miércoles, junio 01, 2005

Viernes negro

Era viernes, y era 6, y estaba nervioso: me iba a encontrar con Viviana, tenía muchas ganas de verla y la extrañaba mucho, y sin embargo sabía que me esperaba un trago del amaretto más amargo que pueda concebirse.

Me llama para avisarme que está en la ciudad, que nos juntemos, como habíamos acordado el día antes. Era tarde, y lo difícil de la situación hacía complicado elegir un lugar lo suficientemente discreto para no ser objeto de miradas conspicuas. Terminamos en un costado de la plaza, tratando de alargar el momento con conversación que en un momento diferente no sería distinguible de nuestra conversación usual.

Pero finalmente se decide a hablar, cambiando el tema hacia el tema que nos pesaba hace dos semanas. Llegamos a lo mismo que tantas veces conversamos sin vernos, por teléfono. Me quebré varias veces, a pesar de que pude estar fuerte mucho rato. No es fácil, saben, sin anestesia. No sé cuánto rato habremos estado así, no sé.

Sólo recuerdo que cuando la vi llorar le pasé un pañuelo, y luego me pidió que la fuera a dejar a su casa. Ahi, al echar a andar la camioneta, al encenderse el reloj, me di cuenta que el tiempo se había arrastrado justo en esos momentos, después que siempre volaba para nosotros. No era ni siquiera medianoche. El silencio se había interpuesto como una fría barrera entre nosotros, y creo que ninguno de los dos tenía las fuerzas para romperla. Que terrible es cuando dos que siempre hemos tenido tema de conversación, que siempre pudimos reir de cualquier cosa, repentinamente no encuentramos nada que decirnos.

Me detuve en la puerta de su casa con el alma en un puño, con un nudo del porte del puño en mi garganta, sin imaginar qué iría a pasar en el siguiente segundo. Tratando de contener las lágrimas que pugnaban rebeldemente por escaparse, sentí pasar la extrasístole más larga de mi vida. Antes de bajarse, con lágrimas en los ojos y en la cara me da un beso en la mejilla, y mientras mis ojos rebalsan la abrazo, queriendo retenerla un instante más a mi lado, queriendo resistir el derrumbe de mis sentimientos, queriendo contener la avalancha de recuerdos que me estaba invadiendo en ese momento.

Comprendo/acepto que aunque la tengo abrazada se está yendo, inexorablemente se está yendo; suelto el llanto mientras la dejo ir, y queda grabada a fuego entre tantos otros bellos recuerdos la imagen de su silueta caminando o corriendo, en el frío, hacia su puerta, recortada contra la luz del farol de la puerta que en su casa dejan encendido, esperando a que llegue.