miércoles, marzo 30, 2005

Sopa de caracol

Jueves, once de la mañana, Subestación Minero. Mi teléfono, normalmente silencioso a toda hora, suena repentinamente. Mi mamá llama. Respondo y como resultado tengo el susto más grande de los últimos tiempos. Llorando, mi mamá me dice tengo una mala noticia que darte. Pensé lo peor: algo grave le habría pasado a mi papá.

Pero no; no era algo tan grave: mi perro, goloso -más por educación que por naturaleza- se había envenenado con veneno de caracoles, el miércoles durante la noche. Vino un veterinario a la casa y lo llevó de urgencia a la clínica, donde en teoría se mejoraría al día siguiente.

Esto no pasó así, y 12 horas después el pronóstico aún seguía reservado. El Misu podía morir. Mi mamá estaba asustada y me llamó para contarme, quizás como una forma de desahogarse (en términos sentimentales mi papá es extremadamente pragmático y tendiente a bajar el perfil de los sentimientos ajenos, lo que lo vuleve un mal confidente sentimental; si uno le dice que tiene miedo que nuestro perro se muera, responderá, con bastante seguridad, algo como "hueás", y a la mierda la pena que uno pueda tener).

Justo viajaba a casa, y debido a un problema que tuve para bajar unos días antes, había arreglado para viajar lo antes posible. Me dejaron bajar después de almuerzo, y nunca antes me había parecido tan lento el tren. Me esperaba mi Vivi; la había llamado pidiéndole que me acompañara a ver al Misu. Fuimos inmediatamente a la clínica del veterinario (que al parecer es gay y amante de uno de los peluqueros maricones más renombrados de Talca) y en unos pocos minutos pasamos a verlo.

Inconsciente, bajo una luz infrarroja para mantenerlo calentito, convulsionando a pesar de estar sedado con una concentracion como para botar a un caballo. El pronóstico, casi 18 horas después de internado, seguía siendo totalmente reservado, en palabras del veterinario. Cuando nos fuimos, el paciente quedó con suero, más sedante (en menor dosis para no matarlo) y bajo una manta eléctrica para mantenerlo caliente.

Venía ya con pena, con el miedo de que el Misu se muriera, y al verlo en tal estado no aguanté mucho rato sin quebrarme, de pena, de miedo y de impotencia. Por suerte tenía a Viviana, que me dio fuerzas y esperanzas, confirmando las mías: el perro es grande, estará viejo pero es sano y representa mucha menos edad de la que tiene, además de ser un tragaldabas que come de todo: tiene la suerte de tener un hígado bien entrenado en filtrar porquerías.

Superstar

Llegó viernes santo; lo peor del día fue la espera solapada y subterránea de no saber que pasaba con el Misu, saber si se habría mejorado o no. Hubo compras que hacer, siesta que dormir y once que tomar.

Después de almuerzo salimos en familia, pasamos a Casa de Santander a recoger a la Vivi. No estaba, así que su papá nos invitó a entrar. Ahora la Marijesu, o Mary Jesus para los amigos, es paciente de mi mamá. ¿Será a causa de esa misteriosa aura que proyecta mi mamá que hace que los niños la adoren y se sientan en confianza frente a su delantal blanco?

Completadas las compras, regresamos a casa. Entre risa y risa (que se acercaban más a la sonrisa, dadas las circunstancias y el estado del Misu) llegó la hora de tomar el té. Ya en la mesa mi mamá avisó que su curso de este fin de semana en Santiago iba de todas maneras. El plan era que nos reuniéramos el viernes en la tarde en la capital para poder pasar un tiempo juntos, visitar a algunos amigos y hacer algunas compras para renovar mi guardarropa, que dadas las circunstancias está algo escaso de ropa práctica para trabajar. Como de vez en vez me toca salir a terreno, no me sirve de mucho un pantalón y una camisa elegante.

En ese momento mi papá se bajó del plan, ya que tiene un misterioso y secreto trámite el 15, también en Santiago. Traté de insistir, de presionar un poco para que viajara con nosotros, pero su enigmático Contacto en Santiago le demandará varios días seguidos en la capital. Y capital dos veces en un mes está por sobre los bajísimos niveles de tolerancia al tumulto que tiene mi padre.

