viernes, octubre 15, 2004

Viajera mía

Y así llegó el día en que viniste a verme a Rancagua. Salí temprano a Santiago, al aeropuerto, a recogerte. Ni bien bajé del taxi me llamaste, preguntando ¿dónde estás? y yo a diez metros. Desde afuera te podía ver, al lado de tu maletón. Y cuando me viste, me abriste los brazos y me regalaste una sonrisa.

Mientras te besaba, te abrazaba torpemente por el diario que andaba trayendo. Nos besamos varias veces bajo la mirada impasible de los viajeros que usualmente se encuentra uno en el aeropuerto. Estaba feliz de verte nuevamente. Estaba feliz saber que estabas feliz de verme. Recuerdo que me dijiste estás bonito, ¿ah? y yo respondí algo relacionado con el guardarropa y con el trabajo, que ya no recuerdo exactamente

Tenías una cara de cansancio, por haber hecho de mamá de tus compañeros más jóvenes durante todo el tiempo que estuvieron en Antofagasta. Uno de ellos debió renunciar forzosamente a viajar de tan borracho que estaba. Otro, de los que pudo viajar, traía un discreto pero evidente aroma a trago reciente. En el transfer al centro, ¿recuerdas que no muy disimuladamente abrí un poquito la ventana para ventilar? Todos se dieron cuenta de la maniobra y se rieron con la broma.

Nos separamos de tus compañeros y fuimos a dejar tu equipaje en custodia en la Estación. Teníamos intenciones de ir a pasear a alguna parte aún no decidida de Santiago, pero el frío capitalino y tu cansancio redujeron rápidamente la idea del paseo a sólo una de sus partes: ir al cine. Querías ver una de Ashton Kutcher, estrella de unas estúpidas comedias para adolescentes gringos, actuando por primera vez en una cinta más seria, un drama fantástico o algo así.

The Butterfly Effect, parece que se llama, y el personaje que hace Kutcher parece que al leer un diario de vida regresa al pasado y cambia algunas cosas que se propagan al futuro. A mí también me pareció interesante la película. Pero tuvimos mala suerte y llegamos cuando la función había empezado, y estabas demasiado cansada para esperar casi dos horas para la próxima función. Ásí que rescatamos tu equipaje y nos vinimos para Rancagua.

En el camino te apoyaste en mi hombro y te dormiste tan rápido que empecé a echarle miradas al resto de los pasajeros, esperando encontrarme a Tony Kamo entre ellos, susurrando dezde ahora zentiráz pezadoz loz párpadoz, tienez mucho zueño, eztáz dormida, uno, doz, trez... Se te bamboleaba la cabeza, así que entre mi hombro y mi cabeza te la sostuve, y cuando me vencía la gravedad te la apoyaba con la mano.

Recién en Graneros resucitaste y estabas casi despejada al llegar a Rancagua. ¿Recuerdas que había un sol precioso, que no hacía frío y no soplaba el viento tampoco? Llegamos al depa y al poco rato empecé a preparar almuerzo, porque ni tú ni yo habíamos desayunado (si no considero la McShit que me comí en Providencia, mientras me acompañabas con un juguito). Pero estabas tan cansada que no quisiste almorzar y te acostaste.

Yo me tendí contigo, y hasta dormí un rato a tu lado, pero no muy profundamente: como al día siguiente tenía que madrugar para ir a trabajar, no debía demorar mucho en dormirme a la noche. Al despertar me fui silenciosamente a ver tele, despacito, para no despertarte. Terminé de ver el Chavo del 8 y te fui a despertar antes de ir a comprar el pan para la once. Al volver con el pan traté de despertarte de nuevo, sin éxito; no importa, me dije, pongo la mesa y la despierto. Y la verdad es que traté de despertarte, pero no lo conseguí.

