miércoles, noviembre 24, 2004

Chéz Carlitos

Acabo de regresar de almorzar del Casino Coya. No deja de ser una sorpresa almorzar ahí, porque el chef de la maison et mâitre de la cuisine es don Carlitos, que ya está pasado por el inventario de El Teniente. No tiene muy buena fama entre los trabajadores, a pesar de todo el tiempo que se lleva cocinando ahí; las concesiones pasan, Carlitos queda.

- Es chamullento, el Carlitos, dice don Juan Marín, nuestro analista. Chamullea mucho, el Carlitos. Una vez se le pasó la mano con la sal en la comida, y para arreglarlo le echó ¡azúcar! me contaba don Juan. Después los viejos lo querían matar, si ninguno pudo comer. Otra vez la sopa le quedó muy simple, y para espesarla le ralló pancito; yo por eso mejor me traigo mi choquita de la casa, termina.

- Es un cochino de mierda, me decía don Ricardo Fuentes, jefe de mantención mecánica ya retirado, mientras yo hacía mi memoria aquí. ¿Te hai fija'o que cuando sirve la sopa chorrea toda la taza? Y no contento con eso, en vez de limpiarla con un paño o con una toalla nova, le pasa la mano con el guante. Me consta que así lo hace. ¿Por qué no podrá servír sin chorrear? ¿Qué le costará? se preguntaba amargamente don Ricardo. Además el Carlitos cocina mal; entiendo que esté limitado en los ingredientes, ¡pero no tiene por qué quedarle mala la comida! rabiaba don Richard. Si se es buen cocinero la comida queda rica igual, concluía antes de terminar con la frase para el bronce: Yo por eso prefiero traer comida de la casa o cocinarme algo yo mismo: ¿cuánto me demoro?

El Emilio, nuestro conserje (también parte del inventario) siempre dice al regresar de comer estaba rica la comida, y normalmente recomienda un plato (el que él se sirvió). El problema es que como parámetro Emilio no es buen punto de referencia, porque encuentra buena toda la comida de Carlitos. Un día al cruzarnos le preguntamos qué tal estaba la comida, y la respuesta fue un inusual más o menos, no más, que nos produjo una crispación estomacal colectiva, y una preocupación acerca del futuro inmediato que se palpaba en el aire: las conversaciones cesaron hasta que nos sentamos frente a nuestras respectivas bandejas.

Cuando cambió la concesión del casino (entra: Sodexho; sale: Central de Restaurantes) los que estábamos aquí pensamos "mejorará la comida"; para nuestro lamento grupal, Carlitos fue ratificado en su puesto por Sodexho. Rayos. Con la llegada del nuevo concesionario cambiaron los asientos, que ya estaban bastante a mal traer, cambió el servicio y trajeron nuevas bandejas; las servilletas ahora tienen el logo de Sodexho, y el servicio viene individualizado, cerrado en bolsitas: punto para la higiene.

Las nuevas bandejas perdieron el adjetivo en una semana: al segundo o tercer día pude ver a Carlitos con un cuchillo el tonto de grande (como he oído a varios viejos por acá decir) picando repollo en una de las bandejas ex-nuevas. Sodexho había olvidado comprar tablas para picar, y aún no recuerda (no quiere): es difícil encontrar una tabla, perdón, bandeja, sin las profundas marcas del machete de Carlitos cruzándola de lado a lado. Y vaya que es desagradable almorzar en una bandeja desfigurada. Aún no encuentro (y me pregunto cuando encontraré) un pedazo de bandeja en mi ensalada.

Voy a coincidir con mis compañeros de trabajo en las apreciaciones respecto de don Carlitos, y además añado que es bastante poco ortodoxo en sus recetas y sus técnicas gastronómicas; con el tiempo he empezado a reconocer los nombres de los platos y a no dejarme guiar por el más apetitoso: una imagen vale más que mil palabras. Aprendí que los nombres de los platos, más que reflejar la realidad, son nombres de fantasía.

A veces sale un arroz marinero, que con vienesa y algún otro tipo de cecina cambia a napolitano. Una vez hubo cerdo al romero, pero en realidad era al orégano y nada más. Otra vez había sierra con no se qué: era una triste merluza maricuza con no se qué cosa. Otras veces hay unos pollos al horno más desabridos y mustios que un papel mojado, unos strogonoff en una salsa entre rojo y café, semitranslúcida con unas partículas oscuras en suspensión (¿los taninos del vino?) acompañado de un arroz blanco a medio cocer. Otra vez tenía unos fettucinne à la Alfredo (¡A la Carlitos, será! le espetó un sonriente don Ricardo esa vez), con una salsa blanca sin jamón, con pecas: abundante orégano.

