martes, octubre 10, 2006

11’09”01

Hace un tiempo, y de aburrido que estaba me puse a dar vueltas un viernes por la tarde a comienzos de año por el cable, con el convencimiento de que difícilmente encontraría algo bueno para ver, cosa que normalmente ocurre en el cable en día de semana; en fin de semana no tengo mucho tiempo para aprovechar las novedades del cable, entre el estudio, el cansancio, y que la única tele de la casa está en la pieza de mis viejos, tiranizada por la inevitable hora de noticias (las mismas siempre, pero imperdibles, con zapping entre TVN y CHV para volver a ver lo mismo pero desde un ángulo diferente – el síndrome Rashomon) que por lo general se superpone con la primera o la segunda hora del estreno del fin de semana; con la segunda hora del estreno o la primera de reposición suelen superponerse los ronquidos de mi viejo, quien – salvo algunas notables excepciones – suele dormir implacablemente: de noche en la cama, aunque de día no se hace problemas. Pero divago.

Quedé como todos asombrado cuando los “terroristas” “secuestraron” los aviones después de un breve “entrenamiento” volando avionetas para después hacerlos maniobrar imposiblemente y chocar contra el World Trade Center. Simbólicamente “una declaración de guerra” dijo el payaso W. unas pocas horas después; en la práctica un motivo para bombardear Afganistán, invadir Irak, hacer el ridículo con Colin Powell y todo el resto. Al igual que la guerra – que era casi como transmitir una sesión de Space Invaders por las noticias - las torres del WTC derrumbándose eran casi una escena de una película de Spielberg, tomadas en la distancia, humeantes, ficticias, despersonalizadas.

Pienso que muchos se quedaron con las escenas dantescas, olvidando que había personas dentro, las mismas que saltaron y quedaron retratadas como una forma orgánica en caída libre contra el fondo lineal y paralelo de la pared del rascacielos. Claro, todos tenemos la noción abstracta de que hubo muertos ese día – muertos desconocidos, de difícil empatía. Sin intención de sonar ominosamente pomposo, después el mundo cambió, y para mal. Sin saberlo conscientemente, Gabriel García Márquez da en el clavo hacia el final de su novela El General en su Laberinto, cuando escribe que con el cuento de la libertad los gringos nos van a cagar la vida a todos (parafraseo, porque no me acuerdo de la frase exacta y tampoco tengo el libro a mano). Pero divago.

Ese viernes en la tarde sí encontré algo interesante en el cable, que antes había mirado muy por encima y dejado de lado por considerarla propaganda, inevitable propaganda reformulando la historia del desastre de las Torres Gemelas. Evidentemente que después del 11-9-2001 la maquinaria hollywoodense daría luz verde a cuanto filme reivindicativo, patriótico, heroico y plagado de clichés y banderas con estrellas y rayas relativo a la fecha se quisiera hacer. En efecto, United 93 y World Trade Center salieron a la luz, e imagino que tuvieron bastante público en su país de origen. La que empecé a ver, sin embargo, venía de Francia. La mente detrás de esto es Alain Brigand, creador del concepto y productor asociado. Entre los directores conocidos se puede encontrar a Ken Loach, Shohei Imamura y Sean Penn.

11’9’’01, September 11 es una película internacional compuesta de once contribuciones – de las cuales alcancé a ver sólo siete – de directores de procedencias tan diversas como Burkina Faso, Bosnia-Herzegovina, Egipto, Irán o EEUU. Cada uno de ellos entrega un segmento con su visión particular de los eventos de New York en un corto de once minutos, nueve segundos y una imagen. Por cierto, no tenía idea de esto, y no sé si se cumplirá a rajatabla. Vaya uno a saber. Hay algunos segmentos mejores que otros y unos más olvidables que los demás. Después de verlos casi todos puede recordarse de una forma diferente, sin clichés, la fecha que motiva la idea de fondo de esta película.

El segmento que me quedó hasta hoy dando vueltas en la cabeza es el de Alejandro Gonzáles Iñárritu (el director de Amores Perros), cuyo corto casi experimental deja la pantalla completamente negra excepto por breves flashazos con las peores imágenes: las personas que se lanzaron al vacío, huyendo del fuego y el humo. La pista de sonido es una mezcla de música, reportes de las noticias y voces que me parecieron grabaciones verdaderas de quienes quedaron atrapados en las torres o iban en los aviones y llamaron a sus amados para despedirse. De buenas a primeras puede sonar pretencioso, pero el segmento emociona a pesar de la falta de subtítulos, ya que la música, el tono y el ritmo de las voces combinados son suficientes para reemplazarlos. Lo que entendí me encogió el alma: quienes hablan saben que morirán, y pronto; sus voces sonaban desesperadas, una desesperación contagiosa que la música refleja muy bien. El final es sobrecogedor.

Debido a su enfoque de los eventos de la fecha, no creo que esta película se muestre nunca en EEUU; una vergüenza, porque tiene mucho que decir. Probablemente pase mucho tiempo antes que la situación en los EEUU se vuelva racional y esta película se vea y se discuta, y se entienda como lo que es: no un ataque a EEUU, sino que un intento de comprender lo ocurrido. El significado combinado de los once cortos (al menos de los siete que pude ver) se puede sintetizar en la frase que cierra el corto de Shohei Imamura: There's no such thing as a holy war.