martes, junio 06, 2006

En el día del anticristo...

Cayeron las primeras buenas lluvias en esta hermosa y casi inmaculada ciudad. Las acompaña el frío usual de sus lluvias sumado al hedor de trasnoche de sus impolutos y, sin asco, enchulados colectivos por las mañanas, sobre todo cuando al conductor le importa un carajo el bienestar del pasajero y se solaza trabajando en mangas de camisa a unos muy exagerados 24º mientras en la calle hacen 14° menos. No falta por ahí la distinguida dama que piensa que ir elegante es ir recubierta por un campo de fuerza impenetrable hecho a punta de extra-super-néctar Shannelle nº5, de ese que venden en el mercado por litros y en altas concentraciones produce náuseas.

Ya las noches se empiezan a poner muy frías, cosa lógica considerando que la cordillera está encima de esta opulenta ciudad; paradójicamente no existe un puto edificio con calefacción central, ¿por qué será? Espero que no se acabe aún el gas de la estufa, es toda una aventura ir a buscar el balón de reemplazo. Ya se enfriará más, cuando caiga nieve en la cordillera, tal vez a fines de mes. A diferencia del año anterior no estaré ahí para disfrutarlo: estaré cagándome de frío por acá, en mi oficina "top".

El color que empieza a dominar la cotidianeidad es el gris, y empieza a tener algo de impacto en mi ánimo: ayer y hoy he estado más introspectivo de lo que se ha vuelto usual en el último tiempo. Me cuesta más levantarme, y vengo al trabajo como quien va a escarbar la basura. Enfrentarme todos los días a la misma rutina, cuando no es un trabajo que guste, termina por ser algo que envenena el buen ánimo. El mismo calco de un día con otro, todos dentro de la inevitable estanqueidad de las aguas que terminan por podrirse, todos rotoscopiados en una serie interminable de imágenes con tan pocas diferencias entre una y otra que confunde a la memoria. Daría un sueldo por no tener que dedicarle 10 horas diarias a esto, y dedicarlas al estudio.

Ha pasado más de un año… ¿y qué? El día que las vacas tengan plumas no será más “y qué”. A caballo entre dos ciudades difícilmente no habrá más “y qué”. Dado el amplísimo círculo – o más bien línea, para ser geométricamente coherente - de amistades que tengo en la cosmopolita Rancagua difícilmente dejará de haber “y qué”. No he conocido a nadie por acá, sólo fuera de acá, y sin cotidianeidad difícilmente podrá haber romance, y seguirá habiendo “y qué”; no quiero volver a arriesgar una pareja a distancia, quedé hasta las manos de estar lejos. Rodeado de viejos y sumido en el cálido ambiente de mierda el trabajo no dejará de haber “y qué”. Estoy cansado de estar solo por tanto tiempo; lo pasado, pasado, pero ¿puede existir pasado sin un presente que se precie de serlo?

Siento que a veces cargo un lastre del que no me he podido deshacer, un lastre odioso que a veces irrumpe en la forzada calma que me ha costado sus buenos y largos meses estabilizar. No quiero acostumbrarme a vivir acá: el día que no sienta más el aroma a rapasopihuepe de los colectivos, que no me parezca extraño que estos mercenarios al volante tomen pasajeros en medio de la calle, ni que hayan negocios basados exclusivamente en máquinas de juego que la policía incauta por montones en la capital, el que no haya taxis en los lugares más obvios, el día que me quiera quedar sin tener – para variar – panorama alguno, que no me atraiga la idea de salir de acá a la primera oportunidad, estaré cagado. Me habré acostumbrado a vivir en este fondo de fritera de MacDonald’s.

No he compartido con nadie acá esta idea; me da no-se-qué acercarme a alguna compañera de trabajo oriunda de acá y decirle oye, estoy hasta el culo de tu ciudad, que me parece una mierda, plana, fea, fría, sucia, desordenada y poco acogedora, su gente me parece penca, desatenta, nada de recíproca, poco amiga, además que he pasado más penas que alegrías en esta cagá de ciudad. No quiero acostumbrarme a vivir acá porque no me veo viviendo en un lugar así de feo y sucio en diez años más – a no ser que esté en Haití haciendo algo por las Naciones Unidas, lo que ya es más motivador que la vida en Rancagua. A la primera brisa fresca me largo de esta ciudad podrida y no regreso nunca más. Por mi se pueden ir todos a la mierda. Es algo fuerte para decírselo así, sin anestesia. En todo caso nadie del trabajo se ha interesado por mi vida, así que de todos modos esto sigue siendo una reflexión negra y nada más.

Tengo mi salvavidas: los estudios y el contacto con los compañeros – remoto, pero contacto al fin y al cabo. Algo en que distraer la mente porfiada que suele escaparse a terrenos que no se someten a mi veto censurador de ignorar la mugre que decora las calles de angostas veredas de esta miserable ciudad, plagada de casas en venta, borrachines tratando de hacer huevón al suelo y grandes montones de basura adornando la base de algún poste como si fuera un asqueroso árbol de navidad de los Garbage Pail Kids.