miércoles, noviembre 10, 2004

Un viaje a Mongolia

Como todos los días que voy al gimnasio, dejé preparada mi mochila del día antes; las toallas, la ropa, la botella, las zapatillas. Cuando empecé calculaba el tiempo y regresaba al depa a ducharme, así que iba y regresaba con la misma ropa. En pro del ahorro, y dado que no tengo mayor apuro en volver a casa, empecé a ducharme en el gimnasio. No corro peligro: las duchas son individuales, y el jabón líquido no puede caerse.

Ayer al regresar del trabajo, aprovechando que era temprano y para regresar temprano a casa, tomé mi mochila, que estaba lista, y partí. Una vez en los camarines, abro la mochila y ¡¿Los calzoncillos?! ¡¿Los soquetes?! faltaban. ¿No había dejado lista la mochila? me preguntaba, confundido. Dejé encerrado el equipo en el casillero y partí soplado a casa a traer lo que faltaba. Llegué bien, pero a poco andar me doy cuenta que no me alcanza la plata (¡por la mismísima!) para regresar: la tarjeta y el monedero quedaron en el casillero, con el resto de las cosas.

¿Qué hago? me preguntaba. ¿A quién le puedo pedir? Pasé a la lavandería del frente, poniendo la cara más compungida, a conversar con la dueña (doña Blanquita) que ya me conoce; me he convertido en cliente. Así que me hice con una deuda de cien pesos... miserables cien pesos, pero por 200 no me llevaba ningún colectivo. Entré como un ciclón al depa, recogí lo que me faltaba, y transformado en huracán partí a tomar colectivo.

Por ley de Murphy, el colectivo iba de luz roja en luz roja, hizo un desvío por una calle más lenta para dejar a un pasajero a ¡una cuadra! de la calle principal, y al quedar yo como único pasajero, al conductor le dio el ataque clásico del chofer de colectivo: se detenía ante personas que no habían hecho señas para detenerlo, tocaba la bocina a peatones indiferentes, en fin, desesperado por tomar pasajeros. El viaje que no debía durar más de 20 minutos, se transformó en uno de 40.

Ahora viene lo bueno: de vuelta al camarin, saco la ropa de la mochila, y entre la polera y los pantalones cortos ¿que había? Los calcetines. No importa -pensé- igual no más me faltaban los calzoncillos. Fui, hice mi rutina, sudé, me cansé, elongué, bajé a ducharme y de regreso, hurgando en la mochila no sé para qué, descubro con asombro un par de calzoncillos bien escondidos en uno de los bolsillos de afuera...

Esto pudo ser lo mismo que un viaje a Galicia.