Al insistir por última vez, y ya en son de broma, recibo por toda respuesta un Pobre mi hijo... con tono de tan grande y que no haya aprendido nada de la vida, todavía es tontito. Uf. Primera estocada. Y delante de Viviana. Normalmente ante tales descalificaciones tengo bastante tolerancia, pero me molestó bastante que se deschavetara así por nada, como en otras ocasiones.

Es un rasgo que he visto repetirse varias veces, y cuyo origen desconozco: al verse arrinconado ante su propia negativa a decir alguna cosa, ¡puafff! va y suelta cualquier estupidez hiriente, con tal que lo dejen de incomodar. Y a la mierda su pretendida sutileza y diplomacia. El detalle es que esto se produce con la familia solamente, mientras que para los extraños la diplomacia y sutileza alcanza de sobra. Este episodio tendría su continuación al día siguiente, el sábado.

Terminé el día en casa de Viviana, viendo las modernísimas películas de semana santa, estrenos todas ellas y haciendo planes para el día siguiente. Me invitó a tomar once con ella al día siguiente y a acompañarla a la misa de Vigilia, parece que se llama. Lo más moderno que se transmitió era del año '73, aunque no por ello menos entretenido: Jesus Christ Superstar, con las líricas de Tim Rice y con la música de Andrew Lloyd Weber, los mismos de El Fantasma de la Ópera.

El pasón sabatino

Amanecí con frío el sábado, y desde que abrí los ojos hizo presa en mí una angustia impaciente que me despejó inmediatamente: era el día en que se presentaría el Desenlace, así, con mayúscula. Era el día en que sabríamos que pasaba con el perrito Misu.

Llegamos ligeramente después de mediodía a la clínica mentalmente preprados para una mala noticia. Apenas nos vió, el veterinario nos hizo pasar a verlo: ya estaba bien. Anoche se despertó, tomó, comió, meó y cagó iba relatando el doc mientras le prestábamos la mínima atención necesaria para no parecer descorteses.

Lo encontramos decaído, claro, y bastante tembleque. La debilidad de quién ha visto el túnel seguramente se lo comía, después de estar en coma por dos días, sin comer ni beber, convulsionando. Cruzamos a la Alameda, justo al frente de la clínica, a que el Misu se paseara un poco e hiciera de las suyas con los árboles. No pasó mucho y se cansó: se sentó y el cuerpo se le iba de lado, siguiendo la pendiente del terreno; a causa de la misma pendiente, al caminar se le enredaban las patas de atrás.

Lo subimos a la camioneta, en el maletero, obviamente. Mi papá acompañaba al perro, ambos sentados sobre unas toallas para no ensuciar la moqueta del maletero: el canil en que estaba encerrado el Misu cuando llegamos estaba mugriento, una verdadera letrina. Todo bien, por el camino, hasta que llegamos a casa. Hasta ahí duró la felicidad y las alegres conjeturas de cómo se alegraría el Arrugadito al ver a su hermano Misu.

Me dispuse a bajarlo, para que entrara a la casa. Debe haber estado más débil de lo que imaginaba porque al momento de tomarlo en brazos, se resistió. Lo solté e intenté tomarlo de otra forma, mientras mi papá apuraba como es su desagradable costumbre, exaltándose porque me demoraba en bajar al perro de la camioneta. No deben haber alcanzado a transcurrir 2 minutos completos, y por lo demás no había justificación para un apuro tal: no estaba lloviendo, no nos invadían los turcos, no había terremoto ni tsunami y el almuerzo estaba listo. El único a la espera era el Arrugadito, agazapado tras el portón del patio.

De repente mi viejo se despacha una maravilla como respuesta a mi tranquilo, hombre, que no hay apuro: "¡¿que no ves que está rayando el auto?!". Seguro, rayando el duro plástico del portamaletas. Después, como no había inflado su acostumbrado apuro crónico se tira con el corolario a la maravilla: ¡¡¡no aguanto la incompetencia de ciertas personas!!! (o sea, yo).

