martes, enero 10, 2006

Heaven on Earth

Desde que trabajo abajo, en Rancagua, me toca caminar bastante más que antes, y me he dado cuenta de lo sucia que es la ciudad. Las veredas llenas de hojas secas molidas que se acumulan entre las baldosas o en el ángulo que se forma entre la pared y la vereda, botellas desechables y astillas de botellas de cerveza rotas, envoltorios varios e ingentes pilas de basura afirmadas contra los postes del tendido polivalente (el grueso manojo de cables colgando entre poste y poste oculta telefonía, ADSL, televisión por cable, entre otros), postes todos sucios, manchados en la parte de abajo por los chorreos ya secos de los de las goteantes bolsas de basura. Los barrenderos que veo por la mañana barren sólo la cuneta, al parecer.

Rancagua puede definirse como una pobla urbanizada, con un par de anchas avenidas sucias y semáforos en las esquinas. Algunos edificios se elevan por sobre la línea de uno o dos pisos de las casas que son el general de las construcciones que habitan los rancagüiinos. Los edificios que se veían (ahora ya no, porque hay un by-pass que permite evitar varias localidades) desde la carretera, a lo lejos parecidos a los de Diagonal Paraguay con Portugal en Santiago, en realidad son unas favelas de varios pisos de alto coronadas por antenas CDMA.

Colegio de Ingenieros no hay... librerías no hay. Casi toda la gente joven que no es de acá con la que converso coincide conmigo en que esta ciudad es una mierda. Lo que es yo, estoy podrido de tener que vivir acá, y espero que llamen del MBA, no sé si durante enero o marzo, para poder volar pronto de aquí. Y si no me llaman, también buscaré la forma de irme de acá, hacia el sur; no me molestaría quedarme en Talca. Sigo teniendo más amistades y conocidos que acá, una ciudad atorrante que dieciséis meses y muchos intentos después no dejo de sentir hostil.

Me tiene chato: es uno de los lugares en los que NO quiero estar, uno de los dos lugares dónde más solo me he sentido y donde más extranjero me siento. Tanto es así que me están empezando a dar pocas ganas de regresar los fines de semana; las semanas se alargan ya no desde el jueves, sino desde el martes.

Pienso que el límite de resistencia está cerca, y dudo que desaparezca a no ser que suceda algo muy pero muy extraordinario, como enamorarme, por ejemplo. Pero al paso que voy... dudo que me enamore acá; las pocas mujeres que conozco ven a través mío o están so out of my league, pero para abajo. Las otras son compañeras de trabajo.

En fin... sólo tengo que aguantar un poco más, nada más. Posiblemente tenga una semana de vacaciones después de las elecciones, aunque no se sabe si el contrato termina el 15 o no; ojalá se extiendiese un poco más, para poderme tomar mis días de vacaciones, como corresponde. Que no son tantos! Son 4 no más, dejo uno para después, y así, tal vez, pueda tener unos 3 días en marzo. Mientras tanto, si puedo evadirme una semana de esta cautivante metrópolis seré feliz.