lunes, marzo 21, 2005

La vuelta a casa

Conseguí permiso en la oficina para ir a recoger a los viejos al aeropuerto en Conce. Aprovechando el impulso, llevaría también el equipaje para el 2005 de Viviana, concentrado en dos maletones. Uno de ellos regresaría vacío. Pensé en salir un poco más tarde, cambié de idea y quise salir temprano, pero al final, salí a Conce ni temprano ni tarde, sino que todo lo contrario.

Me tomó poco más de tres horas llegar a la puerta del departamento de la Vivi, así que puede decirse que fue buen tiempo, gracias a que hice el viaje de un tirón. Menos mal que el auto es bueno, así que no llegué cansado. Para mantener la cordura en el camino, una dieta de cafeína sonora: como primer plato Yngwie Malmsteen y de fondo, Coco Legrand.

Aprovechando el tiempo en Conce almorzamos juntos y después fui a dejar a la facu a la Viviana; regresé después al Barrio Universitario para tratar de ver a mis amigos, que no veía desde mi cumpleaños. Pude saludar a Carlos (que ya había abandonado el look de licántropo por el suyo habitual) y darle su abrazo de cumpleaños a Mauricio, quien parece que aún no se sacudía de encima los efectos de la celebración del día (o noche) anterior.

Tomamos unas bebidas en el Ombligo del Foro de la U, y cuando el tiempo se cumplió, cada uno siguió su camino: Felipe a almorzar al casino, Mauricio a tomar el bus a casa y Carlos a clases. Yo, a caminar por Barros Arana. Así pude entretenerme por más de dos horas, entrando a todas las grandes tiendas (quiero una cámara digital, y aunque ya me he leido todo lo que he encontrado en la red, quiero tomarla en mis manos), parando ante cada artista callejero, riendo un rato con el mimo puntudo y cínico de la esquina de la plaza, mirando todas la tiendas y la gente al pasar a ver si me topaba con algún conocido.

Tuve una triste sorpresa: El Astoria, nuestro proveedor de almuerzo (más de la Vivi que mío), de onces y delicadezas, había cerrado hace ya casi un mes, después de 75 años abierto al público. Y yo que iba a ver que delicatessen podría traerme para acá!

Al llegar de clases Viviana, fuimos a tomar café a nuestra cafetería favorita, con una porción de nuestras galletas predilectas. Predilectas en DiMarco, porque no hay galletas como las que hace Roggendorf. DiMarco es la cafetería y Roggendorf la pastelería, para orientarse. Ahí sopresivamente me saludan dos amigas del DIE que no veía desde que me titulaba el 2004: te vimos por la ventana y pasamos a saludar, me dijeron.

Terminado el cafecito, partimos volando - valga la analogía - al aeropuerto a buscar a los viejos, y con una sincronización casi perfecta: llegamos cuando el avión de los viejos aterrizaba. Tuvimos el tiempo justo de buscar la puerta de llegada y sentarnos, que justo aparecieron los viejos.

Como estaba contento por tener de regreso a los viejos de sus vacaciones, invité a tomar once. Muy conveniente, porque me esperaba un largo camino de regreso a Talca, y con la lluvia en el camino no convenía tener las energías bajas. No tuvimos más inconveniente que mi papá roncando apaciblemente su cansancio del viaje en el asiento trasero casi hasta llegar a casa. Yo, por mi lado, me vine conversando con mi hermosa copiloto todo el camino. Nunca nos falta tema de conversación.

Tras dejar a mi Vivi en su casa, fui a caer a la mía frito como un patacón amazónico, frito pero contento de tener de regreso a los viejos en casa, de haber pasado un buen momento en Conce, y de haber estado contigo, hermosa.