miércoles, junio 23, 2004

Viernes. Sábado. Domingo, lunes & martes

Viernes

Fuimos con los viejos a la noche a comer comida peruana al Mano Morena, un restaurante de comida peruana que está en el cerro de la Virgen, en Talca. Una preciosa vista, y una gastronomía auténticamente peruana, ya que el chef es un peruano de pura cepa, un chaclacayano (de la localidad de Ñaña, exactamente; ¿cuál será el gentilicio?) llamado Carlos.

En realidad fuimos al buffet que algunas veces organiza el restaurante, pero esta vez se canceló a último minuto, ya que algo pasó con los ayudantes de cocina y el hermano peruano iba a verse sobrepasado y no podría dar abasto. El buffet no es sólo comer, sino que además se acompaña con un show criollazo, con música en vivo y canto y baile. Típicos del Perú, claro. La última vez el conjunto "Los Tres Sabores del Perú" amenizó el buffet. Por suerte éste se canceló, porque venía soñando hace una semana (o tal vez más) con el exquisito tallarín saltado que prepara el hermano.

Como de costumbre, iniciamos el festín con un pisquito sour, que por mucho que el barman se esfuerce, no logra hacerlo igual al que prepara en casa mi mamá. No sé si serán los ingredientes (al parecer el limón no es de Pica y se me ocurre que el pisco con el que preparan el trago es chileno) o el cariño, pero no es ni remotamente parecido: en este caso el barman es solamente bartender. Para acompañar el pisquito sour, cebiche y causa.

Entre risas se fue la cena y regresamos a dormir el sueño de los justos a la casa, sabiendo que el día siguiente era un día, por decir lo menos, interesante. Se cumpliría el sueño de mi viejo.

Sábado

Temprano en la mañana, en un dia que amenazaba lluvia, desperté sabiendo que despediríamos al más antiguo miembro de la familia: el Renault Laguna de mi viejo. Bastaba recordar los viajes de vacaciones que nos pegamos en él, y mis primeros pasos como conductor autónomo al mando de su volante. El día anterior lo llevamos para que lo lavaran, desde el motor a la carrocería, pasando por el salpicadero y los pisos de goma, las ruedas y las llantas... quedó chirriante de limpio, y lo llevamos para reemplazarlo por el sueño de mi viejo.

Hace un tiempo atrás que mi viejo estaba en la onda de cambiar el auto; y generalmente las ideas de mi viejo son fijas, y se cuecen a fuego lento. Empezó mirando autos (cero kilómetro) y aunque se vio tentado por más de alguno (nos vimos tentados, diría yo), los vendedores no supieron alimentar el entusiasmo: ninguno de ellos estaba muy interesado en vender, al parecer. Así que mi viejo se aburrió y el proyecto de cambiar el Laguna quedó en standby. O eso me pareció.

Entre tiempo lo escuché mencionar en varias ocasiones la Idea: que no es tan caro el mantenimiento, que los que tenian cierta antiguedad venian bastante baratos, y así por el estilo. Es por eso que en las primeras semanas de mis vacaciones, acompañé a mi viejo a mirar uno que era el sueño que acariciaba por muchos años.

En el camino apareció una alternativa, pero después de haber hecho algunas averiguaciones descubrimos que no era la mejor, así que el interés creció por la opción original. El negocio estaba relativamente cerrado... entreabierto, podría decirse. ¿Cuál era la piedra de toque? El espacio, bendito espacio que en esta casa escasea.

Debo destacar que estas casas son un poco pequeñas, y aún con menos espacio para dedicarlo a jardín, terraza o piscina. Inclusive, el responsable del diseño orientó las dimensiones de las casas para acomodar familias de 5 personas (o 6, pero con cierta estrechez) y que pudieran albergar con comodidad un único vehículo. Basta darse algunas vueltas para descubrir los malabares que hacen quienes tienen dos autos: casas sin jardín, pero con garage para dos autos. Uno en el jardín.

Algo parecido fue lo que hicimos, cuando compramos por vez primera un segundo vehículo. Después de guardarlo donde un amigo, a un par de cuadras, por un tiempo, y después de guardarlo donde los bomberos (a una cuadra más), mi papá tomó medidas (literalmente) en el asunto y decidió que podríamos hacer espacio para un segundo vehículo, sacrificando una pequeña franja de jardín. Así que la casa quedó con dos cocheras.

Cuando se vendió ese segundo vehículo, el que vino a reemplazarlo no cabía en su lugar, por lo que se hizo intercambio de lugares, quedando el Laguna en el sitio del 4x4. El problema principal en este negocio era que ninguno de los dos vehículos (el casi y el nuestro) cabría en el espacio que dejaría el Laguna. Y no es aconsejable que ningún vehículo pernocte en la calle, si no se quiere amanecer con un auto desprovisto de sus marcas o rayado hasta la lata.