Ahí me reventó la madre de todos los enojos. Bájalo tú entonces! le dije, molesto. Nunca había sido calificado de incompetente. Nadie, nunca, y menos por algo tan nimio como el hecho de bajar un perro de un vehículo. Y ¡zás! que mi papá me llama incompetente porque trato de bajar al perro con el mayor cuidado posible en atención a su debilidad, y porque no me desesperé cuando me dijo que rayaba (sacrilegio!) el plasticote del maletero.

Me alejé un poco y ví que mi viejo empezó a los tirones con el perro; como éste le gruñó (a nadie le gustan los tirones) le dio un golpe en el hocico y vamos otra vez con los tirones. Como el Misu seguía resistiendo, mi papá aplicó la técnica "Carabineros de Chile": ¡más fuerza! Lo tomó por el collar y más tirones, más fuertes. El perro continuaba resistiendo (a nadie le gustan los tirones), pero de pronto le cedió el cuerpo y ¡paf! al suelo con él, como un vulgar e insensible saco de papas en venta en el más recóndito mercado chileno.

¿Para eso se apuraba tanto? ¿Para eso me ofende gratis dos veces en 18 horas? ¿Y dónde queda la consideración con la debilidad del Misu, que venía saliendo de un coma de 48 horas? ¿Dónde esta la competencia, si igual quedaron unas discretas rayitas en el plástico, además de dejar desordenada toda moqueta del portaequipajes? ¿Dónde está la competencia si el único que vio cómo se alegraba el Arrugadito fue él? ¿Dónde está la competencia, si por un pasón se echa a perder toda la alegría del día? ¿Dónde está la competencia? ¿Dónde? Si para ser compentente hay que maltratar sin necesidad un perro enfermo, prefiero ser incompetente.

martes, marzo 22, 2005

Alturas

Es la segunda semana que vengo a trabajar al Área Alta de El Teniente. Trabajo en la Subestación Minero, que creo debe ser una de las más modernas de Chile, y que conocía de cuando hice la práctica el 2003, cuando la subestación estaba por entrar en servicio.

¿Cómo llegué acá? Pues el volumen de trabajo en Coya había disminuido rápidamente, y por lo mismo, mi jefe decidió que la capacidad sobrante fuera empleada en favor de la Superintendencia, apoyando a otras unidades. Mi compañera de trabajo daría apoyo al Área de Protecciones y yo, un nivel más arriba, en UDyP, la Unidad de Distribución y Protecciones Eléctricas.

Así pues, acá estoy, adaptándome al cambio que significa estar aquí arriba. Es más estimulante porque hay más trabajo; el inconveniente es que he perdido el privilegio de salir temprano los días viernes. La ventaja es que ya no me tengo que levantar tan temprano, y creo que incluso las 5:50 es una hora adecuada para entrar a la ducha.

Ahora saldré temprano un único viernes al mes, en principio. Es que en el Área Alta se trabajan turnos de 9 horas, y como esto está más lejos y más arriba que Coya, el viaje dura casi una hora. Hace justo una semana me percaté de que habían pasado once horas justas desde que me subí hasta que me bajé - al regreso - del bus.

No me parece una pérdida irreparable lo de los viernes, pues le saqué el jugo durante el verano, aprovechando de ver a mi Vivi en sus vacaciones. Ahora que ella ya no estará en Talca todos los viernes, llegar temprano significaría para mí la ineludible posibilidad de aburrirme como ostra hasta que los viejos regresen del trabajo.

No me desprendo por completo de Coya, ya que seguiré yendo los lunes cada semana, y un viernes al mes, los dos primeros y los dos últimos días de cada mes sin excepción, y por supuesto debo estar disponible en caso de que se me necesite.

El paisaje aquí arriba es distinto al del valle, obviamente: una ausencia casi total de vegetación que ni te imaginas. Sin embargo este paisaje casi lunar tiene su encanto: en los montes se pueden ver las vetas milenarias de las diferentes eras geológicas, marcadas como líneas de distintos tonos de ocre. Y en unos meses más llegará la nieve, que reformará el paisaje por un tiempo, añadiéndole un encanto navideño.

lunes, marzo 21, 2005

La vuelta a casa

Conseguí permiso en la oficina para ir a recoger a los viejos al aeropuerto en Conce. Aprovechando el impulso, llevaría también el equipaje para el 2005 de Viviana, concentrado en dos maletones. Uno de ellos regresaría vacío. Pensé en salir un poco más tarde, cambié de idea y quise salir temprano, pero al final, salí a Conce ni temprano ni tarde, sino que todo lo contrario.

