jueves, mayo 20, 2004

Jueves

Estoy sentado en la ventana de mi habitación del hogar mientras Congreso desgrana sus notas y afuera llueve. Se me ocurre que es un día algo triste, ya que en pocas horas más se empezarán a ir los amigos a sus respectivas casas, pues mañana es feriado. El último en irse seré yo.

Es la penúltima partida, pienso; la próxima vez que me vaya del hogar puede ser la última. Mientras, los familiares sonidos de los autos al pasar por la calle mojada acompañan las canciones de Congreso. Esta vez me he quedado por más tiempo en mi casa, y he tenido una semana maravillosa en Concepción: reencontrarme con mis amistades, volver a destripar uno que otro tema de conversación, estar con Viviana sin mayores restricciones que el tiempo que ella dedica a los estudios y que no es menor, ir al cine, ir con ella a tomarme un cafecito, caminar juntos en medio de la marea humana del centro.

En algún momento durante junio será la entrega de diplomas, y tal vez el momento de entregar mi espacio en el hogar: partir (a otra casa o a otra ciudad), pero esta vez definitivamente. Y es una idea a la que me resisto, pues aún es incierto mi porvenir (en los inicios del blog solía decir que mi horizonte llegaba hasta marzo y lo demás era incierto). Por el momento hay dos objetivos primordiales: encontrar información para hacer un postgrado en Norteamérica o Europa y encontrar trabajo.

Lo primero para lograr un mayor valor agregado, que tal vez me haga más apetitoso para el mercado laboral. Para ello necesito financiamiento, y entre las opciones existentes una beca sería ideal. Claro, las becas se otorgan de preferencia a quienes son aceptados en un programa; se acepta en un programa a quien tiene financiamiento. También se tiene una mayor probabilidad de lograr una beca si se tiene el patrocinio de un organismo público o una universidad. En las esperanzadoras palabras de mi profesor, postular a una beca es una pérdida de tiempo y buscar el patrocinio de una institución (aunque sea la mía), también. Menos postular a alguna beca de los gringos: sólo una vez se la sacó uno de la facultad, y era Premio Universidad, lejos, muy lejos de mí. Por lo tanto, debo ser yo quien corra con el financiamiento, al menos por el primer año (un postgrado es sacable en un año, me dijo) y para el segundo año conseguir el financiamiento directamente con la universidad extranjera. Puede ser una alternativa, aunque hay otras.

Lo segundo, buscar trabajo, para ir ganando experiencia, para ir ganando, para hacer algo que llene mis horas vacías. Lo ideal sería que se interesaran por mí las industrias de la zona, ya que en Concepción está mi ambiente, mi vida, mis lugares comunes. En Talca me aburro bastante, no tengo muchas amistades, y los panoramas son escasos. Otra cosa es Conce! Prefiero mucho más la lluvia que el frío intenso. Lo que juega en contra es el hecho de que en casi todos los avisos solicitando ingenieros piden lo mismo que niegan: experiencia. No es sólo que sea experiencia a secas; son 3 o más años de experiencia.

Llueve otra vez, y recuerdo que le mencioné al profesor que postularía a la nueva planta que Celulosa Arauco está construyendo en la carretera del Itata. Me contó que el jefe de los eléctricos de esa planta es exalumno de la facultad, y considerando que por lo general en las industrias se casan con profesionales de la misma institución, y que (según el profesor) en este caso en particular buscarán contratar profesionales jóvenes, que no tengan mañas (deformaciones profesionales) para poderlos formar en el sistema de trabajo de Arauco, mis oportunidades de ser contratado pueden ser relativamente altas.

Por cierto, ya empiezo a aceptar la idea de que ya no soy más un estudiante, y que en una residencia estudiantil ya no tengo mucho que hacer. Pronto empezaré una vida nueva, alejado, tal vez, de todo lo que me es querido y familiar hasta ahora. Pronto.

