martes, marzo 08, 2005

El hijo adoptado

"Te vienes a almorzar conmigo, te voy a estar esperando en la estación" me dijo Viviana cuando ya se definía el viaje de los viejos en el Skorpios, quedándome solo ese fin de semana. Mientras caminaba para subirme al tren en Rancagua, sonó el celular: era Viviana que me decía que no podría ir a buscarme, que el auto estaba en pana: se le había roto el estanque del refrigerante.

No tenía mayor importancia, puesto que en taxi también puedo llegar a donde quiero ir. Pero como las cosas rara vez resultan como uno quisiera, el tren se atrasó, y yo que estaba invitado a almorzar! Me molestó porque estaba haciendo esperar a Viviana, además tenía mucha hambre: otra vez había alcanzado a llegar con el tiempo justo a tomar el tren, sin alcanzar a echarme nada a la boca.

¿Y por qué tanto atraso? Porque a veces (no hay que olvidar que el jefe estaba de vacaciones) me veía obligado a bajar en micro, que demora más de media hora hacia Rancagua; otras, bajábamos con don Hernán Lillo a las 12. Pero cuando pasa algo, me atraso.

Este viernes en particular pasaron tres cosillas: el jefe (s) desde su oficina en el Área Alta llamó justo antes de salir pidiendo una revisión de una factura; don Hernán acercó a su casa al estudiante en práctica; y sumemos a eso que la plaga de transportes escolares estaba en su apogeo: era justo la hora de salida de la escuela. Así es que recién a la una y diez de la tarde salía disparado a tomar mi tren de la una y veinticinco.

Viviana estuvo esperándome casi hasta las cuatro, aunque sospecho que no tenía tanta hambre como yo: no me cabe duda que a la hora que almorzó su familia ella se sirvió uno que otro bocado. Para fin de día quedó listo el arroz para el sushi del día siguiente.

El sábado llevé el postre y ayudé a preparar las empanadas que Viviana y su mamá iban a servir al almuerzo. Vaya trabajo! Después de almorzar me bajó una modorra pesada como plomo, y tuve que dormir (otra vez la Jesu prestó su cama para tirar mis huesos). Una vez despiertos (sí, con s - caímos fuertemente después del almuerzo, la Vivi y yo), a comprar los ingredientes que faltaban para el sushi.

Esta vez inauguré un nuevo diseño, aunque el arroz se quedó atrás: se secó un poco, de un día para otro. Aún no me queda bien, pero se va acercando. De regreso del supermercado, una escala técnica para dar de comer a los perros, comprobar que todo estuviera bien y a preparar sushi. (Aún no me queda bien del todo, me queda algo gordo - sigue siendo culpa del arroz.)

El domingo, mi deber como invitado con la dueña de casa era colaborar con el almuerzo y así hice: llevé arroz chaufa que me dejó preparado la mamá para que comiera el fin de semana (claro que era harto como para comérmelo yo solito). Y todos contentos, felices y satisfechos, después que alabaron el chaufa de mi mamá.

Así es que resulta que el fin de semana me adoptaron los Santander, con el cariño acostumbrado. Viviana y su familia me acompañaron a tomar el tren, no antes de que su mamá me pusiera en la bolsa unas empanadas para la once (y ricas que estaban!); así me vine para Rancagua, de vuelta a las delicias de la independencia.

(ps.- No debo olvidar contar que me vine algo triste puesto que no podía evitar pensar que ahora se complicará vernos, por circunstancias que tendré que relatar más adelante.)