Me tomó poco más de tres horas llegar a la puerta del departamento de la Vivi, así que puede decirse que fue buen tiempo, gracias a que hice el viaje de un tirón. Menos mal que el auto es bueno, así que no llegué cansado. Para mantener la cordura en el camino, una dieta de cafeína sonora: como primer plato Yngwie Malmsteen y de fondo, Coco Legrand.

Aprovechando el tiempo en Conce almorzamos juntos y después fui a dejar a la facu a la Viviana; regresé después al Barrio Universitario para tratar de ver a mis amigos, que no veía desde mi cumpleaños. Pude saludar a Carlos (que ya había abandonado el look de licántropo por el suyo habitual) y darle su abrazo de cumpleaños a Mauricio, quien parece que aún no se sacudía de encima los efectos de la celebración del día (o noche) anterior.

Tomamos unas bebidas en el Ombligo del Foro de la U, y cuando el tiempo se cumplió, cada uno siguió su camino: Felipe a almorzar al casino, Mauricio a tomar el bus a casa y Carlos a clases. Yo, a caminar por Barros Arana. Así pude entretenerme por más de dos horas, entrando a todas las grandes tiendas (quiero una cámara digital, y aunque ya me he leido todo lo que he encontrado en la red, quiero tomarla en mis manos), parando ante cada artista callejero, riendo un rato con el mimo puntudo y cínico de la esquina de la plaza, mirando todas la tiendas y la gente al pasar a ver si me topaba con algún conocido.

Tuve una triste sorpresa: El Astoria, nuestro proveedor de almuerzo (más de la Vivi que mío), de onces y delicadezas, había cerrado hace ya casi un mes, después de 75 años abierto al público. Y yo que iba a ver que delicatessen podría traerme para acá!

Al llegar de clases Viviana, fuimos a tomar café a nuestra cafetería favorita, con una porción de nuestras galletas predilectas. Predilectas en DiMarco, porque no hay galletas como las que hace Roggendorf. DiMarco es la cafetería y Roggendorf la pastelería, para orientarse. Ahí sopresivamente me saludan dos amigas del DIE que no veía desde que me titulaba el 2004: te vimos por la ventana y pasamos a saludar, me dijeron.

Terminado el cafecito, partimos volando - valga la analogía - al aeropuerto a buscar a los viejos, y con una sincronización casi perfecta: llegamos cuando el avión de los viejos aterrizaba. Tuvimos el tiempo justo de buscar la puerta de llegada y sentarnos, que justo aparecieron los viejos.

Como estaba contento por tener de regreso a los viejos de sus vacaciones, invité a tomar once. Muy conveniente, porque me esperaba un largo camino de regreso a Talca, y con la lluvia en el camino no convenía tener las energías bajas. No tuvimos más inconveniente que mi papá roncando apaciblemente su cansancio del viaje en el asiento trasero casi hasta llegar a casa. Yo, por mi lado, me vine conversando con mi hermosa copiloto todo el camino. Nunca nos falta tema de conversación.

Tras dejar a mi Vivi en su casa, fui a caer a la mía frito como un patacón amazónico, frito pero contento de tener de regreso a los viejos en casa, de haber pasado un buen momento en Conce, y de haber estado contigo, hermosa.

martes, marzo 08, 2005

El hijo adoptado

"Te vienes a almorzar conmigo, te voy a estar esperando en la estación" me dijo Viviana cuando ya se definía el viaje de los viejos en el Skorpios, quedándome solo ese fin de semana. Mientras caminaba para subirme al tren en Rancagua, sonó el celular: era Viviana que me decía que no podría ir a buscarme, que el auto estaba en pana: se le había roto el estanque del refrigerante.

No tenía mayor importancia, puesto que en taxi también puedo llegar a donde quiero ir. Pero como las cosas rara vez resultan como uno quisiera, el tren se atrasó, y yo que estaba invitado a almorzar! Me molestó porque estaba haciendo esperar a Viviana, además tenía mucha hambre: otra vez había alcanzado a llegar con el tiempo justo a tomar el tren, sin alcanzar a echarme nada a la boca.