Hoy había Chap Sui (Chop Suey, comou dicen lous gringous) de pavo (shaczui de pao, en palabras del chef), unos cubos de pavo en una salsa cafecita, con zanahoria, coliflor y algo verde, que de seguro no era brócoli y todo esto acompañado de papitas doradas al horno: no me atreví a probarlo. Como opción, lomo al jugo con espirales con orégano (carne cocida al jugo pasada por el horno con fideos hervidos) que no sé como se les pasó no ponerle filete de cordero cocido en vino blanco acompañado de pasta a la menta (como son tan aficionados a la cocina-ficción...) y fettucinne con salsa "como italiana" (una variación, o una deconstrucción, del strogonoff de la casa). Y todas las combinaciones posibles: carne con cualquiera de los dos tipos de fideos o con papas o con nada (la ensalada la pone uno después), el shaczui con papas o con fideos, la "como italiana" con las papas o con cualquiera de los tipos de fideos.

O uno puede elegir para almorzar el hipocalórico, más sanito, aunque no sé que tan hipo sea. Puede que al comerlo dé hipo: lo conservan en el refrigerador, y al comerlo se puede sentir crujir las verduras (¿o serán las amalgamas?) por lo frías que están. A veces se lucen con el hipocalórico, con palta, huevo, quesillo, atún, ciboulette, o le ponen un omelette avec champignons, y otras veces es sólo un mix de las ensaladas del día con un adelanto de alguna de las ensaladas de mañana. Sobre todo cuando el hipo trae tomate relleno: 70% tomate, 15% relleno y excipientes c.s. El relleno del tomate no alcanza ni para rellenar un pan.

Cada día que paso a almorzar le pregunto al chéf algo como ¿qué delicias/maravillas de la gastronomía preparó hoy? o algo como ¿qué delicia/sorpresa hay para hoy? o como ...y el hipocalórico, ¿qué trae? (Hay días en que lo que más se deja comer es el subestimado hipocalórico.)

Como puede verse, tenemos un chef cuya cocina, lejos de ser haute cuisine es basse cuisine. El casino no es Cordon Bleu, es Cordon Noir. Es que Carlitos no es cocinero, es ayudante de cocina, suele decir don Juan Marín. A diferencia de otros renombrados chefs (Peschiera, Carpentier o Mühlenbrock o Pacheco o la señora Pachita) Carlitos, más que hacer la comida, la perpetra.

miércoles, noviembre 10, 2004

Un viaje a Mongolia

Como todos los días que voy al gimnasio, dejé preparada mi mochila del día antes; las toallas, la ropa, la botella, las zapatillas. Cuando empecé calculaba el tiempo y regresaba al depa a ducharme, así que iba y regresaba con la misma ropa. En pro del ahorro, y dado que no tengo mayor apuro en volver a casa, empecé a ducharme en el gimnasio. No corro peligro: las duchas son individuales, y el jabón líquido no puede caerse.

Ayer al regresar del trabajo, aprovechando que era temprano y para regresar temprano a casa, tomé mi mochila, que estaba lista, y partí. Una vez en los camarines, abro la mochila y ¡¿Los calzoncillos?! ¡¿Los soquetes?! faltaban. ¿No había dejado lista la mochila? me preguntaba, confundido. Dejé encerrado el equipo en el casillero y partí soplado a casa a traer lo que faltaba. Llegué bien, pero a poco andar me doy cuenta que no me alcanza la plata (¡por la mismísima!) para regresar: la tarjeta y el monedero quedaron en el casillero, con el resto de las cosas.

¿Qué hago? me preguntaba. ¿A quién le puedo pedir? Pasé a la lavandería del frente, poniendo la cara más compungida, a conversar con la dueña (doña Blanquita) que ya me conoce; me he convertido en cliente. Así que me hice con una deuda de cien pesos... miserables cien pesos, pero por 200 no me llevaba ningún colectivo. Entré como un ciclón al depa, recogí lo que me faltaba, y transformado en huracán partí a tomar colectivo.

