jueves, junio 30, 2005

Mudanza

Cuando empecé esta bitácora, siempre tuve algo de temor que algún día tendría que mudarme a causa de que la Universidad me cancelara la cuenta. Finalmente me mudé, pero por razones completamente diferentes a las que imaginé. Tras darle una manito de gato, un retoque por aquí, otro por allá, pude mover el sitio completo a esta nueva dirección, en blogspot.com.

En fin, me parece que este sitio es más rápido para actualizar que el anciano servidor de la universidad, con la desventaja mínima que no permite almacenar las fotos. Total, que hace tiempo que no publico nada con fotos… Eso sí, tengo la seguridad que este servidor estará siempre disponible, no como el de la U, que varias veces, al tratar de publicar, rechazaba la comunicación.

Como decía, no me mudé porque la universidad me cerrara la cuenta, sino porque me terminé excediendo en la cuota, que desde hace miles de años sigue siendo unos exiguos 2 MB… y por ello, terminó rechazando las ultimas entradas, forzándome a buscar una nueva casa para mi gaceta.

sábado, junio 18, 2005

Pudo ser

Ayer a medio día, Andrés, colega y compañero de curso me llama para contarme que le llegó una carta de Codelco, avisándole que no había sido seleccionado para el puesto de Ingeniero Trainee para la Fundición. La primera noticia de esta postulación fue una llamada de otro de mis compañeros de curso, contándome que lo habían llamado a una entrevista en RRHH de Teniente. Durante la tarde llega un correo de otro colega y excompañero que ahora trabaja en el sur, y que me daba, en esencia, la misma noticia. Estaba claro que los llamados de estos dos ingenieros fueron a raíz de los antecedentes que hice llegar en su tiempo a RRHH. Entre ellos los míos, pero no se me mencionaba.

El correo que el Suiza me enviaba me daba las señas de la persona de RRHH de Teniente que lo había contactado. De puro interesado llamé por teléfono a esta persona, tanto para saber de qué se trataba la selección, como para averiguar por qué no se me había considerado, siendo que mi curriculum había sido enviado a RRHH a los pocos días de empezar a trabajar en El Teniente. Como no estaba en la base de datos, le envié una copia actualizada, y con muy buen resultado: un par de horas después me llamaron para concertar una entrevista para el día siguiente.

La entrevista se suponía era con el sicólogo, que salió a recibirme y a hacerme pasar a la oficina; nunca pensé que iba a ser la entrevista con cuatro personas a la vez, tres de ellas peces gordos de la Fundición: el gerente, el superintendente y el superintendente de mantención. Entre los cuatro me pimponearon un rato con preguntas personales, para posteriormente quedar los viejos de la fundición a cargo del interrogatorio y pelotearme entre los tres.

Me hicieron preguntas tramposas, me pusieron en situaciones hipotéticas en las que nunca he estado; vaya que me puse algo nervioso! Comparando respuestas con mis dos compañeros me di cuenta que no había ninguna respuesta correcta o equivocada, todas podían servir. Antes de que me pareciera larga, la entrevista terminó. En realidad fue larga, pero como las preguntas se sucedían una tras otra el tiempo se comprimió rápidamente.

Al día siguiente me tocaban los exámenes médicos. Aprovecharía este día de salida temprano para irme a Santiago a juntarme con mi mamá, a ver algunos amigos. Estos exámenes no tuvieron nada que ver con los exámenes que me hicieron antes: para empezar, no tuve que pasar por la espirometría, pero si por una audiometría y por un test de la vista. El resto, igual: radiografía, ECG, muestra de orina y de sangre, con lipotimia incluida, igual que la vez anterior.

Al siguiente martes regresé a Santiago a rendir el test sicológico, con media hora de adelanto. Me volví a encontrar repentinamente con Andrés, en la sala. Hubo varios tests: situaciones de liderazgo, escribir un cuento basado en una imagen, complete la serie, marcar las cualidades que más y menos me caracterizan, a mi juicio; y para terminar, la entrevista personal con la sicóloga.