¿Y por qué tanto atraso? Porque a veces (no hay que olvidar que el jefe estaba de vacaciones) me veía obligado a bajar en micro, que demora más de media hora hacia Rancagua; otras, bajábamos con don Hernán Lillo a las 12. Pero cuando pasa algo, me atraso.

Este viernes en particular pasaron tres cosillas: el jefe (s) desde su oficina en el Área Alta llamó justo antes de salir pidiendo una revisión de una factura; don Hernán acercó a su casa al estudiante en práctica; y sumemos a eso que la plaga de transportes escolares estaba en su apogeo: era justo la hora de salida de la escuela. Así es que recién a la una y diez de la tarde salía disparado a tomar mi tren de la una y veinticinco.

Viviana estuvo esperándome casi hasta las cuatro, aunque sospecho que no tenía tanta hambre como yo: no me cabe duda que a la hora que almorzó su familia ella se sirvió uno que otro bocado. Para fin de día quedó listo el arroz para el sushi del día siguiente.

El sábado llevé el postre y ayudé a preparar las empanadas que Viviana y su mamá iban a servir al almuerzo. Vaya trabajo! Después de almorzar me bajó una modorra pesada como plomo, y tuve que dormir (otra vez la Jesu prestó su cama para tirar mis huesos). Una vez despiertos (sí, con s - caímos fuertemente después del almuerzo, la Vivi y yo), a comprar los ingredientes que faltaban para el sushi.

Esta vez inauguré un nuevo diseño, aunque el arroz se quedó atrás: se secó un poco, de un día para otro. Aún no me queda bien, pero se va acercando. De regreso del supermercado, una escala técnica para dar de comer a los perros, comprobar que todo estuviera bien y a preparar sushi. (Aún no me queda bien del todo, me queda algo gordo - sigue siendo culpa del arroz.)

El domingo, mi deber como invitado con la dueña de casa era colaborar con el almuerzo y así hice: llevé arroz chaufa que me dejó preparado la mamá para que comiera el fin de semana (claro que era harto como para comérmelo yo solito). Y todos contentos, felices y satisfechos, después que alabaron el chaufa de mi mamá.

Así es que resulta que el fin de semana me adoptaron los Santander, con el cariño acostumbrado. Viviana y su familia me acompañaron a tomar el tren, no antes de que su mamá me pusiera en la bolsa unas empanadas para la once (y ricas que estaban!); así me vine para Rancagua, de vuelta a las delicias de la independencia.

(ps.- No debo olvidar contar que me vine algo triste puesto que no podía evitar pensar que ahora se complicará vernos, por circunstancias que tendré que relatar más adelante.)

viernes, marzo 04, 2005

En viaje

"No se viaja para ir a alguna parte, sino para ir."
Robert Louis Stevenson
Finalmente convencí a los viejos a que tomaran sus necesarias y largamente esperadas vacaciones. Hoy parten a un crucero por los fiordos del sur y los glaciares de la Laguna San Rafael. Costó mucho convencer a mi papá de salir al crucero, un trabajo de meses, un trabajo de estar atento a todas sus críticas para rebatirlas con argumentos. Y es que no hay nadie mejor cuando se trata de buscarle la sexta-séptima pata al gato que mi papá.

Uno de los argumentos fue "es que queremos salir contigo". Claro, comprensible, puesto que no salimos de vacaciones desde 2002. Imposible también, ya que yo tengo que trabajar, y considero que recién podré tomarme vacaciones largas (10 días por lo menos) el 2006... si es que. El periodo ideal para tomar vacaciones familiares fue después de sacar mi título, pero ese momento ideal se desperdició sin remedio. Pienso en ello y aún me quemo, menos que antes, pero me quemo. Me tuesto, podría decirse.

Lo importante es que los viejos van a empezar sus vacaciones, que harto las necesitaban. Sobre todo porque la falta de vacaciones se nota bastante: mi mamá más cansada de lo usual, y se ha vuelto usual que mi papá se quede dormido con la tele encendida (más que nada porque no sabe ponerle sleep). Se ha vuelto usual que se siente a ver tele y se duerma rápidamente, ya no importa lo que estén dando: noticias, fútbol, Discovery Channel, el canal del Senado o de la Cámara de Diputados, Deutsche Welle o el canal Gourmet. Hay uno que otro intervalo despierto, pero son los menos.

