde me precipitaré en una caída libre hacia la mina. Aún tengo que hacerme unos exámenes médicos, en el lugar y la fecha que determine El Teniente, pero eso será una vez que el Departamento me autorice el tema de Memoria propuesto.

Lo más cierto es que los papeles aún no pasan por la comisión. La semana pasada, el día miércoles, fui a hacer lobby; la actitud del jefe de carrera fue deleznable. Toda su actitud se resumiría en una frase sencilla: estoy ocupado, y mi tiempo es demasiado valioso como para desperdiciarlo. Pienso que su cargo detenta como una de las responsabilidades el ser una ayuda y no un estorbo para los estudiantes del DIE, como en la práctica lo es.

Cuando entregué mis formularios, el 6.8.2003, me fue dicho que el lunes o martes estaría mi caso resuelto. Mas el miércoles 13.8.2003 no había nada. hoy estamos a 18.8.2003, y recién tengo asignada la comisión, pero uno de los profesores recién llegará mañana. Si tengo algo de suerte, mañana en la tarde podré recién saber con un poco más de certeza que sucede con mi tema.

Viene a mi recuerdo una queja recurrente en los profesores con cargos administrativos del DIE: el lamento es principalmente por el reducido número de egresados que retornan a la facultad a perfeccionarse, post-graduándose o doctorandose. Y también pienso que dicho lamento deja al descubierto una leve miopía, ya que después de todo lo que cuesta terminar la carrera, que tiene un elevado índice de mortandad y de retraso, puesto que no son pocos los estudiantes que se atrasan, o que son bochados, y de ellos pocos son los que se atrasan por flojera o incapacidad.

Una de las causas de tanta mortandad, y creo que muchos de mis compañeros de carrera coincidirán conmigo, se debe tanto a las malas bases como a lo exagerado de las materias evaluadas, exagerado en relación a lo entregado como teoría. Es usual, además, que los ayudantes no sean brillantes, y que se limiten a copiar las prácticas a las que asistieron cuando tomaron el ramo. Y como el ramo en si está mal dictado, debido a que nuestros docentes son, antes que todo, ingenieros trabajando en sus proyectos, como prioridad.

Nuestros docentes se han olvidado que la escuela la hacen los alumnos y no los profesores. Si sacamos a los estudiantes del Departamento, dejando únicamente a los docentes, el resultado sería una Empresa y no una Escuela de Ingeniería. Es un detalle que no me parece que tanto los estudiantes como los profesores hemos pasado por alto en todo este tiempo.

Arrau sigue tocando el piano, aún después de muerto, concretando de una forma lateral el soñado viaje en el tiempo; la lluvia parece haberse tomado un receso, momentáneo, eso sí; el toldo gris que pende sobre nuestros techos promete más lluvia; y repentinamente me he acordado de una de las poesías del gran César Vallejo, de Trilce, que con la cadencia de las sílabas y la métrica vallejiana de sus frases logra poetizar la espera, logra encerrar al lector en una pequeña celda, como la que habitaba el mismo Vallejo al momento de escribir su célebre Trilce.

II


Tiempo Tiempo.

Mediodía estancado entre relentes.
Bomba aburrida del cuartel achica
tiempo tiempo tiempo tiempo.

Era Era.

Gallos cancionan escarbando en vano.
Boca del claro día que conjuga
era era era era.

Mañana Mañana.

El reposo caliente aún de ser.
Piensa el presente guárdame para
mañana mañana mañana mañana

Nombre Nombre.

¿Qué se llama cuanto heriza nos?
Se llama Lomismo que padece
nombre nombre nombre nombre.


Nótese que hay algunos neologismos (Gallos cancionan, ...heriza nos?, ...Lomismo...); no está determinado si son errores cometidos a propósito por el poeta, o son errores en la composición tipográfica de las poesías, causadas por la ignorancia del linotipista.

Hay otra poesía que me encanta, también de Vallejo, una que musicaliza muy bien Susana Baca, una de las cantantes peruanas de mayor trayectoria en la música. Paradojalmente, esta cantante ha publicado más discos en el gigante del norte, cuna del nefasto Uncle Sam, que en su país natal. Esta poesía conjuga muy bien la tristeza de la lluvia y la tristeza de la ausencia, conjuga la pena de no poder dar marcha atrás, tal vez. Sigue siendo para mi un misterio el título de esta poesía.

Heces


Esta tarde llueve, como nunca; y no
tengo ganas de vivir, corazón.

Esta tarde es dulce. Por qué no ha de ser?
Viste de gracia y pena; viste de mujer.

Esta tarde en Lima llueve. Y yo recuerdo
las cavernas crueles de mi ingratitud;
mi bloque de hielo sobre su amapola,
más fuerte que su "No seas así!"

Mis violentas flores negras; y la bárbara
y enorme pedrada; y el trecho glacial.
Y pondrá el silencio de su dignidad
con óleos quemantes el punto final.

Por eso esta tarde, como nunca, voy
con este búho, con este corazón.

Y otras pasan; y viéndome tan triste,
toman un poquito de ti
en la abrupta arruga de mi hondo dolor.

Esta tarde llueve, llueve mucho. ¡Y no
tengo ganas de vivir, corazón!


Aunque ya no llueve, el hambre me atenaza... y muy cierto es que se necesitan energías para sobrellevar la insoportable lentitud del DIE.

lunes, agosto 11, 2003

La espera inevitable

Estoy sentado en mi escritorio, un poco aplastado por la espera; en el equipo suenan los acordes de los presos de Chacabuco, en las grabaciones clandestinas realizadas por Angel Parra.