¡Esa sí fue una entrevista sicológica! Empezó como una conversación común y corriente, pero poco a poco fue profundizando más y más hasta un punto en que se fue desarrollando algo así como Pregunta, Respuesta, ¿Por qué?, Respuesta, ¿Y qué más?, Respuesta, ¿Por qué?, Respuesta, ¿Nada más? Uffff... y así como por cerca de una hora o más. Esta sí que más que entrevista fue interrogatorio. Preguntas surrealistas: Si no fueses tú, ¿quién serías?; ¿Qué objeto te gustaría ser?; ¿Qué no te gustaría ser?; ¿Quién no te gustaría ser? todo ello seguido de las contrapreguntas ya mencionadas. Casualmente me ahorré el test de Rorschach: está claro que te va a salir una depresión, pero como hemos conversado harto ya sé de dónde viene me dijo la sicóloga.

Salí con tiempo, pasada la hora de almuerzo. Era cerca de las tres de la tarde, y había empezado a las diez y media. También, circunstancialmente me encontraba cerca al Liguria, conocido punto de reunión de artistas/intelectuales y lo que va quedando de la colonia italiana de la capital, famoso últimamente por los escándalos de tenistas menguantes meando mesas y famosillos de la tele peleando a combos. Ya que andaba por ahí, pensé en sumarme a la bohemia diurna, y pasar a almorzar al Liguria y conocer este clásico bar por dentro.

Como no me gusta almorzar solo, empecé a llamar amistades a ver si podía juntarme con alguno; el intentó fracasó estruendosamente, aborté la misión y me fui rápidamente a la estación de trenes en metro a tentar la suerte, a ver si podía pillar el metrotren para regresar a Rancagua en pocos instantes más. Tuve suerte y en vez de almorzar en el Liguria de Providencia, terminé almorzando una McShit en casa, solo frente a la tele.

A la noche de la llamada de Andrés, me llaman de casa para contarme que la misma carta que recibió mi colega me había llegado a mí. De nuestra consideración, blablabla, que no calza en nuestro perfil, blablabla, lo hemos incoroporado a nuestra base de datos. Aún queda un ex-alumno del DIE en competencia, ta vez le vaya bien y empiece a trabajar en la Fundición.

ps.- Entre el momento de escribir este post y publicarlo, Felipe también recibió la misma carta que yo, casi en el mismo día, según me contó por teléfono.

La endemoniada

He caído esta semana. La semana pasada tropecé, e incluso falté al trabajo un día; pero esta semana fue un golpe y porrazo de señor mío. El fin de semana pasado no tuve mayores problemas y atribuí al cansancio los dolores musculares que sentía. Atribuí a otros factores el desgano y los pocos deseos de salir de la cama. Que naif.

El lunes desperté, me arrastré fuera de la cama y partí a Coya. Mientras subía trataba de hacer un mapa mental de lo que me tocaba hacer en el día, compras principalmente, para llegar temprano a casa y meterme en la cama. Unas pocas horas después, en mi oficina calefaccionada, sentía frío: ya la gripe hacía presa en mí.

La semana anterior, cuando falté, me quedé todo el día en cama. A ratos leía, a ratos dormía. Sólo me levanté tres veces, para comer y para salir a una reunión. Aunque mi jefe me dice a nadie le levantan una estatua por trabajar enfermo, a mi sigue sin gustarme la idea de faltar al trabajo.

Tuve suerte el lunes y pude meterme temprano en la cama, y pude comprar los remedios que ya están haciendo que me sienta mejor. Pero el martes la historia fue diferente: desperté congestionado, con dolores musculares, un ojo rojo y pegoteado y un dolor de cabeza que me abría el cráneo. Obviamente no me bañé: era suicidio, por lo frío que estaba mi departamento. Pero igual subí a trabajar, y de la misma forma bajé en la tarde a una reunión a Rancagua.

El resto de los días la pendiente ha sido constante hacia la mejoría, aunque a ratos he deseado no estar solo al llegar a casa, para directamente meterme a la cama y que alguien más se preocupara de atenderme. Pero cuando uno está solo se tiene que rascar con sus propias uñas: me preparé mi propio té con limón y miel, mi propia comida, tan sencilla como pudiera para terminar pronto y meterme pronto a la cama a pasar la enfermedad.

He terminado esta semana casi sin darme cuenta, he hecho mi (aburrido) cursito de OHSAS 18001, las dos reuniones y el casi fin de una etapa. El fin de semana ya está encima, y espero terminar de sacarme de encima esta endemoniada gripe, clavada en mi espalda como un terrible mono del poto colorado.