Hoy parten, y regresan el proximo viernes; yo los iré a buscar a Conce, y regresaré no con dos, sino con tres pasajeros: me regreso con Viviana también! que parte la próxima semana a retomar las clases en la universidad (y a resolver el tema aún no solucionado del cambio de departamento por la llegada de alguien más - eso da para algo más extenso, más adelante).

El reemplazante de verano

"No hacer absolutamente nada es la cosa más difícil e intelectual del mundo."
Oscar Wilde
El mes de Enero fue algo movido, pues algunas cosas quedaban en el tintero, estaba el jefe que orientaba el camino a seguir, había que mantener ocupada a nuestra estudiante en práctica, hubo alguna que otra novedad en el suministro. Pero febrero! Un vaso de aceite. El jefe subrogante que tenemos viene un rato un par de veces por semana, y es de aquellos que piensa mil veces antes de tomar una decisión, por lo que cuesta definir rápidamente cualquier cosa que se presente. De hecho, ya le encontró una objeción a mi forma calcular el consumo de energía, ya que para él, TODAS las facturas de energía, sin excepción, se basan en la lectura anterior y la lectura actual.

Este método no es exacto, pues los intervalos de lectura no son regulares, ergo, no son exactos. Además es más engorroso: tendría que ir de medidor en medidor (que no es tanto, son tres ubicaciones, unas más cercanas que otras) acompañado por alguien de Pacific Hydro, y hacer juntos la lectura. Según el jefe (s) no importa lo irregular de los periodos porque mes a mes se va compensando el exceso de uno con la carencia del otro.

En opinión del jefe, del jefe de Pacific, y mía, la forma en que yo calculo el consumo es más exacta, ya que permite saber si hubo interrupciones del suministro, elaborar graficos detallados de potencias y energías (que permiten analizar de un vistazo el comportamiento del consumo durante el mes) y lo más importante, el consumo corresponde EXACTAMENTE con el mes correspondiente, ni un instante más, ni un instante menos.

Según el jefe (s) el trabajo que hago debería servir sólo como respaldo a las dichosas lecturas (cuando yo creo que debería ser al revés); dice que las lecturas de dos de los alimentadores no son muy fidedignas, porque los T/P de medida asociados están demasiado sobredimensionados. Esto me parece una preocupación fuera de lugar: no se puede hacer nada al respecto y sólo queda tomar esas medidas con la correspondiente reserva. (Además no creo que sea tanto o tan significativo el error que menciona, es una exagerada impresión, fruto de su forma de ser.)

Desde otro punto de vista, si la lectura se hacía según el método lectura actual - lectura anterior = consumo del mes puede ser porque antes los medidores no permitían la interrogación remota, así era menester tomar la lectura físicamente mientras que hoy se permite una lectura mucho más ceñida al periodo que corresponde facturar, previo un pequeño calculillo, y en forma remota además.

Al margen de esto, me he aburrido mucho en febrero (los instantes en la oficina, se entiende); lo que he estado haciendo acá, lo mismo podría haberlo hecho abajo, sin necesidad de madrugar ni llegar aún de noche a trabajar. Creo que eventualmente tendremos que trasladarnos ya sea a Rancagua o al Área Alta, porque al estar en Coya no le va quedando mucha razón de ser. He llegado a esperar la hora de salida para bajar a Rancagua a hacer algo más productivo que hacer casi nada en la oficina.

Entiendo que el jefe le pidió al jefe (s) que me encontrara alguna cosa que hacer en el Área Alta, de eso meses, y hasta el momento nada. Es que le cuesta tanto tomar decisiones... me dijo Patty, que lo conoce hace muchísimo más tiempo que yo. Y es cierto: una vez le mandé un correo consultándole algo, y como no respondió nunca (a pesar que lo leyó al poco rato de enviado), busqué respuesta por otro lado. La respuesta llegó cuando ya no servía de nada (unas dos semanas, creo) y me derivaba a otra persona!

