domingo, julio 11, 2004

¿El taller de los qué?

Así es que viajé a Concepción a Juntarme con mi Vivi, ya relajado porque en la entrevista con el fiscal (sería él?) me devolvieron mi licencia de conducir y no me arraigaron en la ciudad, así que no auspicié la entrada al teatro a nadie. A la fuerza, claro.

Íbamos a ver "El Taller de los Celos", protagonizada por varios actores conocidos (Bodenhoffer, Trejo, Kuppenheim, Celedón y Bouchon, el car'e guatero), mientras que otro actor (Irribarren) era director. El montaje era bastante simple, "muebles" inflables de plástico transparente sobre un fondo negro, resaltados aquellos que estaban fijos por fluorescentes comunes y corrientes.

A un lado ponía la música el trío Wasabi, que resultaron no ser otros que el director y dos de los actores. Uno de ellos tocaba instrumentos de viento mientras que al director lo vi preocupado de un piano de cola y de una guitarra de palo; la actriz que completaba el trío cantaba, disfrazada e irreconocible hasta que se despojó de los lentes y el turbante para representar su papel en la pieza que le tocaba. Cantaba en lo que pude reconocer como japonés a primera oída, dándome cuenta hilarado, cuando puse atención, que el japonés no era otra cosa que palabras japonesas sin sentido, así: sashimi nintendo, kawasaki hiroshima hiragana ikebana. Caí, como un niño.

Me sorprendió en forma agradable la escenografía (casi inexistente), la tramoya, y el estilo de la obra, ya que cuando fue necesario, uno de los actores hizo de tramoyista, como parte de la pieza en que actuaba. En esa misma pieza, uno de los actores abandona el escenario, se baja a la platea y dice sus lineas desde allí. Otro componente de la sorpresa fue que el director (ya que la música estaba en el escenario, sin división física alguna del resto de los actores) formaba parte de la obra, puesto que permaneció en el piano en todo momento. No era un actor más, sino un decorado (animado).

Interactuaba discretamente, a pesar de todo: en ciertos momentos encendía un cigarro, salía de escena y volvía a entrar, se servía algo para tomar, y ya en el colmo, se reía a carcajadas en los pasajes cómicos, recibió un vaso de uno de los personajes en un momento dado y en más de una ocasión lo vi dar indicaciones a lo actores, por señas.

La obra habla de los celos, en tres partes: una de ellas muestra los celos de una mujer por el instrumento de su marido (y su forma de ignorarla), otra de ellas da cuenta de los celos filiales en forma muy divertida, rondando Otelo de Shakespeare en sus márgenes. La tercera parte de la obra (o la primera, o última, ya que abre y cierra la obra) está inspirada en una novela de un Nobel de literatura japonés, y tiene un desenlace inesperado para algunos (para mí) mientras que otros (como Viviana) podrán imaginárselo anticipadamente.

No quiero ahondar en tecnicismos del teatro; aunque me gusta, no dejo de considerarme un neófito en cuanto a teatro se refiere. Muchos de los artículos acerca de esta obra dicen que emplea la técnica del teatro japonés Noh, que básicamente consta en una escenografía inexistente, un cuarteto (en escena) proporcionando la música y los actores disfrazados con máscaras representando personajes o estados de ánimo. Éstos cantan la historia. Algo similar puede verse en una escena de la película "El último samurai". En el caso de "El taller..." podría decirse que la técnica empleada no es estrictamente Noh, sino su deconstrucción.

Me reí mucho en las partes cómicas de la obra, y baste decir que me divertí con ganas. La hilarante interpretación de Bouchón de un actor gay/yegua superó todas mis expectativas, arrancando sin pausa carcajadas a la platea. El camino lo preparó un divertido monólogo/danza interpretado por Aline Kuppenheim, mientras que el reposo entre piezas la proporcionaba el tercer/primer cuento, en tres partes.

Cuando se prendieron las luces terminó la obra, pero no su influencia: mientras esperaba que llegara Viviana, a la hora de almuerzo, para matar el tiempo leí una reseña de la obra escrita por un crítico que estaba afichada en los paneles anunciando la obra. Recuerdo que me llamó la atención un párrafo incomprensible en que el autor de la reseña dejaba muy en claro que él no se depilaba cierta parte de su anatomía. En el momento no comprendí; la comprensión llegó, con efecto retardado, varios días después, cuando pude anudar esa reseña con la obra: la carcajada fue mayúscula.

Considerando las risas y el buen rato que pasé con Viviana, la decisión que tomamos de ir al teatro fue muy acertada; tras los acontecimientos recientes, puedo decir que necesitaba urgentemente este divertimento.