Adiós Nonina

Ya había regresado de Buenos Aires, y se me ocurrió llamar a casa de Viviana, para ponerme de acuerdo y visitarlos ese fin de semana. Hacía ya tiempo que no nos veíamos, y entre tanto había cumplido años la Jesu, la menor de la casa. De Argentina le traía como regalo una caja de dulces (que a la fecha debe haber pasado a mejor vida), y unos posavasos tangueros para la familia. Después de un par de repiques, responde en medio de las lágrimas la mamá de Viviana.

Pude conversar con la Francisca y entonces supe que durante la tarde había fallecido la Nona, la abuela. En un principio pensé que era el Nono, porque hace tiempo que está mal de salud, pero para sopresa de todos, la Nona fue la que partió primero. Al parecer al ver que el Nono estuvo internado algunos días entró en una depresión, sin comer ni nada. Nadie sospechó nunca, ni por asomo, este desenlace.

Pregunté entonces por la Vivi, y me dijo que le estaban dando la noticia en ese preciso instante. Apenas colgué llamé para allá, y entre lágrimas me dijo que estaba a punto de llamarme para contarme. Una vez más operó nuestro clásico enlace satelital, claro que no en la situación más oportuna.

Decidí acompañarlos al funeral. Y creo que estuvo bien haber ido, pues si de algo serví fue de apoyo, sobre todo a Viviana que varias veces se apoyó en mi hombro para llorar. Como todos los funerales, éste fue triste; más triste porque a lo largo de estos poquito más de tres años que nos conocemos, les he tomado cariño y empaticé fuertemente con el sentimiento reinante.

Nos volvimos a ver tres semanas después del Viernes Negro, y lamento que hubiera sido en esta triste circunstancia. Así pues, más tarde la Vivi me acompañó a la estación con sus hermanas, me agradeció por haberla acompañado (ni lo menciones le dije) y emprendí el regreso a casa.

miércoles, junio 01, 2005

De visita al mundo espejo

Aprovechando el largo fin de semana, la invitación de los viejos, y mi eternamente vivo gusto por viajar, pude cambiar de aires. Y vaya que fueron buenos aires los de Buenos Aires, parafraseando a Mauricio.

Me desperté (interrumpí mi sueño, mejor dicho) para esperar a los viejos que a las tres de la mañana me pasaban a buscar para ir al aeropuerto; dejamos la camioneta en la custodia del aeropuerto y sorteamos exitosamente los escollos de nuestra agencia de viajes, la menos mala de Talca. Viajamos, claro, pero separados: los viejos de un lado, yo del otro. La agencia no había reservado los asientos, así que quedamos a merced de los espacios flotantes presentes en cualquier vuelo con sobreventa.

Tras sobrevolar la cordillera nevada, blanca como un merengue infinito, me acordé de los rugbistas que pudieron sobrevivir a un naufragio en plena cordillera, los de ¡Viven!; eran otros tiempos, claro. Inmediatamente después, ya sobre la pampa, la tripulación empezó a distribuir el desayunito aéreo usual; teniendo presente el recuerdo de los rugbistas antropófagos se puede elaborar una explicación al por qué servirlo después de la cordillera, y no antes.

Ni bien me termino el desayunito, recogen las bandejas y nos preparamos para el aterrizaje: el vuelo es corto. Curiosamente, iba leyendo Pattern Recognition de Gibson, cuyo título al español se transforma en Mundo Espejo. Esa sería una frase muy adecuada para todo lo que pude ver en ese fin de semana largo que se nos hizo corto.

La protagonista es una gringa que está en Inglaterra; obviamente, aunque se habla el mismo idioma y las cosas se parecen, a la vez son diferentes: son un reflejo de lo que queda al otro lado del charco, como dicen. Para su coprotagonista, un chino creo, su mundo espejo era Taipei o Corea. Para nosotros Argentina viene bien como mundo espejo.

El Buenos Aires querido se divide en dos: Capital Federal (que viene a ser como Santiago Centro) y el Gran Buenos Aires (lo que no deja de ser una redundancia), cuyo reflejo vendría a ser el resto de las comunas de la Región Metropolitana. Guardando las proporciones, claro: lo que nosotros llamamos Buenos Aires tiene casi tantos habitantes como Chile entero. Diariamente entran ocho o nueve millones de personas a trabajar a Capital Federal, provenientes del Gran Bs.As.