El problema se resolvió buscando quién, de entre los vecinos, tenía espacio suficiente para admitir uno de los vehículos en su cochera. Buscamos, buscamos, encontramos, y tras acordar un arriendo se dio luz verde para comprar el auto, que casualmente también era verde. Verde malaquita.

Bastaba ver la cara de felicidad de mi papá, montando en su nave: bien puede llamársele así, ya que el auto es inmenso. Y muy pero muy cómodo. Tecnológicamente avanzado para su época, revisando el manual nos fuimos topando con otras sorpresas: este auto tiene chiches que ni siquiera vehículos del año incorporan. Extrapolado a su correspondiente modelo del año, aumentan los chiches... y el precio.

Domingo (y después)

Este día desperté relativamente tarde, un poco antes de las 11 de la mañana. A eso de las 12 salí a comprar los ingredientes que faltaban en la receta que iba a ser el almuerzo del día, para cocinar y llevarle el almuerzo a mi papá, que estaba de turno.

Al salir de mi calle pensé en un principio en ir a otro supermercado, pero decidí finalmente ir al del centro, porque con seguridad encontraba lo necesario ahí. Pensé en tomar una serie de variantes para llegar, pero, o me decidía muy tarde o me parecía que tenía que seguir por una calle extremadamente transitada, y me retrasaría con el almuerzo para mi viejo. Doblé finalmente por la 8 Oriente, y al llegar a unos metros de la 3 Sur, de repente brinca desde un auto estacionado un niño.

Aún puedo recordarlo: lo veo como en cámara lenta, salir, mirar hacia la mi, y después el golpe. Y algo arrastrándose. Lo estoy arrastrando, pensé. Un poco más allá comprendí que había atropellado a alguien y me detuve para ver que había pasado.

Me bajé tiritando y cuando ví que el niño estaba tirado en la calle, con los ojos abiertos pero sin ver, pensé lo maté! (más bien era algo asi como ohlomatélomatélomatélomaté...). Recuerdo que también vi una pelota rebotando hacia la cuneta. Me acerqué y la primera reacción que tuve fue subirlo a la camioneta para llevarlo al hospital. Aquí viene la parte de la intervención de la mano divina, de la providencia, de la suerte o de la conjuncion particular de planetas o de energías cósmicas: justo detrás mío venía un paramédico que se hizo cargo de la situación. Porque lo que es yo... estaba demasiado asustado para hacer nada mas que sudar y temblar. Lo único de lo que fui capaz fue llamar a casa para decir a mi mamá que llevara la comida al viejo porque no iba a poder.

En ese momento no me percaté que el accidente no era tan pero tan severo... porque no había sangre en el suelo... y cuando el niño volvió en sí y se puso a llorar, dije uffff... está vivo. En ese momento salen de una casa los padres del niño y gritan en desesperación. Yo me asusté porque pensé aquí me van a querer sacar la mierda, suponiendo que los familiares del niño estaban entre la multitud que estaba en la vereda mirando.

En algún instante llegó la ambulancia y los motoristas de carabineros, y se llevaron al niño a la urgencia del hospital. Cuando le pusieron el cuello ortopédico al niño me di cuenta de un chichón inmenso en su frente y de unas peladuras los dedos de una mano. El niño lloraba, y se fue con su madre al hospital. El policía me pidió los documentos y me temblaban tanto las manos que apenas si pude entregarle lo pedido. El teléfono apenas si podía sostenerlo para marcar.

Por suerte, a pesar de lo justo de la hora para preparar almuerzo, iba despacio, y me frenaba un auto verde que iba delante mío. De haber ido algo más fuerte, el daño pudo haber sido peor. En un momento dado me di cuenta que algo faltaba en la parte de adelante: la máscara y la rejilla habían saltado. Después me daría cuenta que lo que sentí arrastrarse había sido el conjunto máscara/rejilla, y al revisar los daños en la tarde, con más calma, me imaginé que este conjunto fue el que absorbió la mayor parte de la energía del choque. En ese mismo momento vi que el capot del motor estaba abollado, y pensé aquí se pegó con la cabeza, y después fui a guardar la máscara y la rejilla en el portaequipaje.

Al poco rato yo seguí el mismo camino tras un carabinero en moto. Paco desconsiderado! Me iba abriendo paso como a 70 por hora, y yo, temblando, manejaba la camioneta. Y seguía tiritando y sudando. Correspondía por rigor hacerme la alcoholemia, que (aunque demoran un mes los resultados) debe salir negativa, ya que el último trago me lo había tomado el viernes en la noche. Y ya era cerca de la una y media de la tarde del domingo. El auxiliar que me sacó la sangre me saluda con un alegre Y a quién matamos hoy? No huevee pues, a nadie! le respondí yo, tiritando en la camilla mientras esperaba que me sacaran sangre.

