viernes, octubre 15, 2004

Born to kill

Me corté el pelo... o mejor dicho, lo exterminé. No me gusta el pelo corto (por haberlo usado muy corto durante el colegio, por rebeldía - el largo del pelo cuando supera los 10 cm es materia de indirectas-directas de mi mamá-, y porque todos mis primitos peruanos usan el pelito cortito -uno de ellos se ve especialmente perjudicado, porque la cara de tonto se le acentúa terriblemente-), me gusta sentir que el pelo se mueva, que me puedo (y me pueden) enredar los dedos en él.

Claro que a veces mi pelo se vuelve en contra, porfiando en una dirección anómala: tenía un rulo maldito en todo lo alto de la cabeza, que ni mojado se convencía de cambiar la posición, y que seco, parado y enrollado como un círculo en mi cabeza me hacía parecer un detestable Teletubbie. Pensé varias veces aplicar el truco que usaba en la universidad, echar mano del nunca bien ponderado recurso del machetazo: tomar una tijerita y hacerlo volar. Por desgracia este rulo satánico estaba en un lugar muy evidente, y el machetazo en vez de corregir la situación la empeoraría, dejando no un hueco sino que un cráter en el pelo.

Podrá parecer una disquisición banal y frívola, pero tendrán que creerme cuando les digo que todos estos pensamientos pasaron por mi mente un instante antes de tomar la decisión de ir a la peluquería y cortarme el pelo. Como aún no soy una guía de Rancagua, me dirigí al lugar más evidente: al centro comercial, donde recordaba haber visto una.

La peluquería era de un estilo muy diferente al que estaba acostumbrado: había que esperar... como en todas, pero tenía recepción, un equipo de chicas uniformadas en un estilo que pretendía ser fashion pero no lo conseguía. En fin, esperé un poquito y me pasaron a la peluquera, que después de todo el ritual previo usual preguntó ¿cómo te quieres cortar? para que yo saliera con la peor respuesta que he dado alguna vez en una peluquería: sáqueme el rulo este de acá (señalando a mi antena de Teletubbie).

No sacó el rulo: lo extirpó. Cuando la chica pegó el primer tijeretazo y ví caer una larga hebra de mi (ya) ex-melena me di cuenta de que por la boca había muerto el pez. Mientras en un estado de semiinconsciencia me dejaba mutilar impunemente, me sentía como en la primera escena de Nacido para Matar, de Kubrick, en que los personajes son rapados bruscamente por un barbero indiferente.