Algo me había comentado un amigo, de las grandezas de la ciudad, de lo barato y copioso de las comidas, de lo extenso y amplio de sus avenidas. Ninguna preparación fue suficiente para enfrentar el mundo espejo. Todos sabemos que Argentina está en crisis, que tiene problemas energéticos, que padece una cepa especialmente virulenta de presidentes ladrones y políticos corruptos, pero si he de ser honesto, salvo por el barrio de la Boca, no pude percibir crisis a simple vista.

La crisis, según el conductor del transfer, se nota en que los argentinos no tienen el poder adquisitivo del sus tiempos de pujanza, cuando los argentinos llamaban "pesos" a los dólares. Ya no salen tanto de vacaciones al extranjero, ya no pueden cambiar el auto con la frecuencia de antes, ya no tienen acceso a muchas otras cosas que antes se consideraban normales. (Por otro lado puede decirse que estuvimos más que nada en los lugares turísticos, y los turistas jamás son demasiados.)

Como decía, a pesar de que Argentina viene saliendo de una crisis, no vi negocios cerrados ni miseria (salvo por la Boca); no se ven tantos autos caros como acá, donde es fácil cruzarse con un Mercedes, un BMW o un Porsche o Audi. De que hay, hay, pero los maneja gente que podría decirse que se pudre en plata. La gran mayoría de los autos son nuestros típicos autos de clase media, con una antiguedad máxima de 10 años. Y la cantidad de autos diesel tambien es mayor. (Y también hay autos de los '70 y los '80, perfectamente mantenidos, porque según nos dijeron, el costo de la patente para estos autos es casi simbólico.) La cantidad de Fords y Chevrolets argentinos me recordaron a cada rato que Argentina tiene industria automotriz.

En el mundo espejo no se ven los gordos a los que estamos acostumbrados: los MacShit que vi estaban vacíos, y para combatir la escasez de parroquianos se ve el concepto (que acá no existe) de MacShit Café - un oximoron. Descubrimos con sorpresa en nuestro primer almuerzo del mundo espejo que la comida la sirven sin sal; no fue error del cocinero, después lo comprobamos, es una sana costumbre.

Después de almorzar y de hacer la parada técnica en el hotel salimos a caminar por calle Florida. Esta es una calle larguísima, que excepto por el hecho de ser paseo no tiene nada más en común con Barros Arana de Conce. Tal vez con Ahumada (en Santiago) tenga más en común. Los quioscos de diarios son inmensos: del área de un auto mediano, tapizado en todas las revistas y diarios imaginables, el quiosquero se pierde entre tanto papel. Ah, y hay dos por cuadra. Ni comparados con los nuestros, que son por lo general como cabinas telefónicas cubiertas con algunos diarios y revistas.

Las librerías son para perderse: tres pisos, ascensor, cafeterías, sillones para leer antes de comprar. Las estanterías son tan altas que los vendedores necesitan una escalera para llegar a los libros de más arriba. Oh, y los vendedores saben de qué les habla uno (en Talca la dueña de una de las librerías creyó que me llamaba Jonathan Swift cuando le encargué los Viajes de Gulliver). Los vendedores argentinos son amables y atentos, y agradecen aunque el comprador revuelva la tienda y se vaya sin comprar nada.

Conocí a los amigos que hicieron los viejos en el crucero del verano; todos ellos gente sumamente simpática. Nos invitaron a cenar a uno de los barrios mas nuevos de Bs. As., Puerto Madero, que no debe tener más de 15 años y es uno de los más exclusivos de la zona: todo loftizado y en parte ocupado ya por empresas grandes. Escuché varias veces el comentario de que Puerto Madero es una de las pocas cosas buenas que se hicieron durante los gobiernos de Menem.

Para el día siguiente nuestros amigos nos llevaron a un tour por toda la ciudad, y desde el auto pude fotografiar a medida que encontraba algo interesante. Si digo que fueron casi 8 rollos los que disparé, puede comprenderse la magnitud de lo interesante que pude encontrar. Al día siguiente pudimos tomar un city tour que enganchó la agencia de viajes, que repasó varios de los lugares que ya habíamos visitado con los amigos, pero con paradas en otros lugares.

