miércoles, junio 01, 2005

De 20 a 20

Ha pasado algo más de un mes desde que la Vivi me dio la Noticia Terrible. Un mes difícil, en que las dos primeras semanas fueron pesadísimas de sobrellevar. A cada rato desde dentro escarbaba la pena, martillaba el dolor, taladraba la incertidumbre. Las dos siguientes semanas me cubrí de andamios.

En mi desesperanza acudí a la sicóloga, temiendo estar haciendo una depresión; por suerte la depresión, que sí creo que la hubo, fue pasajera, y sólo queda la honda tristeza, la falta de apetito, el desinterés y el desgano. Aunque he vuelto a hacer bromas, estas son negras y ácidas; aunque he vuelto a reir, no es reconfortante como solía serlo antes.

Hubo días en que más que levantarme, me arrastraba de la cama: mi alter ego responsable me empujaba cada mañana hasta la ducha. Tengo la suerte de tener trabajo, que de no haberlo tenido, la situación pudo ser peor. Días eternos. Días de sueño, pero sin descanso. Esas dos primeras semanas hubiera querido dormir de un tirón todo lo que faltaba para verla, dormir todo el camino que quedaba por recorrer hasta el cadalso.

Dormí mucho... me acostaba entre las 8 y las 9; dormía a la ida y a la vuelta del trabajo. Ya no duermo tanto, ya no siento la necesidad de evadir una realidad agreste y dolorosa. Lo que no he logrado recuperar es el apetito, ese que me hacía prepararme uno que otro plato sabroso y presentarlo en forma tan gourmet como pudiera. Ya no me interesa la cocina, ni han vuelto a aflorar mis preferencias. Me es indiferente un plato de tallarines con mantequilla o un pan con queso o un tazón de té. Como porque tengo que hacerlo, y aunque no devoro ni termino los platos, hago mis tres comidas diarias, únicamente porque hay que seguir funcionando.

Llegó el viernes negro, y con él se derrumbaron mis pobres andamios, como un castillo de naipes en medio de una ventolera. La certeza de volver a estar solo aplastaba las translúcidas briznas de esperanza que pude abrigar, briznas de fuerza para poder estar tranquilo. La certeza de que no habría más nosotros. Vaya fin de semana que tuve. Años de años que no me sentía así, indescriptible, opresivamente indescriptible. Con ganas de tomármelas y partir hacia quien sabe dónde. Supe después que Viviana pasó un fin de semana horrible, como yo.

Las dos semanas siguientes (y las futuras) fueron de reconstrucción. De morderse los dientes cada vez que se me cruzaba un Astra blanco. De tratar de... ¿de qué? ¿De acostumbrase a la incertidumbre de no saber que pasará? ¿De sobreponerse al instinto de evasión? ¿De luchar para no dejar que se abran las fracturas? ¿De tratar de no pensar en ella para no escarbar en las fisuras del alma? ¿De evitar asociar tristes canciones de mi imaginario privado con mi triste lluvia interna? ¿De tratar de mantener el equilibrio?

De todo eso, y más. Durante el día la situación dejó de ser la tortura que era, pero aún así tenía que hacer acopio de fuerzas para enfrentar el momento más complicado del día: ese cuando uno se queda solito consigo mismo, sobre todo cuando uno mismo no es la mejor compañía para nadie, ni siquiera para uno mismo.

Tuve, por suerte, mis momentos de reducción de peso. Acompañé a mamá un fin de semana a Santiago, a un curso; me vino a visitar Elías, amigo desde que compartimos la oficina de memorista en Coya; Carolina me invitó a un carrete en casa de sus amigos; pude ver a mis amigos Rodrigo y Andrea en Santiago, por separado ambos y pude ocupar así toda la tarde de un viernes y parte de la madrugada del sábado. Toda esta conversación fue para el ánimo una patada desde abajo, porque quedó algunas rayitas más arriba de donde estaba el viernes por la mañana.

El 20 de mayo llegó tranquilamente, casi sin diferencias entre uno y otro día. El frío y la lluvia llegaron y se fueron, me pasée en medio de una ventisca en el área alta, enfrenté un frío casi centroeuropeo tranquilamente, y escapé sin resfriarme; el sueño sigue tratando de retornar a normal y como ya no visito el Jumbo desde hace más de un mes, me imagino que estoy logrando economizar considerablemente. La placa de tristeza adherida a mi yo consciente no parece adelgazarse notoriamente, pero me anima ver que puedo encontrar diferencias entre un 20 y el otro.