lunes, abril 25, 2005

Palpitante menta
Bajo la espada de Damocles (parte III)

No sé si mis ríos internos se habrán agotado. No sé si mi sol alumbra como el sol alumbra Coya, hoy en la tarde, después de unos chubascos de lo más extraños: lluvia, con sol, sin nubes a la vista. No sé si la pena que siento se está terminando o soy yo que me estoy habituando a tenerla colgando de mi espalda con sus frías uñas y su rostro impávido.

Han pasado cinco días grises, de ese gris color cielo de temporal. Cinco días con un temporal interno de proporciones cataclísmicas, que se golpea contra mis paredes luchando por salir. No recuerdo días tan eternos como los que he pasado. Como los que me quedan. Tiempo tiempo, dijo mi tocayo Vallejo, tiempo tiempo.

Siento que a ratos el temporal se aquieta. No sé si he dejado de notarlo o mis blandas paredes lo han ido amortiguando. Mi cielo es gris, y está oscuro mi paisaje. Está como me imagino el cielo que describe Vallejo en otra poesía, esta tarde en Lima llueve... Claro que en Lima nunca llueve como ha llovido aquí dentro.

Pero entre tanto gris empiezan a aparecer algunas motas de color, algunas tímidas hojitas frescas, de las que siempre asoman tras los temporales o tras una nevada. Saben que el terreno que las acoge no es firme, inundado por tanta lluvia; saben que si bien el temporal amaina, a ratos regresa, toca tierra y las arranca. Y quedan pocas, pero lentamente se vuelven a multiplicar. Y yo temo ayudar a que se multipliquen, porque si bien después del temporal sale el sol, a veces llega otro.

Temo sembrarlas con cuidado, buscando el terreno más firme; temo verlas crecer y extender lentamente sus frescas hojitas por mi paisaje monócromo, sólo para serme arrebatadas por el indómito vendaval, y volver a quedar en la oscuridad, perdidas mis sutiles trazas de este necesario color.