Por ley de Murphy, el colectivo iba de luz roja en luz roja, hizo un desvío por una calle más lenta para dejar a un pasajero a ¡una cuadra! de la calle principal, y al quedar yo como único pasajero, al conductor le dio el ataque clásico del chofer de colectivo: se detenía ante personas que no habían hecho señas para detenerlo, tocaba la bocina a peatones indiferentes, en fin, desesperado por tomar pasajeros. El viaje que no debía durar más de 20 minutos, se transformó en uno de 40.

Ahora viene lo bueno: de vuelta al camarin, saco la ropa de la mochila, y entre la polera y los pantalones cortos ¿que había? Los calcetines. No importa -pensé- igual no más me faltaban los calzoncillos. Fui, hice mi rutina, sudé, me cansé, elongué, bajé a ducharme y de regreso, hurgando en la mochila no sé para qué, descubro con asombro un par de calzoncillos bien escondidos en uno de los bolsillos de afuera...

Esto pudo ser lo mismo que un viaje a Galicia.

martes, noviembre 09, 2004

El fin de un romance

Hace un poco más de un año, me encontré con un ex-compañero de hogar, el Canario, que me contó que había implementado un grupo internet con sus compañeros de colegio. Tomé la idea y creé un grupo, esta vez para ir reuniendo a los amigos/compañeros del Valentín Letelier, el del cerro y la laguna Las Tres Pascualas, quizás con la idea de volver a reunirnos más adelante, y generar lazos entre los Valentowerianos-profesionales y los Valentowerianos-futuros-profesionales, como un medio de meter la cuña para encontrar trabajo. Mantener y crear.

Es natural que después de pasar muchos años juntos se echara de menos a los compañeros, y que a través del grupo nos reunieramos a pesar de estar geográficamente distantes. El grupo ha ido creciendo, se han ido sumando los compañeros, y aunque durante el verano la profusión de mensajes naturalmente bajó, se ha recuperado visiblemente. Con la llegada de uno de los miembros más nuevos se descubrieron las encuestas, y muchos quisieron participar, hasta que en una de ellas se me llamaba retardado mental, o débil mental. Como me molesté, obviamente, se lo dije al autor, y borré la encuesta, que él volvió a publicar en una versión 2.0, mejorada y más ofensiva si cabe. También la borré, y tras contarle al grupo mi molestia, he tomado palco para observar las opiniones, para poner un poco en perspectiva las cosas.

Entre las opiniones centradas está una que recomienda no tomárse a la mala los insultos, porque son en plan de hueveo; pero el hueveo tiene un límite, y el límite pienso que está en el punto en que el hueveado (i.e., yo) se siente ofendido o insultado. Entiendo que el huevear a alguien sea una válvula de escape, pero creo que debe ir controlada por un cierto criterio.

Una de las opiniones menos coherentes (que hay que leerla varias veces, tomando nota, para poder descrifrar la idea subyacente) dice que ya que en el hogar se hueveaba, el grupo es una extensión al hueveo; que si el otro está saltón por circunstancias que no me incumben, es normal que se desahogue hueveando, y que lo más fácil es huevearme a mí. Que si antes hueveábamos mucho, ahora debemos seguirlo haciendo como una forma de demostrar que somos los mismos (como si el tiempo no hubiera pasado). Otra opinión sugiere que el hogar se definía a través del hueveo (que es, en parte, cierto) y que si antes se hueveaba, ahora también.

Ya habiendo pasado de la platea al balcón puedo ver que el grupo tiene participantes casi todos bordeando los 25 años, pero que los intercambios de ideas bordean los 14. Ahora entiendo la nula participación de algunos miembros mayores (post-30, creo) y la cancelación de las suscripciones de algunos. Como se me corrió el velo, cambié la suscripción a resumen diario en vez de mensajes separados, finalicé mis encuestas y he minimizado mi participación a uno que otro reenvío. Me he desencantado del Valentower.

martes, noviembre 02, 2004

Horas extra

En la liquidación de noviembre cobraré 6 horas extra. No sé cómo se calculan, pero ya estoy en proceso de averiguar. ¿Por qué las horas extra? Por quedarme tarde hasta después del trabajo supervisando la certificación de los medidores de la central. Esto es un proceso acordado por contrato entre Codelco y Pacific Hydro (jáidro); se trató de hacer antes, pero en esa ocasión, la empresa que vendió los medidores envió a un par de incompetentes para que hicieran la certificación. Como el contrato dice que esta certificación se debe hacer sí o sí, también especifica que hayan representantes de las dos partes presentes, y es por eso que, entre otros, me encontraba yo. Así, la primera vez, el proceso se canceló porque les incompetents empleaban un proceso que no tenía nada de científico y mucho de empírico: mucha prueba y error y poco método.