No puedo decir que ya vivo esta nueva vida: aún no he tenido un punto de inflexión notorio que señale el fin de una etapa y el inicio de otra. Sólo estoy en una nada, sin haber hecho nada especial ni haciendo nada especial. Como vacacionando a medias, aburrido y con frío; aún no logro dejar de sentirme como esperando salir de merecidas vacaciones en recompensa por el esfuerzo depuesto en mi tesis. Ya empiezo a renunciar, lentamente, a esta idea que acariciaba desde febrero, y que era el perfecto colofón a tantos meses de sacrificado trabajo en Coya.

Pensaba yo que cuando terminara con todo el ajetreo de preparar el texto y la presentación de mi trabajo, culminación de (antes) años y (después) meses de sacrificio continuado saldría a tomarme mis más que merecidas, necesarias vacaciones (las últimas fueron en invierno 2002). Soñaba yo en irme a Macchu Picchu y conocer el Cuzco, ya que en los interminables años que pasé (y no repetiría) en Lima no hubo dinero para hacerlo. Ahora el dinero estaría, tendría mis contactos gracias a mis amistades (Piero & Ximi y los chicos del SALC) y lo más importante, tendría mi motivo: mi título. Pensaba en febrero que, al terminar en marzo o abril, el clima en las serranías peruanas sería ideal, y que tal vez mi amigo Piero se entusiasmaría y me acompañaría en este viaje. Conté esta idea a mis viejos, y no les hizo mucha gracia la idea de que quisiera ir solo, parece. Aunque ya hubiese viajado, solo, a los 14 años, de intercambio a EEUU.

A cambio, me propusieron la nada despreciable alternativa de ir a conocer Buenos Aires. El cambio nos favorecía y por lo mismo habrían más puertas abiertas en Capital Federal. Además podría haber aprovechado la oportunidad para llamar, y tal vez visitar, al Ché, un buen amigo de Córdoba. Esto me hizo reconsiderar mi anterior destino, aunque tenía otro en mente: New York, New York, escenario de Warhol y Corleone.

Durante mis vacaciones del verano de 2002, en un viaje a Peulla por el lago Todos Los Santos conocí a Emily, una newyorker. Conversamos bastante y terminamos por hacernos amigos; intercambiamos e-mails y con frecuencia conversábamos por internet. La otra alternativa a las anteriores, un poco más costosa por cierto, era conocer New York, más aún pensando que en el hemisferio norte marzo-abril es primavera y el clima se vuelve más benigno y dispuesto al turismo: Emily se había ofrecido a mostrarme la ciudad aprovechando sus propias vacaciones. Y podría repetir mi viaje del verano del '93, esta vez con un mayor bagaje de conocimientos.

Cualquiera de los destinos posibles era muy atractivo. Buenas vacaciones hubieran sido! Así como se desarrollaron los hechos, mejor hubiera seguido el ejemplo de algunos de mis compañeros de curso y hubiera salido de vacaciones en febrero; habría descansado y no habría corrido, ni me hubiera estresado para entregar (y salir) antes de la fecha de cierre de actas; habría podido disfrutar de la compañía de Viviana y hubiéramos podido pasar un agradable verano; habría podido reunir a mis amigos por unos días en mi casa, y hacer un asado, o tal vez salir a un pub o al cine; quizás hasta salir unos días al sur con los viejos. Buenas vacaciones hubieran sido!

Los únicos momentos en que siento que estoy de vacaciones-vacaciones son aquellos en que vengo a Concepción y no tengo que ir a clases, como antes. Paradójicamente, echo de menos el único lugar en que ya no tengo que hacer, en que todos están ocupados con sus estudios y yo no tengo nada que estudiar.