Quedé encargado de cotizar un equipo, emblemático, asesorándome con el jefe (s). Busqué información por algunos lados, y cuando le hice la consulta (en base a los equipos que había investigado) abruptamente me aplicó un freno: que podíamos leer los datos que queremos con algunos equipos existentes, de X parte de la División. ¿Cuáles son? pregunté; Habla con N, me respondió. Y ahí no más quedé, porque N está cotizando equipos nuevos para compra que en todo caso son demasiado para lo que necesitamos, y en caso de que tuviera organizada una visita quedó de llamarme. Así que en este campo, gracias a mi jefe (s), no ha habido avances. No importa, yo sé que las nubes duran un momento y que el sol es para todos los días.

Largo fin de semana

Vuelan mariposas, cantan grillos,
la piel se me pone negra
y el sol brilla, brilla y brilla,
y en las tardes cuando vuelvo
en el cielo apareciendo
una estrella.
Víctor Jara
Tenía unos días de vacaciones que podía disponer, así que me los tomé. Con ello lograba un fin de semana de 6 días. Es una delicia poder ver a Viviana bien seguido, cada fin de semana; no es tan seguido como me gustaría, pero como dicen ahora, es lo que hay, no más. Por ende, aproveché al máximo este remanso de paz e hicimos muchas cosas. Salimos con los viejos y con un amigo del colegio de mi papá, que siempre lo busca cuando viene a Chile (ahora vive en EEUU). Fuimos a la piscina dos veces. Almorcé en su casa una vez, fuimos al cine, vimos películas por un lado y por otro. Una delicia!

El lunes que daba comienzo al fin de semana laaaaaaaargo vine desde Talca en la camioneta; Viviana se ofreció a acompañarme, así que a las 4:30 de la madrugada la pasé a buscar. Así pudo conocer en persona (los conocía por foto) a don Hernán y la Patty, al Emilio (y comprobar la labia incesante de éste - un tema que da para otra nota), y visitar el campamento, ver por dónde pasaba mis días cuando hice mi tesis. Lo único que no pudo conocer por dentro fue la habítación que ocupé en la casa 14.

El tiempo se hizo corto, pero alcanzó para que Viviana dejara rastros de su paso: en la pizarra dejó grabados unos discretos mensajes, tanto, que me demoré algunos días en percatarme (valga como descargo que mi pizarra está muy atiborrada con unos antiguos cálculos que, dicho sea de paso, deberé en algún momento copiar). Fue una linda sorpresa revisar la pizarra y sin querer encontrarme con estos pequeños regalos, sopresa que me dejó sonriendo ampliamente de lado a lado.

Me traje el regalo de cumpleaños que me hizo (mi palmerita de interiores), y de bajada pasamos al depa: Vivi a dormir un rato y yo a ordenar porque tenía bastante revuelta la casa; en las prisas del viernes anterior, no alcancé a hacer nada: tenía quince minutos para ir a tomar el tren.

Después a comprar algunas cosillas para los viejos (té verde para la mamá y galletas italianas para el papá) y para la Jesu (unos huevitos Kinder), y a regresar. Tomamos un tentempié durante el camino, para no desfallecer. No recuerdo haber estado tan cansado en mucho tiempo! Me derrumbé en cama, literalmente, esa noche. Más aún considerando que empezaba mi resfriado.

Fea cosa, empezar las vacaciones enfermo (con fiebre y todo!). El martes era para ir a la piscina, pero no pude. Me sentía molido, con un poco de fiebre; así que cambiamos la piscina por una tarde de cine en casa, regada con abundante líquido y salpicada de uno que otro escalofrío, después de dormir una pesada siesta en cama de la Jesu - que era la más fresca a esa hora en toda la casa. Al día siguiente sí, yo era otro. Me sentía millones de años luz mejor y con infinita energía, que gasté con generosidad en la piscina. Hasta pude reemplazar mi clásico bronceado de fluorescente por el más saludable de la piscina.