Después en el pasillo, hacia un lado estaba la camilla con el niño y sus padres. Yo temía acercarme, porque no tenía forma de calibrar la reacción de los padres hacia mí, sin embargo quería acercarme: aun temía haberle pasado por encima. En un momento se acercó un doctor y examinó al niño, lo palpó por todas partes, aprieta aquí, levanta allá, dime dónde te duele y después pronunció las palabras mágicas: no tiene nada y yo expiré una cantidad interminable de airé. Y me acerqué.

Afortunadamente los padres no estaban enojados (pienso que el momento de acercarme fue justo, ya que despues de las palabras mágicas estábamos todos más relajados) y conversamos por harto rato. Había que esperar por la constatación de lesiones, es decir, radiografías que confirmaran el diagnóstico del médico.

Ese domingo era Día del Padre, y el padre del niño me hablaba, disculpándose (lo haría en varias ocasiones más), y después hablamos acerca de su trabajo (apicultor) y de otras cosas banales, no destinadas tanto a conocerse como a pasar el rato, mientras esperábamos por las radiografías, que aún tardarían un rato más. Cuando finalmente le fueron tomadas las radiografías a Felipe, que tal es el nombre del niño, salieron en principio mal, y tuvieron que repetírselas dos veces más.

En esos momentos de espera, el papá de Felipe empezó a tomar una linea de conversación con mucho rodeo y titubeando antes de seguir desarrollando el tema. En esos momentos, en que yo alternaba los momentos de calor y los momentos de frio (y aun tiritaba), pensé éste me quiere sacar plata, por los rodeos y el tono confidencial de la conversación.

Sin embargo, el papá de Felipe al parecer no es un hombre ruin, y al estar conmocionado por el accidente del hijo, pienso que debe haber sentido la necesidad de confesarme que aunque Felipe es su hijo, su madre no es su esposa, y que el tiene su esposa y dos hijos ya grandes, y que el mayor lo esperaba para jugar a la pelota; producto del accidente, no sabía como iba a hacer para justificar el retraso. Entre otras cosas, como justificando el que engañase a su esposa, me dijo que la otra era jodida y que poco a poco se le había ido rebalsando el vaso.

No recuerdo gran cosa de lo que conversamos, porque como dije, no era para conocerse sino que para pasar el rato, y no presté mucha atención. De tiempo en tiempo me mantenía en contacto con mis propios padres, y cuando llegó el diagnóstico de la radiografía final, llegó también mi mamá a acompañarme al hospital. Yo no podía irme hasta que se constataran las lesiones del menor (en jerga policial), ya que la ausencia o no de lesiones graves (llámese fracturas) determinaría si iba a pasar al Juzgado de Policia o a la Fiscalía Local. Fui pasado a la Fiscalía (Felipe tenía una fisura en la pelvis - nada, ya que al día siguiente estaba jugando, como corresponde a sus 5 años), y a su vez, Felipe fue internado para tenerlo en observación.

Como a las cinco de la tarde recién pude almorzar, en el policlínico donde mi viejo estaba de turno. De regreso a casa, la estufa se había apagado y tuve que prenderla: una aventura. Después llamé a Viviana para contarle lo sucedido, mientras me tomaba un té. A la noche se me hizo imposible dormir sin ayudas químicas.

Al día siguiente, lunes, temprano en la mañana tuve que llevar la camioneta para hacer efectivo el seguro. Este día fue una tortura sicológica, ya que no estaba muy seguro de qué había declarado al carabinero, o si el fiscal consideraría insuficiente la distancia que había dado (que al tratar de medirla en un estacionamiento resultó ser menor a lo que recordaba); recordaba que el carabinero tomó la declaración de la madre, pero también podía recordar que ella había salido segunda de la casa, y no sabía que había declarado ella al carabinero encargado de las diligencias fiscales.

Me ha quedado dando vueltas la escena en que Felipe se asoma, después el golpe... horrible. Normalmente me considero prudente para manejar, pero una situación como ésta escapa a toda prudencia: el niño, al salir encima mismo de la camioneta, no me dejó ni el tiempo de un latido del corazón para reaccionar; con suerte pude empezar a frenar y a empezarlo a esquivar antes de golpearlo.

Finalmente llegó el martes, me entrevisté con el fiscal (un dato curioso: a pesar de que el carabinero copió mi nombre directamente de la cédula de identidad, mi nombre aparecía como César Agustín en los papeles de la Fiscalía), me devolvieron mi licencia, preparé mi bolso, dormí una siestecita, me levanté a tomar once y me volví a acostar. Al día siguiente partiría a Concepción, a ver "El Taller de los Celos", una entretenidísima obra de teatro con Viviana.