miércoles, marzo 30, 2005

El pasón sabatino

Amanecí con frío el sábado, y desde que abrí los ojos hizo presa en mí una angustia impaciente que me despejó inmediatamente: era el día en que se presentaría el Desenlace, así, con mayúscula. Era el día en que sabríamos que pasaba con el perrito Misu.

Llegamos ligeramente después de mediodía a la clínica mentalmente preprados para una mala noticia. Apenas nos vió, el veterinario nos hizo pasar a verlo: ya estaba bien. Anoche se despertó, tomó, comió, meó y cagó iba relatando el doc mientras le prestábamos la mínima atención necesaria para no parecer descorteses.

Lo encontramos decaído, claro, y bastante tembleque. La debilidad de quién ha visto el túnel seguramente se lo comía, después de estar en coma por dos días, sin comer ni beber, convulsionando. Cruzamos a la Alameda, justo al frente de la clínica, a que el Misu se paseara un poco e hiciera de las suyas con los árboles. No pasó mucho y se cansó: se sentó y el cuerpo se le iba de lado, siguiendo la pendiente del terreno; a causa de la misma pendiente, al caminar se le enredaban las patas de atrás.

Lo subimos a la camioneta, en el maletero, obviamente. Mi papá acompañaba al perro, ambos sentados sobre unas toallas para no ensuciar la moqueta del maletero: el canil en que estaba encerrado el Misu cuando llegamos estaba mugriento, una verdadera letrina. Todo bien, por el camino, hasta que llegamos a casa. Hasta ahí duró la felicidad y las alegres conjeturas de cómo se alegraría el Arrugadito al ver a su hermano Misu.

Me dispuse a bajarlo, para que entrara a la casa. Debe haber estado más débil de lo que imaginaba porque al momento de tomarlo en brazos, se resistió. Lo solté e intenté tomarlo de otra forma, mientras mi papá apuraba como es su desagradable costumbre, exaltándose porque me demoraba en bajar al perro de la camioneta. No deben haber alcanzado a transcurrir 2 minutos completos, y por lo demás no había justificación para un apuro tal: no estaba lloviendo, no nos invadían los turcos, no había terremoto ni tsunami y el almuerzo estaba listo. El único a la espera era el Arrugadito, agazapado tras el portón del patio.

De repente mi viejo se despacha una maravilla como respuesta a mi tranquilo, hombre, que no hay apuro: "¡¿que no ves que está rayando el auto?!". Seguro, rayando el duro plástico del portamaletas. Después, como no había inflado su acostumbrado apuro crónico se tira con el corolario a la maravilla: ¡¡¡no aguanto la incompetencia de ciertas personas!!! (o sea, yo).

Ahí me reventó la madre de todos los enojos. Bájalo tú entonces! le dije, molesto. Nunca había sido calificado de incompetente. Nadie, nunca, y menos por algo tan nimio como el hecho de bajar un perro de un vehículo. Y ¡zás! que mi papá me llama incompetente porque trato de bajar al perro con el mayor cuidado posible en atención a su debilidad, y porque no me desesperé cuando me dijo que rayaba (sacrilegio!) el plasticote del maletero.

Me alejé un poco y ví que mi viejo empezó a los tirones con el perro; como éste le gruñó (a nadie le gustan los tirones) le dio un golpe en el hocico y vamos otra vez con los tirones. Como el Misu seguía resistiendo, mi papá aplicó la técnica "Carabineros de Chile": ¡más fuerza! Lo tomó por el collar y más tirones, más fuertes. El perro continuaba resistiendo (a nadie le gustan los tirones), pero de pronto le cedió el cuerpo y ¡paf! al suelo con él, como un vulgar e insensible saco de papas en venta en el más recóndito mercado chileno.

¿Para eso se apuraba tanto? ¿Para eso me ofende gratis dos veces en 18 horas? ¿Y dónde queda la consideración con la debilidad del Misu, que venía saliendo de un coma de 48 horas? ¿Dónde esta la competencia, si igual quedaron unas discretas rayitas en el plástico, además de dejar desordenada toda moqueta del portaequipajes? ¿Dónde está la competencia si el único que vio cómo se alegraba el Arrugadito fue él? ¿Dónde está la competencia, si por un pasón se echa a perder toda la alegría del día? ¿Dónde está la competencia? ¿Dónde? Si para ser compentente hay que maltratar sin necesidad un perro enfermo, prefiero ser incompetente.