Lo pasamos de maravilla, así que dos días después regresamos con la mascota: la Maria Jesús, Jesu, Mary Jesus o Radio Famosa, la hermana menor de Viviana, que cuando mencioné que podríamos ir a la piscina y que podríamos llevarla dijo sí! sí! con una sonrisa interminable. Nos divertimos de lo lindo, a pesar de que la Jesu aún no cumple 12, y que yo podría ser su padre (hablando melodramáticamente, claro). Además porque es la hermana que mejor se lleva con Viviana, y que mejor relación tiene conmigo, porque a mi no me da mayor vergüenza jugar con ella, hacerle gracias o bromas, o tal vez ayudarla con la tarea cuando lo necesita, supongo.

Esos días pude descansar harto, tanto por disfrutar de la compañía de mi Vivi, como por poderme acostar un poco más tarde de lo usual a dormir (pasada la medianoche), y de despertarme unas tres cuatro horas después de lo normal (es decir, 8-9 de la mañana). Siempre recarga mis baterías el estar con la Viviana, sobre todo cuando el tiempo es tiempo de calidad, donde hacemos muchas cosas juntos, conversamos largo y tendido, y nos acompañamos en cuanta cosa cotidiana tenemos que hacer.

Así que regresé al trabajo con la aguja de energía apuntando al color verde, un poco más tostado en las partes usualmente blancas, como la marca del reloj, y contento de llegar a un departamento ordenado que se corresponde más con mi forma de ser, que el departamento que encontré el lunes.

Hoy regreso a Talca, y por primera vez me estará esperando Viviana, por lo que a una hora de salir y poco más de dos de viajar, y casi cuatro de verla, la impaciencia hace presa en mí y quisiera abordar ya el mitológico Tren Instantáneo de Parra.

La locomotora del tren instantáneo
está en el lugar de destino (Pto. Montt)
y el último carro
en el punto de partida (Stgo.)
La ventaja que presenta este tipo de tren
consiste en que el viajero llega
instantáneamente a Puerto Montt en el
momento mismo de abordar el último carro
en Santiago.
Nicanor Parra

La silla de ruedas

"Un paisaje se conquista con las suelas de los zapatos, no con las ruedas del automóvil."
William Faulkner
He estado tentado, muy tentando, soñando casi, con un auto, contra toda razón. Claro, un auto más que un vehículo, es un símbolo de status e independencia. Status pues el auto hay que mantenerlo, y quien tiene un auto puede decir que es medianamente exitoso; independencia porque permite ir a lugares a los que el transporte público no llega, y en horas antojadizas, en que el transporte no pasa, o cuando no pasa, o cuando hace frío, o calor, o llueve y no me quiero mojar.

Me he dado cuenta tristemente que recién hoy estoy en condiciones de poderme comprar un auto. Auto como un eufemismo, se entiende. Quizás un Mini de unos veinticinco años de antiguedad, quizas un antiguo Fiat 600, ambos más dignos de gitano que de ingeniero. Y eso que hablo de autos usados. En mi situación soy buen sujeto de crédito, y podría comprar un auto cero kilómetros, pero no me alcanza para dar un pie. Es decir, me alcanza para el pie, pero después del pie no me alcanza para vivir... y la cuota me dejaría en bancarrota todos los meses. Trabajaría sólo para auto y departamento, y dudo que me quedase dinero para combustible.

Así, con el sueldo que tengo y los gastos imprescindibles en los que me veo obligado a caer cada mes, hipotéticamente me podría dar el lujo; pero el lujo sería un autito, un MicroMachine, un supositorio de camión. Como yo soy grande, me acomoda más un auto de tamaño mediano a grande, y no uno de pequeño a chico. Lamentablemente con lo que gano a lo más puedo pagarme uno de los segundos, y uno de los que a mí me gustan están inalcanzables, por el momento, espero.

Por otro lado, aún no soy dueño de nada (de nada que pueda servirme para hipotecar, por ejemplo) y lo prioritario es comprar un depa o un terreno - un bien raíz. El auto no lo usaría mucho, de tenerlo; principalmente me movilizo en los buses de la empresa, tengo supermercado a tres cuadras, colectivo a una, mall a una, centro a una, lavandería cruzando la calle, etc. Y me parece poco sabio pagar (mucho, por largo tiempo) por algo que usaría relativamente poco. Además, no nos echemos tierra a los ojos, dijo Nicanor Parra, el automóvil es una silla de ruedas.