jueves, diciembre 09, 2004

Uno tras otro

¡Qué difícil es llegar a fin de año! A estas alturas todo se vuelve cuesta arriba, incluso cuando debiera ser todo lo contrario. El sueño, más que ser un instrumento del descanso, es un vehículo de escape. Durmiendo nos evadimos de las presiones inexorables e inmediatas, nos borramos por unas horitas (si se puede) de un mundo que de pronto se ha vuelto agreste y retiene a sus presas con ásperas garras de nervios y metas por lograr, con peso abrutado de libros gruesos y hojas escritas, de fotocopias sin número.

Cuando el descanso es esquivo, una pausa en el camino (como en los comerciales de nescafé) es lo que más desea el alma. Una pausa que dure hasta marzo, de ser posible. Los días se funden y mañana se vuelve Viernes, no Jueves. Estar despierto es en sí una meta, no una condición natural de funcionamiento, y el sueño se cuelga de la espalda como una mochila pesada, o como una monstruosa gárgola, una bizarra amalgama de Sarita Vázquez, don Francisco, Vodanovic y Maluenda. La cama se transforma en un imán gigante y nuestros huesos en metal... quedamos pegados con una facilidad inaudita en días de marzo o abril.

Por eso cuando me cuentas que tienes que rendir dos veces en un día, y mañana de nuevo, y cumplir con tu propia exigencia, entiendo tu angustia, que no es diferente a las que pasé en la universidad; llega un momento en que a pesar de la angustia, y de que debiéramos morir agachados sobre los libros, la sola perspectiva de tocar un sólo papel más es sinónimo de hastío, de náusea, de molestia porque las ganas de que todo termine de una vez se quedan en las ganas y nada más. Porque, como alguna vez dije en un momento de inspiración (inspirado por el hastío o la impaciencia), el tiempo no transcurre, sino que se arrastra. Una suerte de Trilce del estudiante.

El tiempo, ese gran bribón, que en la física es una constante, en la vida es constante sólo porque existe siempre, una constante de transcurrir inconstante. Así como cuando te esperaba en los primeros días de octubre, cuando venías a verme después del congreso en Antofagasta, el tiempo era lento, y a ratos se detenía incluso, como el péndulo del reloj de pared en una de las primeras escenas de El Exorcista, de Friedkin; para que el tiempo avanzara tenía que empujarlo incluso, trabajando para pasar el tiempo. Después, cuando estuviste acá el tiempo volaba, se me escurría como arena entre los dedos, y el momento de tu partida me sorprendió sin estar preparado.

En estos días, de exámenes sobre exámenes, el tiempo, más por repetición y hastío que por otra cosa, se arrastra como colosal caracol y hasta se detiene, a ratos. Pero ¡sorpresa! cuando duermes el tiempo vuela furtivamente hasta que abres los ojos, retomando su habitual arrastrar como si nada hubiera pasado. Es cuando el tiempo que se detiene que en realidad vuela, y es entonces cuando hay que empujarlo, como una paradoja. Empujarlo para que no vuele.

¿Y cómo empujar algo que es inasible? Trabajando, en mi caso, o estudiando, en el tuyo. ¿Pero cómo se estudia cuando se está hastiado, y el futuro se ve gris titanio? Así como tú lo estás haciendo: en forma kamikaze. O como se dice vox populi, echándole pa'delante. Empuja el tiempo, que nada satisfactorio se logra sin esfuerzo. El desgano, el aburrimiento, el cansancio y el tedio, la desesperanza de ver que llega la hora H y no se alcanza a estudiar todo lo que hace falta; todo ello considéralo parte del camino.

Cuando sé que estás así de cansada como en estos días, que sientes que se te cae encima el peso de los días que se vienen pero que parecen nunca llegar, en que ya el cansancio por trabajar duro para llegar con buenas notas a fin de año juega en contra de los resultados esperados, quisiera poder sacarte de encima ese morral pesado para darte nuevas energías y ayudarte a cargarlo por tu Vía Crucis pavimentado de fármacos, microbios, camillas, diagnósticos diferenciados, historias clínicas, exámenes médicos, y uno que otro pinchazo en el poto de algún paciente indefenso.