Cada proceso tiene su anécdota, y tras una tardanza tibiamente explicada (débilmente defendible) y tras culpar a la coordinación, se inició nuevamente el proceso de certificación, con técnicos de otra empresa. Esta vez sí, los técnicos sabían lo que hacían, y la preparación y experiencia era visible. Pero el segundo día, tras quedar de acuerdo en que las pruebas se iniciaban a las 8:30 de la mañana, los muchachos del equipo certificador llegaron con media hora de retraso.

Al verlos, les dije Estuvo bueno el carrete! ya que la tardanza y la buena onda del día anterior permitía bromear con ellos. Uno de ellos se murió de la risa del chiste con una sonora carcajada, a pesar de lo fome, y me llamó la atención que el otro estuviera masca que te masca chicle, cosa que el día anterior no lo ví hacer. No bromeo si digo que estuvo masticando chicle hasta casi la hora de almuerzo - cerca de 4 horas non-stop. Otra cosa que hizo encender mis luces de advertencia era la explicación dada para justificar la tardanza: "nos perdimos"... Increíble!

Si el camino es muy sencillo: subir la Carretera el Cobre, llegar a la barrera, doblar a la derecha (porque no se puede pasar la barrera sin autorización) seguir hasta que termina el camino (ignorando la Carretera del Ácido, debidamente señalada) y desde ahí, casualmente, se ve la central, así que no hay cómo perderse, a no ser que... La explicación a la tardanza, la carcajada y al mastique incesante vendría solita: cuando le pregunté al masticador por unos detalles de los datos tomados el día antes (que estaba transcribiendo), éste se acercó para responder y me llegó de pleno un tufillo rancio de Bigtime con licor. Los técnicos no se perdieron camino de la central, sino que camino del hotel; entonces les dio sed y lo demás puede imaginarse fácilmente.

Aventuras de un módem

Entre algunas de mis tareas en el trabajo está la lectura remota de los medidores de energía de la Central Coya, digerir toda esa data (como eufemísticamente le llama uno de los operadores) y presentar datos que sean necesarios para la facturación de energía. Como ahora Codelco tiene que pagar por la energía producida por las centrales que antes le pertenecían, hay un especial interés en conseguir los datos más fidedignos posible, esto es, los que están almacenados en los medidores.

Estos medidores, aunque muy avanzados, son similares a los que tenemos en la casa, con muchas funciones y con tecnología más avanzada. Como que hubieran tomado esteroides. Entre sus muchas funciones, permite almacenar y descargar datos a distancia, como ya dije, o por medio de una sonda óptica. El problema es que la sonda óptica es lenta, y hace necesario desplazarse con un computador hasta la ubicación del medidor.

Entonces, para poder leer estos datos sin moverse del escritorio, puede uno llamar telefónicamente al medidor que desea leer y descargar por la línea telefónica los datos necesarios. Es la opción más cómoda, ya que no disponemos de sonda óptica, y el único portátil es el portátil del jefe. Así pues, a comienzos de octubre se pidió a Soporte que instalaran un módem en mi computador.

En esto respondieron con rapidez, pero se hizo como se hacen las cosas en Chile: en vez de traer un módem nuevo (que era lo que asumía como tácito dentro del requerimiento) el técnico transplantó un modem de un computador que se estaba dando de baja (dando de baja por viejo: cada 3-4 años se renuevan los equipos, me parece). Y en el proceso quemó la diskettera del computador. Una vez instalado el modem, a buscar los controladores; obviamente, no se encontraron, así que quedó pendiente para una próxima ocasión. Todo esto sucedió en la primera semana de octubre.

Durante la última semana se instalaron los controladores correspondientes; no pude probar el funcionamiento del módem porque (para variar) no tenía acceso a una linea telefónica. Se había pedido la instalación de una línea para el módem, y el día que vinieron a instalarla, nadie sabía para quién era, y al único que sabía (yo) no le preguntaron. Así que se postergó, y al día siguiente, cuando la instalaron, al probar el módem, no pude conectarme a los medidores.

En definitiva, después de pedir la revisión del estado del módem, los viejos de soporte determinan que los controladores no corresponden, y que no existen controladores en su base de datos que sirvan para este módem. Así que tendré que comprar uno yo, pasarlo por caja chica, y hacer el requerimiento para que venga un técnico a instalarlo, esta vez con los controladores, eso sí.