Aplastado por la espera, pienso, igual que estos presos políticos que solamente tenían incertidumbre en su futuro. Lo mío no es tan dramático y desesperado como lo fue para ellos... no está en juego mi vida! Pero, nuevamente, si nos damos un par de vueltas, estoy cerrando un episodio, largo por lo demás, y abriendo un nuevo camino, y en el fondo también me juego la vida. Son las alternativas las que no son tan letales como lo fue para ellos.

Estoy pronto a comenzar a hacer mi memoria en la División el Teniente de Codelco, en Rancagua. Falta la resolución de la comisión sobre mi tema, duración del mismo y aceptación del profesor tutor. Pero las circunstancias han llevado a jefe de carrera a uno de los profesores menos predilectos del Departamento de Ingeniería Eléctrica.

Aparte de ser nuevo en el cargo que ahora ocupa, está poniendo en práctica reformas que pueden o no ser buenas y/o beneficiosas para el estudiante. El primer efecto de sus reformas consistió en un aumento importante de la duración de los trámites, además de un aumento del papeleo. Por ejemplo, antes, un estudiante para modificar su inscripción de ramos sólo debía presentar una solicitud, al tutor (en el tiempo en que los tutores existían) el cual aprobaba o no. Ahora además es necesario presentar junto con la solicitud un informe curricular.

Yo esperé (otra vez la maldita espera) dos dias antes de que me atendiera... Cuando me atendio me dio la lata por 20 minutos, antes de pedirme que a los formularios de inscripción de memoria les adjuntara un memo solicitando que pasaran a comisión, y que después los entregara a la secretaria.

Eso mismo pudo haberlo publicado el día antes, para que quienes teníamos listo el tema lo entregaramos inmediatamente. Pero, en palabras de unos compañeros, como los memoristas tenemos plazo hasta el 28/8, nos está tirando para la cola.

Entre lo que me dijo el jefe de carrera cuando estuve en su oficina, al tratar de entregarle los formularios de inscripción de la memoria, lo más importante para los futur@s memoristas de la carrera, digno de tenerse en cuenta, fue aquello de que iba a velar especialmente por aquellos profesores que teniendo obligaciones con proyectos no pueden cumplir con ellas. Por aquellos que tienen demasiados memoristas a su cargo y no alcanzan a desempeñarse adecuadamente con ninguno de ellos.

Algo de razón tienen sus palabras, pero llama la atención su preocupación por los profesores que no tienen memoristas, considerando que él mismo tiene solamente 2, mientras que otros colegas pasan la veintena. Futur@s memoristas, esto puede estar iniciando una era mafiosa en el DIE.

Vientos de cambio aparte, acaba de salir el sol y mi ánimo se positiviza. El futuro es un camino que se abre, y ansío recorrerlo. Ansío finalizar cuanto antes, y bien, esta etapa que iniciara hace varios años atrás. Sólo hay que esperar, esperar.

Resulta extraño no tener que ir a clases, estar en la universidad pero no tener que ir a clases, mientras que todos los otros compañeros van a clases, en una rutina que se me había hecho costumbre ya. Ahora estar en sala de espera es una lenta tortura, todo se ralentiza cuando quisiera velocidad. Es un estado de estática forzada, de marcha al ralentí, más aún considerando que no me he logrado desenchufar del ritmo del semestre pasado.

Vuelve a nublarse, pero las verdaderas nubes están en otra parte, donde sólo yo las percibo. Pensaba que era inmune, que me había logrado inmunizar ante estas manifestaciones grises. Que no había ya cabida para las lluvias internas, lluvias que fueron humedeciendo mi paisaje interno, preparándolo para la llegada de acontecimientos de gran importancia.

El terreno era fértil y las circunstancias cívicas, o las lineas de la vida, o los caminos que se cruzan, o simplemente el destino o la vida o las líneas magnéticas de la tierra, o extrañas configuraciones cosmoneogiroscópicas pusieron a mi lado (en realidad, casi) a Viviana. Y después, tal vez los mismos causantes de conocerla, me hicieron perderla, para buscarla. Esa es otra aventura, que contaré con detalles más adelante, tal vez, pero debo dejar sentado que una vez concluida esa aventura, digna de las epopeyas del Cantar de Mío Cid, fui feliz. Y soy feliz hace casi dos años; nubes de tristeza, grises, se ciernen sobre los campos amarillos de mis trigales, enfriando un poco mi euforia, espesando un poco la alegría.

Aún no encuentro la forma de pelear con estos nubarrones, pero estoy seguro que Viviana pondrá su hombro junto al mío, apoyando mi esfuerzo, como yo los de ella. Nuevas circunstancias se aproximan, abriendo un frente nuevo, un frente en el que tendremos que, valga la redundancia, enfrentar, esta nueva situación. Estaremos separados por tiempos mayores a los que hemos pasado separados antes, y al tener que estar yo off the grid, puede ser que se lentifiquen nuestras comunicaciones. Pero no hay mal que por bien no venga, ni mal que dure cien años, ni problema que no tenga solución; hay que aplicar el pensamiento lateral usado para deshacer el nudo gordiano.

Pienso que toda esta incertidumbre es a causa de no tener nada listo aún. Sólo hay que esperar (otra vez la espera). A medida que los acontecimientos se concreten y se vayan presentando, también se irá viendo el camino a seguir. Ya rota la inercia de la inactividad forzada, podré irme acelerando hacia una conclusión pronta del camino que aún recorro, dando inicio a los caminos que se abren. Podré decir, como Quilapayún, comienza la vida nueva. Pero cada vida nueva contiene vidas nuevas, así como esta futura vida nueva nacerá de una vida nueva... caminos que se abren, etapas que se cierran, nuevas geografías que se irán descubriendo, pasos nuevos. Caminos que se abren.