martes, julio 12, 2005

Acorralado al pasillo

Como todos los días salí a tomar mi bus a la esquina. Como nos subimos en orden de llegada, quedé tercero y busque con ansias un asiento al pasillo, lejos de los calefactores que los buses usualmente llevan bajo las ventanas. Aunque el conductor sea un tipo listo y apague la calefacción unos minutos antes de llegar a destino, igualmente en los tiempos que corren le tengo respeto a los cambios de temperatura bruscos.

Quedé ubicado al pasillo, tercera o cuarta fila. No fue muy buena elección, como me daría cuenta después. Mi compañero de asiento, ancho de espaldas, dormía a pierna suelta con las manos en los bolsillos, y bien abierto de piernas. Tras darle un tiempo prudente para que se diera cuenta que me estaba pisando los callos, empecé sencillamente a empujarle el brazo y la pierna a ver si se dignaba a darme, o mejor dicho devolverme, mi espacio. Y él, nada.

Apliqué plan B (rip) a la situación y con bastante discreción empecé a moverme de forma bastante molesta, pasando a golpearlo como quien no quiere la cosa, sin pedir disculpas. La estrategia dio sus resultados porque finalmente el hombrón sacó las manos de los bolsillos y juntó sus rodillas. Recuperé mi terreno, pero entre tanto tira y afloja se me espantó el poco de sueño que sobraba de la noche, y perdí esos valiosos 40 minutos de sueño que disfruto antes de llegar al trabajo.