lunes, setiembre 06, 2004

Sobremesa

He almorzado recién, una pasable colación hipocalórica (quién sabe cuánto de hipo tendrá), y para pasar este almuercito un té de durazno. Mi oficina aún no es mi oficina; durante la semana se desocupará la oficina que ocupará el ocupante de esta oficina. He tomado, eso sí, posesión de mi casco: me conseguí una etiquetadora 3M, de esas que marcan a presión las letras en relieve en una cinta y ahora mi casco ostenta mi nombre en la delantera.

La lluvia a su vez ha tomado posesión de una gran parte de Chile, y aunque anoche llegué a Rancagua sin preocuparme de la lluvia, al despertar en el silencio de las 5 de la mañana pude oír el ruido blanco de la lluvia al caer densamente en la placilla al lado de mi depa. Por suerte, al salir a tomar el bus pude recorrer mis tres cuadras sin tener que mojarme; al esperar el bus me tuve que resguardar del viento que en esos momentos hacía volar unos papeles huachos por esta avenida cuyo nombre desconozco aún. Tal vez el viento en sí no era tan fuerte, pero era cordilleranamente frío.

En la acostumbrada semiinconsciencia del viaje de subida, arrastrando la añoranza del sueño pendiente pude percibir unas ocasionales gotas de lluvia; como tenía los ojos cerrados no pude saber qué tan mojados estaban los que iban subiendo al bus. Pero no bien entré al edificio y empezó empeñosamente el agua a caer. Todos los que llegaron después que yo entraron mucho más salpicados: una ducha antes de salir, otra antes de entrar.

Al almuerzo la lluvia hizo un alto al fuego y cruzamos ida y vuelta sin tener que enarbolar nuestras banderas blancas, pero ahora, que regresamos todos al abrigo del techo, la lluvia se reanuda inclemente. No sé aún predecir el estado del clima en Rancagua según el clima de Coya; espero que al bajar haya lluvia, porque esta precipitación se me hace ideal para acompañar una melodía triste de Yann Tiersen.