Saqué algunas fotos en el mausoleo de San Martín, resguardado por los granaderos; la catedral, la Plaza de Mayo, la Casa Rosada con el balcón de Evita incluido; una parada en el barrio de la Boca, por la calle Caminito (que el tiempo no ha podido borrar), después de visitar el shop de recuerdos de la Bombonera y retratar el bolichito llamado Todo Boca (el de las 4 B: bueno, bonito, bostero y barato). Recorrimos dos veces las avenidas más anchas del mundo (a saber, San Martín y 9 de Julio, que es 3 en 1), y las calles más largas, del orden de las decenas de kilómetros. Visitamos también el Parque Rosedal, que nada tiene que envidiarle al Central Park neoyorquino.

Entre tanta carrera, pudimos recorrer la calle Corrientes, y cómo no, fotografiarnos frente al 348 (sin segundo piso ni ascensor pero con farolito verde). Creo que quedamos asombrados ante la profusión de teatros en un par de cuadras: uno al lado del otro. Y todos con espectáculos en cartelera. No alcanzamos (y quedará para la próxima) a visitar el Colón por dentro, mucho menos asistir a uno de sus espectáculos. Sí nos contaron que este teatro posee una de las mejores acústicas del mundo: no hace falta ningún tipo de amplificadores. A lo lejos, en alguna de las fotos pude capturar el símbolo bonaerense por excelencia: el Obelisco, memorial de la fundación de la ciudad.

Los edificios me dejaron fascinado: hay tal combinacion de estilos clásicos y modernos que fácilmente puede decirse que conviven hasta tres siglos consecutivos en las calles de Buenos Aires. Viendo varios de ellos no cuesta imaginar la ciudad en sus tiempos de máxima pujanza, cuando Argentina era conocido como el granero americano y su capital, el París de Sudamérica.

De 20 a 20

Ha pasado algo más de un mes desde que la Vivi me dio la Noticia Terrible. Un mes difícil, en que las dos primeras semanas fueron pesadísimas de sobrellevar. A cada rato desde dentro escarbaba la pena, martillaba el dolor, taladraba la incertidumbre. Las dos siguientes semanas me cubrí de andamios.

En mi desesperanza acudí a la sicóloga, temiendo estar haciendo una depresión; por suerte la depresión, que sí creo que la hubo, fue pasajera, y sólo queda la honda tristeza, la falta de apetito, el desinterés y el desgano. Aunque he vuelto a hacer bromas, estas son negras y ácidas; aunque he vuelto a reir, no es reconfortante como solía serlo antes.

Hubo días en que más que levantarme, me arrastraba de la cama: mi alter ego responsable me empujaba cada mañana hasta la ducha. Tengo la suerte de tener trabajo, que de no haberlo tenido, la situación pudo ser peor. Días eternos. Días de sueño, pero sin descanso. Esas dos primeras semanas hubiera querido dormir de un tirón todo lo que faltaba para verla, dormir todo el camino que quedaba por recorrer hasta el cadalso.

Dormí mucho... me acostaba entre las 8 y las 9; dormía a la ida y a la vuelta del trabajo. Ya no duermo tanto, ya no siento la necesidad de evadir una realidad agreste y dolorosa. Lo que no he logrado recuperar es el apetito, ese que me hacía prepararme uno que otro plato sabroso y presentarlo en forma tan gourmet como pudiera. Ya no me interesa la cocina, ni han vuelto a aflorar mis preferencias. Me es indiferente un plato de tallarines con mantequilla o un pan con queso o un tazón de té. Como porque tengo que hacerlo, y aunque no devoro ni termino los platos, hago mis tres comidas diarias, únicamente porque hay que seguir funcionando.

Llegó el viernes negro, y con él se derrumbaron mis pobres andamios, como un castillo de naipes en medio de una ventolera. La certeza de volver a estar solo aplastaba las translúcidas briznas de esperanza que pude abrigar, briznas de fuerza para poder estar tranquilo. La certeza de que no habría más nosotros. Vaya fin de semana que tuve. Años de años que no me sentía así, indescriptible, opresivamente indescriptible. Con ganas de tomármelas y partir hacia quien sabe dónde. Supe después que Viviana pasó un fin de semana horrible, como yo.

Las dos semanas siguientes (y las futuras) fueron de reconstrucción. De morderse los dientes cada vez que se me cruzaba un Astra blanco. De tratar de... ¿de qué? ¿De acostumbrase a la incertidumbre de no saber que pasará? ¿De sobreponerse al instinto de evasión? ¿De luchar para no dejar que se abran las fracturas? ¿De tratar de no pensar en ella para no escarbar en las fisuras del alma? ¿De evitar asociar tristes canciones de mi imaginario privado con mi triste lluvia interna? ¿De tratar de mantener el equilibrio?

