lunes, agosto 29, 2005

Los dominios del Perro

Tuve la fortuna de poder saltarme la subida a Colón el miércoles: el día antes había nevado y no se sabía el estado de la carretera, y yo tenía permiso para asistir a una conferencia en Santiago el miércoles. Este inesperado espacio me dio tiempo para limpiar, ordenar, lavar loza atrasada y aprovechando el sol radiante que ese día inundaba la ciudad, ventilé el depa. Y para levantarme más tarde.

La conferencia no era larga y me dejaba algo de tiempo antes de regresarme a Rancagua, y me puse en contacto con mi amigo Rodrigo, a ver si nos podíamos tomar un cafecito. Nos reunimos en una estación de metro, y fuimos a su departamento a tomar once. Casualmente, vive relativamente cerca de algunos lugares que sí conozco en Santiago y por los que no andaba hace tiempo.

Compartimos un té con tostadas, y la conversación la monopolizamos Panes, su compañero de departamento, y yo. Yo era la parte minoritaria de este duopolio, si se quiere; este colega, también compañero de la facultad, está terminando un magíster en ingeniería industrial, y al parecer debe ser uno de los buenos estudiantes. Lo que pudimos conversar con el Perrito Mundaca lo conversamos casi por completo en el metro cuando me acompañaba de regreso a la estación, a pillar el metrotren.

El departamento es tan acogedor como sus habitantes. Nunca me he fijado en las materialidades de las casas que visito, sino en el ambiente que las invade. Es por eso que me sentí cómodo en la casa de mi amigo, aunque carezca de las comodidades que, estoy seguro, llegarán después. Es por eso que puedo estar tan cómodo sentado sobre un banco de madera con piso de tierra en el campo como incómodo en un sillón de diseño, con una hermosa vista y pisando una alfombra de angora. La hospitalidad fraterna de mi amigo y colega bastan para vestir cualquier pared o piso desnudo y para llenar cualquier carencia. Hay que decirlo: Mundaca tiene mucha potencialidad de anfitrión.