Pude despertarte por fin cuando había lavado la vajilla, había tomado once y te había terminado de dibujar el croquis del centro de Rancagua. Hace poquito te había escrito una nota para que la vieras al día siguiente, al desayuno. Ahora sé que debo hacer más cortas las notas, para que las leas enteras! Como estabas despierta para acostarte como corresponde, con todo y pijama, preparé juguito de naranja recién exprimido para los dos y nos fuimos a dormir. Me preguntaste en un momento por qué no te había despertado para que tomáramos once juntos; ¡debiste haber visto tu cara cuando te respondí que te había tratado de despertar cuatro veces! No lo recordabas. Lo cierto es que me imaginé que estabas muy cansada y que necesitabas urgentemente descansar, y eso era lo importante.

Por primera vez dormimos juntos, en una cama espaciosa, en mi depa y no en el tuyo. Fue maravilloso dormirme contigo al lado, con tus brazos por alguna parte, enredados en los míos, con nuestros pies tocándose, apretándose. Sentir tu calorcito me hizo dormir muy tranquilamente, tanto así que al día siguiente no sentí la necesidad de dormir en el bus, durante la subida al trabajo.

Desperté en la mañana con un poco de sueño, pero así y todo estaba vestido y listo para salir como 10 minutos antes de lo usual... el tiempo que sobró lo empleé en despedirme con besos mañaneros de tí. Una deliciosa sensación ir a trabajar sabiendo que te encontraría al volver! El día lo trabajé a full, para que se hiciera más corto. Ya no recuerdo si regresé en bus o en la camioneta del jefe a casa, pero si recuerdo que cuando entré al depa, ahí estabas, muy instalada trabajando en mi computador, con tus lentes sobre la nariz y con mucha mejor cara que el dia anterior.

Salimos a caminar al mall, y terminamos comprando chatarra para comer. Cambié la tele al dormitorio para que pudiéramos ver televisión juntos, abrazados. Me daba gusto verte así de contenta, y yo era feliz. El fin de semana hicimos muchas cosas: fuimos al cine, paseamos, comimos helados, nos sacamos fotos, hice sushi, escuchamos música, vimos tele, paseamos, compramos algunas cosas, vimos el horrible partido de la selección mientras terminabas tu trabajo en mi computador. El tiempo se deshace rápidamente cuando estoy contigo.

Así llego el lunes, y mientras hacías tu maletón yo extraía el audio del DVD del concierto de A-ha que trajiste. Silenciosamente iba bajando la tristeza sobre mí. En no mucho rato te irías, y me empezaba a sentir triste. ¡Desentristécete! me dijiste; no querías verme triste. No quería que me recordaras como una Magdalena corriendo con las lágrimas al viento tras el tren que se aleja. Pero no por ello sentía menos tristeza.

La imagen que me quedó grabada es el beso volado que me tiraste a través de la ventana del tren cuando éste empezaba a moverse; yo pensaba con insistencia en que los trenes no deberían partir, sólo llegar. Cuando el tren se alejó, me regresé al depa, luchando con el nudo en mi garganta, con los ojos tibios y una pena grande como una mochila a mis espaldas.

Mayor sería mi tristeza al regresar al depa y encontrarlo literalmente vacío: las repisas que había separado para que pusieras tu ropa, vacías; el baño se veía demasiado amplio solamente con mis toallas, y sobre el tanque del WC la marca redonda que dejó tu necessaire. Se había perdido la nota naranja que ponía tu estuche. No estaba ya tu maletón detrás de la puerta. Ahora volvía a estar solo, y no me gustaba. Viajera mía, dejaste marcado con tu paso mi departamento.

Al acostarme me di cuenta que inconscientemente tiraba los pies para tu lado de la cama, esperando encontrar los tuyos; estiraba mis manos hacia tu lado, pero sin encontrarte. Así que recogí todos los cojines y los puse en el espacio que ocupaste: un pálido sucedáneo tuyo. Los cojines no abrazan ni besan, ni tampoco conversan antes de dormir, pero gracias a que perfumaste las almohadas antes de irte, tienen un verdadero aroma a ti. Han pasado ya cinco días desde que te regresaste a Conce, y yo aún mantengo los cojines en tu espacio, esperando el día en que vengas a hacerlos a un lado para ocupar tu lugar.