viernes, enero 27, 2006

15/E
(o la continuación del 11/D)

Se venía desde algo más de un mes, la segunda vuelta. Las campañas hacían nata: si ella ofrecía cien medidas en los primeros cuatro meses de gobierno, él retrucaba ciento veinte!. Si ella te ofrecía un pan, el otro daba dos. El cuatro de enero se volvieron a juntar en el último debate, que el aliancismo piñerista anunció como la confirmación de las pocas capacidades de la candidata concertacionista. Nótese: no la confirmación de las capacidades del candidato de derecha.

El debate fue como los anteriores, y el candidato de derecha no pudo reafirmar nada más excepto que es el poseedor de una labia interminable y aturdidora, overwhelming que le dicen los gringos, y de una inigualada capacidad (que bien podría ser una mutación) de decir tres sinónimos en rápida sucesión, seguidilla, serie. Insistió en ahondar en sus propias contradicciones vitales, estructurales, esenciales: venderse como el candidato de centro, pero a la vez ser de derecha; ser un empresario exitoso y millonario y a la vez empatizar y simpatizar con las masas pobres; victimizar a su contendora femenina a la vez que requería del voto femenino para poder aspirar a tener esperanzas de lograr alguna opción a la presidencia.

Ella también cometió errores evidentes, pero gustó más. Así lo dijo el pueblo, el domingo 15 de enero, marcando en las urnas una diferencia aún mayor entre el presidente y el eterno candidato en las elecciones del ’99. Los partidarios de la Michelle se volcaron a las calles a celebrar el triunfo indiscutible, ya desde que se empezaron a cerrar las primeras mesas (según me contaron – yo estaba cumpliendo mi obligación cívica).

Desde las calurosas elecciones de diciembre que deseaba con muchas ganas un día de elecciones que no me matara a punta de grados Celsius (o Fahrenheit, o Rankine, o Kelvin – ustedes elijan). Pues hasta frío pasé en la mañana, y terminé con mucha más energía que la vez anterior, así que doy mi vehemente deseo por cumplido.

Esta vez llegamos casi los mismos vocales, excepto por uno de ellos que cívicamente dijo la vez anterior yo sólo vengo porque no pude excusarme, y sin embargo no hizo falta: nos apoyamos con el apoderado para doblar votos y llamar a alguno de los delegados de la Junta Electoral en casos de quedar en el aire.

Como era una elección corta, con sólo dos candidatos, terminamos rápidamente, dedicando la última hora a organizar el papeleo inherente a estos trámites. Al día siguiente me tocó repetir la entrega de los sobres, pero salí rápidamente: se repetían los de la vez anterior, quedaron dos sorteados, además ese sorteo no estuvo extento de anécdotas que sería excesivo contar aquí.

Rápidamente parece ser la palabra clave de estas elecciones: rápidamente nos constituimos, rápidamente nos instalamos, rápidamente abrimos la votación, rápidamente cerramos, rápidamente contamos, rápidamente se sabía que teníamos presidenta, rápidamente nuestro criollo y bracicorto Berlusconi asumió públicamente su derrota, pérdida, fracaso.