miércoles, junio 01, 2005

De visita al mundo espejo

Aprovechando el largo fin de semana, la invitación de los viejos, y mi eternamente vivo gusto por viajar, pude cambiar de aires. Y vaya que fueron buenos aires los de Buenos Aires, parafraseando a Mauricio.

Me desperté (interrumpí mi sueño, mejor dicho) para esperar a los viejos que a las tres de la mañana me pasaban a buscar para ir al aeropuerto; dejamos la camioneta en la custodia del aeropuerto y sorteamos exitosamente los escollos de nuestra agencia de viajes, la menos mala de Talca. Viajamos, claro, pero separados: los viejos de un lado, yo del otro. La agencia no había reservado los asientos, así que quedamos a merced de los espacios flotantes presentes en cualquier vuelo con sobreventa.

Tras sobrevolar la cordillera nevada, blanca como un merengue infinito, me acordé de los rugbistas que pudieron sobrevivir a un naufragio en plena cordillera, los de ¡Viven!; eran otros tiempos, claro. Inmediatamente después, ya sobre la pampa, la tripulación empezó a distribuir el desayunito aéreo usual; teniendo presente el recuerdo de los rugbistas antropófagos se puede elaborar una explicación al por qué servirlo después de la cordillera, y no antes.

Ni bien me termino el desayunito, recogen las bandejas y nos preparamos para el aterrizaje: el vuelo es corto. Curiosamente, iba leyendo Pattern Recognition de Gibson, cuyo título al español se transforma en Mundo Espejo. Esa sería una frase muy adecuada para todo lo que pude ver en ese fin de semana largo que se nos hizo corto.

La protagonista es una gringa que está en Inglaterra; obviamente, aunque se habla el mismo idioma y las cosas se parecen, a la vez son diferentes: son un reflejo de lo que queda al otro lado del charco, como dicen. Para su coprotagonista, un chino creo, su mundo espejo era Taipei o Corea. Para nosotros Argentina viene bien como mundo espejo.

El Buenos Aires querido se divide en dos: Capital Federal (que viene a ser como Santiago Centro) y el Gran Buenos Aires (lo que no deja de ser una redundancia), cuyo reflejo vendría a ser el resto de las comunas de la Región Metropolitana. Guardando las proporciones, claro: lo que nosotros llamamos Buenos Aires tiene casi tantos habitantes como Chile entero. Diariamente entran ocho o nueve millones de personas a trabajar a Capital Federal, provenientes del Gran Bs.As.

Algo me había comentado un amigo, de las grandezas de la ciudad, de lo barato y copioso de las comidas, de lo extenso y amplio de sus avenidas. Ninguna preparación fue suficiente para enfrentar el mundo espejo. Todos sabemos que Argentina está en crisis, que tiene problemas energéticos, que padece una cepa especialmente virulenta de presidentes ladrones y políticos corruptos, pero si he de ser honesto, salvo por el barrio de la Boca, no pude percibir crisis a simple vista.

La crisis, según el conductor del transfer, se nota en que los argentinos no tienen el poder adquisitivo del sus tiempos de pujanza, cuando los argentinos llamaban "pesos" a los dólares. Ya no salen tanto de vacaciones al extranjero, ya no pueden cambiar el auto con la frecuencia de antes, ya no tienen acceso a muchas otras cosas que antes se consideraban normales. (Por otro lado puede decirse que estuvimos más que nada en los lugares turísticos, y los turistas jamás son demasiados.)

Como decía, a pesar de que Argentina viene saliendo de una crisis, no vi negocios cerrados ni miseria (salvo por la Boca); no se ven tantos autos caros como acá, donde es fácil cruzarse con un Mercedes, un BMW o un Porsche o Audi. De que hay, hay, pero los maneja gente que podría decirse que se pudre en plata. La gran mayoría de los autos son nuestros típicos autos de clase media, con una antiguedad máxima de 10 años. Y la cantidad de autos diesel tambien es mayor. (Y también hay autos de los '70 y los '80, perfectamente mantenidos, porque según nos dijeron, el costo de la patente para estos autos es casi simbólico.) La cantidad de Fords y Chevrolets argentinos me recordaron a cada rato que Argentina tiene industria automotriz.