De todo eso, y más. Durante el día la situación dejó de ser la tortura que era, pero aún así tenía que hacer acopio de fuerzas para enfrentar el momento más complicado del día: ese cuando uno se queda solito consigo mismo, sobre todo cuando uno mismo no es la mejor compañía para nadie, ni siquiera para uno mismo.

Tuve, por suerte, mis momentos de reducción de peso. Acompañé a mamá un fin de semana a Santiago, a un curso; me vino a visitar Elías, amigo desde que compartimos la oficina de memorista en Coya; Carolina me invitó a un carrete en casa de sus amigos; pude ver a mis amigos Rodrigo y Andrea en Santiago, por separado ambos y pude ocupar así toda la tarde de un viernes y parte de la madrugada del sábado. Toda esta conversación fue para el ánimo una patada desde abajo, porque quedó algunas rayitas más arriba de donde estaba el viernes por la mañana.

El 20 de mayo llegó tranquilamente, casi sin diferencias entre uno y otro día. El frío y la lluvia llegaron y se fueron, me pasée en medio de una ventisca en el área alta, enfrenté un frío casi centroeuropeo tranquilamente, y escapé sin resfriarme; el sueño sigue tratando de retornar a normal y como ya no visito el Jumbo desde hace más de un mes, me imagino que estoy logrando economizar considerablemente. La placa de tristeza adherida a mi yo consciente no parece adelgazarse notoriamente, pero me anima ver que puedo encontrar diferencias entre un 20 y el otro.

Viernes negro

Era viernes, y era 6, y estaba nervioso: me iba a encontrar con Viviana, tenía muchas ganas de verla y la extrañaba mucho, y sin embargo sabía que me esperaba un trago del amaretto más amargo que pueda concebirse.

Me llama para avisarme que está en la ciudad, que nos juntemos, como habíamos acordado el día antes. Era tarde, y lo difícil de la situación hacía complicado elegir un lugar lo suficientemente discreto para no ser objeto de miradas conspicuas. Terminamos en un costado de la plaza, tratando de alargar el momento con conversación que en un momento diferente no sería distinguible de nuestra conversación usual.

Pero finalmente se decide a hablar, cambiando el tema hacia el tema que nos pesaba hace dos semanas. Llegamos a lo mismo que tantas veces conversamos sin vernos, por teléfono. Me quebré varias veces, a pesar de que pude estar fuerte mucho rato. No es fácil, saben, sin anestesia. No sé cuánto rato habremos estado así, no sé.

Sólo recuerdo que cuando la vi llorar le pasé un pañuelo, y luego me pidió que la fuera a dejar a su casa. Ahi, al echar a andar la camioneta, al encenderse el reloj, me di cuenta que el tiempo se había arrastrado justo en esos momentos, después que siempre volaba para nosotros. No era ni siquiera medianoche. El silencio se había interpuesto como una fría barrera entre nosotros, y creo que ninguno de los dos tenía las fuerzas para romperla. Que terrible es cuando dos que siempre hemos tenido tema de conversación, que siempre pudimos reir de cualquier cosa, repentinamente no encuentramos nada que decirnos.

Me detuve en la puerta de su casa con el alma en un puño, con un nudo del porte del puño en mi garganta, sin imaginar qué iría a pasar en el siguiente segundo. Tratando de contener las lágrimas que pugnaban rebeldemente por escaparse, sentí pasar la extrasístole más larga de mi vida. Antes de bajarse, con lágrimas en los ojos y en la cara me da un beso en la mejilla, y mientras mis ojos rebalsan la abrazo, queriendo retenerla un instante más a mi lado, queriendo resistir el derrumbe de mis sentimientos, queriendo contener la avalancha de recuerdos que me estaba invadiendo en ese momento.

Comprendo/acepto que aunque la tengo abrazada se está yendo, inexorablemente se está yendo; suelto el llanto mientras la dejo ir, y queda grabada a fuego entre tantos otros bellos recuerdos la imagen de su silueta caminando o corriendo, en el frío, hacia su puerta, recortada contra la luz del farol de la puerta que en su casa dejan encendido, esperando a que llegue.