sábado, mayo 07, 2005

aftermath
1. a later product or result; 2. a crop gathered after the first crop.

Hoy ha sido un día de aftermath; uso esta palabra a falta de una en español que describa mejor el concepto. Estoy cansado, cansado de la pena que pasé anoche, tan grande que sólo salió por partes, que se interrumpió con el sueño, y amaneció conmigo, como quien pone pause/play al dormir, y reanuda la canción en la mañana, en el mismo lugar donde quedó anoche.

¿A quién le puedo preguntar qué vine a hacer en este mundo? ¿Por qué me muevo sin querer, por qué no puedo estar inmóvil? ¿Por qué voy rodando sin ruedas, volando sin alas ni plumas? ¿Por qué mi ropa desteñida se agita como una bandera? Si me he muerto y no me he dado cuenta, ¿a quién le pregunto la hora? Y si el alma se me cayó, ¿por qué me sigue el esqueleto? ¿Soy un malvado alguna vez o todas las veces soy bueno? ¿Dónde está el niño que yo fui, sigue adentro de mí o se fue?

Has pensado ¿de qué color es el Abril de los enfermos? Amor, amor aquel y aquella, si ya no son, ¿dónde se fueron? Ayer, ayer dije a mis ojos ¿cuándo volveremos a vernos? ¿Dónde encontrar una campana que suene adentro de tus sueños? ¿Puedes amarme, silabaria, y darme un beso sustantivo?

(¿Es verdad que las esperanzas deben regarse con rocío?)

¿De dónde viene el nubarrón con sus sacos negros de llanto? ¿De qué color es el olor del llanto azul de las violetas? Las lágrimas que no se lloran ¿esperan en pequeños lagos? ¿O serán ríos invisibles que corren hacia la tristeza?

¿Cómo se llama la tristeza en una oveja solitaria?
del Libro de las Preguntas, de Neruda

viernes, mayo 06, 2005

La memoria obstinada (o del Astra blanco)
Bajo la espada de Damocles (parte IV)

Hace un mes y medio que no nos vemos, y hace dos semanas y un poco más que me dio la noticia terrible. Han sido dos semanas de morderse los dientes, de cubrirse de andamios, de hondos/roncos suspiros, de arrastrarse por las mañanas fuera de la cama, de moverse únicamente por inercia, por costumbre. Dieciseis días eternos, dieciseis días esperando lo inevitable, sintiendo cada vez más cerca de mi cuello el afilado canto de la espada de Damocles.

Hoy es EL día. LA noche, nunca mejor dicho. En estos momentos Viviana debe venir en camino, y en unas cuatro o cinco horas más, bordeando la medianoche, nos veremos las caras, y ojalá también los corazones. Hay mucho que hablar; ella tiene bastante por decir, y yo tengo muchisimas preguntas que hacer. Hay que agotar el síntoma, suele/solía decir ella.

A pocas horas de verla recuerdo cuando, mucho antes de empezar nuestro romance, cuando nos reencontramos en Conce, le dije que cada vez que veía un Opel Astra blanco (el auto de su familia) irremediablemente me acordaba de ella, cosa por lo demás muy cierta, hasta el día de hoy, cuando su recuerdo irrumpe sin avisar cada vez que me cruzo por la calle con un Astra blanco. Y vaya que hay hartos.

Sólo hoy he visto, entre Rancagua y Talca, alrededor de 15. Y justo en estos días, cuando soy un terreno baldío, cada propietario de un Astra blanco ha elegido salir en su auto, cruzándome en su camino a cada instante. Así que varias veces al día me he tropiezado con su recuerdo detenido en una luz roja, doblando una esquina o estacionado al borde de la vereda, de impoluto blanco, de impecable recuerdo, de clara memoria.

En unas cuatro horas más la veré, no sé si por última vez. Conversaremos por fin; sabrá de mi dolor y mi pena, y averiguaré si este sentimiento es mutuo. Por fin terminará esta pesada incertidumbre que hasta ahora me recubre como un manto de pesado alquitrán. Lo que pareció tan fácil al teléfono se volverá cuesta arriba mirándonos a los ojos. Iré preparado para no sorprenderme si, como creo, decide no seguir conmigo, y tendré que buscar alguna veta de valentía aún no prospectada para ser fuerte, y estar tranquilo.

Intercambiaremos con mucho atraso nuestros regalos de ¿casi? tercer aniversario, que dadas las circunstancias a las que nos vemos enfrentados, adquieren otra connotación; siento como si hubiesen dejado de ser los símbolos que reafirman el amor que nos tenemos/tuvimos, para convertirse en obsequios de despedida.