En el mundo espejo no se ven los gordos a los que estamos acostumbrados: los MacShit que vi estaban vacíos, y para combatir la escasez de parroquianos se ve el concepto (que acá no existe) de MacShit Café - un oximoron. Descubrimos con sorpresa en nuestro primer almuerzo del mundo espejo que la comida la sirven sin sal; no fue error del cocinero, después lo comprobamos, es una sana costumbre.

Después de almorzar y de hacer la parada técnica en el hotel salimos a caminar por calle Florida. Esta es una calle larguísima, que excepto por el hecho de ser paseo no tiene nada más en común con Barros Arana de Conce. Tal vez con Ahumada (en Santiago) tenga más en común. Los quioscos de diarios son inmensos: del área de un auto mediano, tapizado en todas las revistas y diarios imaginables, el quiosquero se pierde entre tanto papel. Ah, y hay dos por cuadra. Ni comparados con los nuestros, que son por lo general como cabinas telefónicas cubiertas con algunos diarios y revistas.

Las librerías son para perderse: tres pisos, ascensor, cafeterías, sillones para leer antes de comprar. Las estanterías son tan altas que los vendedores necesitan una escalera para llegar a los libros de más arriba. Oh, y los vendedores saben de qué les habla uno (en Talca la dueña de una de las librerías creyó que me llamaba Jonathan Swift cuando le encargué los Viajes de Gulliver). Los vendedores argentinos son amables y atentos, y agradecen aunque el comprador revuelva la tienda y se vaya sin comprar nada.

Conocí a los amigos que hicieron los viejos en el crucero del verano; todos ellos gente sumamente simpática. Nos invitaron a cenar a uno de los barrios mas nuevos de Bs. As., Puerto Madero, que no debe tener más de 15 años y es uno de los más exclusivos de la zona: todo loftizado y en parte ocupado ya por empresas grandes. Escuché varias veces el comentario de que Puerto Madero es una de las pocas cosas buenas que se hicieron durante los gobiernos de Menem.

Para el día siguiente nuestros amigos nos llevaron a un tour por toda la ciudad, y desde el auto pude fotografiar a medida que encontraba algo interesante. Si digo que fueron casi 8 rollos los que disparé, puede comprenderse la magnitud de lo interesante que pude encontrar. Al día siguiente pudimos tomar un city tour que enganchó la agencia de viajes, que repasó varios de los lugares que ya habíamos visitado con los amigos, pero con paradas en otros lugares.

Saqué algunas fotos en el mausoleo de San Martín, resguardado por los granaderos; la catedral, la Plaza de Mayo, la Casa Rosada con el balcón de Evita incluido; una parada en el barrio de la Boca, por la calle Caminito (que el tiempo no ha podido borrar), después de visitar el shop de recuerdos de la Bombonera y retratar el bolichito llamado Todo Boca (el de las 4 B: bueno, bonito, bostero y barato). Recorrimos dos veces las avenidas más anchas del mundo (a saber, San Martín y 9 de Julio, que es 3 en 1), y las calles más largas, del orden de las decenas de kilómetros. Visitamos también el Parque Rosedal, que nada tiene que envidiarle al Central Park neoyorquino.

Entre tanta carrera, pudimos recorrer la calle Corrientes, y cómo no, fotografiarnos frente al 348 (sin segundo piso ni ascensor pero con farolito verde). Creo que quedamos asombrados ante la profusión de teatros en un par de cuadras: uno al lado del otro. Y todos con espectáculos en cartelera. No alcanzamos (y quedará para la próxima) a visitar el Colón por dentro, mucho menos asistir a uno de sus espectáculos. Sí nos contaron que este teatro posee una de las mejores acústicas del mundo: no hace falta ningún tipo de amplificadores. A lo lejos, en alguna de las fotos pude capturar el símbolo bonaerense por excelencia: el Obelisco, memorial de la fundación de la ciudad.

Los edificios me dejaron fascinado: hay tal combinacion de estilos clásicos y modernos que fácilmente puede decirse que conviven hasta tres siglos consecutivos en las calles de Buenos Aires. Viendo varios de ellos no cuesta imaginar la ciudad en sus tiempos de máxima pujanza, cuando Argentina era conocido como el granero americano y su capital, el París de Sudamérica.