sábado, mayo 01, 2004

De títulos y partidas

Estos últimos días fueron intensos, rápidos, y requiriendo 100% de fuerza y ánimo. La fuerza me la daba la inercia... y lo que me faltó de ánimo, me lo daba Viviana. El tiempo que dispuso para mí no tiene precio, y sí un gran valor. Supo relajarme en momentos de tensión, y de animarme cuando flaqueaba. Supo evitar que mi malhumor aflorara y gastara energía preciosa tratando de combatirlo. Me acompañó mucho, y me sentí apoyado en todo momento. Invaluable. Me quedo un poco corto para expresar la importancia de su presencia en estos momentos importantes, y no sólo al estar con ella: su aura se prolongaba incluso en los días que no nos vimos.

Aún ahora, que ya he tenido tiempo de asentar un poco lo vivido me cuesta hacer memoria y recordar exactamente lo vivido ESE día. Si recuerdo como terminó el día anterior: en el hogar se preparaban las elecciones para la elección de una nueva directiva de estudiantes. Coincidió este inicio de campaña con la recepción a los nuevos residentes, organizada por los candidatos. La celebración se prolongó hasta temprano, temprano en la mañana siguiente, la madrugada de mi día D.

Despedí el martes con un café con Viviana; y al meterme en cama como a las once de la noche del martes, me puse a repasar mi presentación para el día siguiente. Estaba insomne, y Carlos, mi compañero de pieza, en su cama sufría de un insomio forzado, ya que la algarabía de esa noche estaba superando todo lo conocido hasta entonces. Alrededor de las tres nos pusimos a conversar de las cosas de la vida con Carlos, ya que dormir no era una opción esa noche.

La mañana siguiente sería la decisiva. Llegaron los viejos desde Talca, trayendo mi armadura: mi terno. Almorzamos y una media hora antes de la hora H partimos los cuatro (los viejos, Viviana y yo) a la facultad, a preparar el auditorio para la presentación. En el momento no me sentí nervioso, pues no quería pensar en la posibilidad de fallar, y en público. Siendo el público casi todo amigos míos, fallar sería grave. Empezaron a llegar los profesores de la comisión junto con el publico, y empezamos.

Durante los primeros momentos estuve un poco nervioso, pero después de unos instantes, entré en una zona: me concentré en mi trabajo, y sólo veía a los profesores. Hice como si estuviera ensayando una vez más la presentación. Al terminar pensé ahora empiezan los balazos. No contaba con que mi profesor patrocinante venía con una Kalashnikov, y que no empezarían los balazos sino que las ráfagas! Respondí muchas preguntas, no recuerdo cuántas; de algunas puedo acordarme, pero son excepciones.

Después vino la espera, interminable, y fue ahí que sentí los nervios. Por suerte tenía conmigo a mi familia, a Viviana y mis amistades y compañeros acompañandome en el momento importante. Después vendría la ceremonia de los abrazos con los profesores, y al dar la noticia a los viejos me sorprendí verlos llorar, de alegría. Recuerdo que la Vivi me abrazó y me dijo ¿ves que fue bueno ensayar? La alegría rebosaba por todos lados.

En la tarde me vino un adormecimiento, una reducción en las revoluciones, un entorpecimiento de los sentidos que sólo había sentido antes en un par de ocasiones. A la noche, celebré, acorde con mi tradición de minimalismo, con el círculo de hierro: los viejos, Viviana, Carlos y Mauricio. Vino, comida, risas, fotos, alegría. Estaba feliz! Incluso traté de improvisar un discurso de agradecimiento, pero no fui capaz de terminar, el nudo en mi garganta subió exageradamente, y se me quebró la voz antes de la mitad. Creo que pasó desapercibido. La emoción estaba a flor de piel.

Después, dormir para reponer energías... Al día siguiente, después de un sueño pesado, una ducha larga y un desayuno inexistente, partí a mi casa, a iniciar mi descanso merecido. Un interesante detalle, es que en vez de irme contento, me fui con tristeza y con lágrimas en mis ojos. Casi no pude hablar al despedirme de mis amigos, no tenía ganas de irme. Y eso que regresaba en una semana más.

La verdad es que no tengo muchas ganas de irme del hogar. He llegado a un término de mi estadía (es residencia universitaria, y yo he terminado la universidad) en el hogar, y no me quiero ir, aunque eventualmente tendré que hacerlo, y supongo que será a mediados de mayo. Dejaré mi casa por 8 años, 8 de los 10 que llevo en Chile. No tengo muchas ganas de dejar Concepción tampoco, que ha sido mi ciudad desde que he llegado a vivir a este país.

Lamentablemente, mi casa, o la casa de mis viejos, nuestra casa, está en Talca. Sin embargo, no siento que hayan muchos lazos que me unan a esa ciudad. Antes de conocer a Viviana, mi círculo de amistades era minúsculo; ahora es sólo un circulito. Mis amistades están aquí, en Concepción, al igual que la lluvia, que siempre me ha gustado y que extrañé durante los años aciagos que pasé en Lima. El clima de Concepción es mi predilecto: en verano no hace mucho calor (no pasa de los 25º, y eso cuando más calor hace) y en invierno rara vez cae bajo cero.

En Talca viven mis viejos, y nuestra casa ha sido siempre un remanso de tranquilidad, de descanso y de recarga de baterías al que recurriré siempre que necesite. Pero en Talca, definitivamente, no logro encontrar mi ambiente. Los primeros años, durante las vacaciones, me aburría grandemente en Talca. Después fue pasando el tiempo, y después conocí a Viviana, y los veranos se hicieron instantáneos. Lo que hace la buena compañía, ¿verdad?

Si tengo que ir a trabajar, iré a donde me llamen; me encantaría que me llamaran de aquí.