viernes, abril 06, 2007

Los Tricolores (con Daniel Muñoz)
2005

Hace algunos meses atrás, mi hermamigo Carlos me contó que estaba o había estado escuchando un conjunto folclórico nuevo llamado Los Tricolores; ellos son Lucho Castillo (voz/percusión), Carlanga Martínez (voz/guitarra), Sebastián Vega (voz/bajo), Joselo Osses (voz/piano/acordeón) y Lalo González (acordeón). El invitado central, que participa en todas las canciones y que le da el nombre al disco, es el actor Daniel Muñoz.

Entre los invitados, el actor aporta su característica voz, el pandero que toca con su propio conjunto, llamado Tres por Siete Veintiuno, y el músico Álvaro Henríquez deja oir en varias canciones unas voces y guitarras eléctricas que le dan un toque vanguardista a esta cueca brava. Además Ignacio Hernández toca acordeón en unos temas y participa también el arpista Manuel Espinoza.

Esta cueca no es la cueca campesina sino la cueca brava que grabaron ya en los años ’60 Los Chileneros, todas tocadas con piano, acordeón y batería; hasta los saludos y las interjecciones de Los Tricolores parecen recoger el aroma a cantina que parece emanar de cada track. No es la cueca desabrida de los Huasos Quincheros, de los Cuatro Cuartos, de esos huasos de parquet, que conocen los caballos por la tele.

Es la cueca que me imagino bailando a Dióscoro Rojas, vocero de los huachacas. Es la cueca que me imagino se baila con la caña de vino en la mano en un garito de Santiago Centro una tarde de lluvia. Es la cueca de ciudad, urbana que le dicen. Hace unas semanas encontré en The Clinic este pasaje escrito por Patricio Fernández, que le viene como anillo al dedo:
[...] La cueca estuvo de moda y rejuveneció su aspecto. Dejó de ser únicamente este bailecito amariconado de un mamón sonriente, con pinta de empleado chupamedias, y una china con cara radiante, cuando hasta el último desentendido sabía que tenía una vida de mierda. Y apareció la otra, la así llamada "chora", la que estaba escondida en las ruinas de las casas de putas, en los mataderos, en los conventillos maleados. Esta cueca, según dicen, no hay que saber bailarla, se baila y basta. [...] The Clinic 200, página 21
Lo encontré sin buscarlo el año pasado mientras estaba exiliado en Rancagua; lo compré, y me gustó lo suficiente para estarlo escuchando ahora mismo, mientras escribo.