domingo, marzo 25, 2007

Aire
Comienza la vida nueva - parte 4

La primera semana que trabajé en Siemens tuve que viajar a diario en Metrotren desde Rancagua a Santiago. Agotador, y pensar que hay personas que lo hacen toda su vida, es una idea terrible. Y yo con una semanita toda cagona me sentí un harapo al terminar la semana. Claro que a lo mejor me penaba el año anterior, falto de descanso y crecientemente pesado.


Soñaba, un poco ingenuamente, con encontrar arriendo en la primera semana que trabajé en Siemens, pero no contaba con que los corredores de propiedades en Santiago se parapetan en contratos anti-arrendatarios vivarachos, que se hacen los locos y pasan años sin pagar arriendo. No pude arrendar de inmediato y mudarme en el primer fin de semana, como quería: mis ganas iban por delante.

Recién después de casi una semana, pude arrendar un depa a la vuelta del trabajo, en pleno Providencia, en uno de los sectores con más movida, cerca de todo. Y a pesar de estar cerca de una calle transitada, no hay tanto ruido de tránsito de autos, por lo que mis oídos provincianos no sufren tanto, y desde que entró en vigencia el Transantiago, sacando de las calles a las infames micros amarillas, el ruido dejó de ser un tema.

Los viajes de la primera semana de trabajo fueron mortales: tenía que viajar desde Rancagua a Santiago a diario. Ya el miércoles era un harapo a bordo del MetroTren, durmiendo doblado por la cintura y llegando a casa hecho un harapo con ganas de morirme. En las mañanas existía el peligro de perder el Metrotren, porque en Rancagua, así como no hay un puto taxi en los lugares más obvios, en las mañanas antes de las siete no hay tampoco ni un puto colectivo.

Como esto no podía seguir, por el cansancio, por estarme perdiendo todas las oportunidades de encontrarme con amigos y también algo de impaciencia por empezar de una vez a vivir fuera de Rancagua, la segunda semana arrendé una pieza en un apart hotel, y el descanso se notó.

La vida fue otra: todas las mañas me sumergía en las entrañas del metro, no tanto por llegar temprano o por estar lejos (que podría haberme ido caminando y llegaba en diez minutos), sino por amalgamarme en la masa humana que se desplaza bajo tierra a diario, por sentir las aglomeraciones y tomarlo como un baño de multitudes que hizo las veces de bautizo de este nuevo comienzo, viviendo en la capital. Al final de esa semana desembarqué en mi nuevo departamento.