Corre mayo, y se acerca junio, y aquí estoy, de vacaciones en Talca, en mi pieza/bodega, pensando que durante la semana que viene empezaré a tirar mi curriculum a cada una de las empresas o industrias de la zona de Concepción y de Talca; que necesito sacarme una foto decente para agregar a mi curriculum, que tengo algunas cartas que escribir y envíar, que trataré de averiguar los costos de inscripción al gimnasio, que debo conocer las fechas y costos del TOEFL, que debo hacer un viajecito de unos días a Santiago para presentar mis papeles personalmente en las grandes empresas, que debo tratar de mantenerme ocupado y que ojalá estas actividades duren mucho, cosa de tener harto por hacer y no tener mucho tiempo para aburrirme.

sábado, mayo 01, 2004

De títulos y partidas

Estos últimos días fueron intensos, rápidos, y requiriendo 100% de fuerza y ánimo. La fuerza me la daba la inercia... y lo que me faltó de ánimo, me lo daba Viviana. El tiempo que dispuso para mí no tiene precio, y sí un gran valor. Supo relajarme en momentos de tensión, y de animarme cuando flaqueaba. Supo evitar que mi malhumor aflorara y gastara energía preciosa tratando de combatirlo. Me acompañó mucho, y me sentí apoyado en todo momento. Invaluable. Me quedo un poco corto para expresar la importancia de su presencia en estos momentos importantes, y no sólo al estar con ella: su aura se prolongaba incluso en los días que no nos vimos.

Aún ahora, que ya he tenido tiempo de asentar un poco lo vivido me cuesta hacer memoria y recordar exactamente lo vivido ESE día. Si recuerdo como terminó el día anterior: en el hogar se preparaban las elecciones para la elección de una nueva directiva de estudiantes. Coincidió este inicio de campaña con la recepción a los nuevos residentes, organizada por los candidatos. La celebración se prolongó hasta temprano, temprano en la mañana siguiente, la madrugada de mi día D.

Despedí el martes con un café con Viviana; y al meterme en cama como a las once de la noche del martes, me puse a repasar mi presentación para el día siguiente. Estaba insomne, y Carlos, mi compañero de pieza, en su cama sufría de un insomio forzado, ya que la algarabía de esa noche estaba superando todo lo conocido hasta entonces. Alrededor de las tres nos pusimos a conversar de las cosas de la vida con Carlos, ya que dormir no era una opción esa noche.

La mañana siguiente sería la decisiva. Llegaron los viejos desde Talca, trayendo mi armadura: mi terno. Almorzamos y una media hora antes de la hora H partimos los cuatro (los viejos, Viviana y yo) a la facultad, a preparar el auditorio para la presentación. En el momento no me sentí nervioso, pues no quería pensar en la posibilidad de fallar, y en público. Siendo el público casi todo amigos míos, fallar sería grave. Empezaron a llegar los profesores de la comisión junto con el publico, y empezamos.

Durante los primeros momentos estuve un poco nervioso, pero después de unos instantes, entré en una zona: me concentré en mi trabajo, y sólo veía a los profesores. Hice como si estuviera ensayando una vez más la presentación. Al terminar pensé ahora empiezan los balazos. No contaba con que mi profesor patrocinante venía con una Kalashnikov, y que no empezarían los balazos sino que las ráfagas! Respondí muchas preguntas, no recuerdo cuántas; de algunas puedo acordarme, pero son excepciones.

Después vino la espera, interminable, y fue ahí que sentí los nervios. Por suerte tenía conmigo a mi familia, a Viviana y mis amistades y compañeros acompañandome en el momento importante. Después vendría la ceremonia de los abrazos con los profesores, y al dar la noticia a los viejos me sorprendí verlos llorar, de alegría. Recuerdo que la Vivi me abrazó y me dijo ¿ves que fue bueno ensayar? La alegría rebosaba por todos lados.

En la tarde me vino un adormecimiento, una reducción en las revoluciones, un entorpecimiento de los sentidos que sólo había sentido antes en un par de ocasiones. A la noche, celebré, acorde con mi tradición de minimalismo, con el círculo de hierro: los viejos, Viviana, Carlos y Mauricio. Vino, comida, risas, fotos, alegría. Estaba feliz! Incluso traté de improvisar un discurso de agradecimiento, pero no fui capaz de terminar, el nudo en mi garganta subió exageradamente, y se me quebró la voz antes de la mitad. Creo que pasó desapercibido. La emoción estaba a flor de piel.

Después, dormir para reponer energías... Al día siguiente, después de un sueño pesado, una ducha larga y un desayuno inexistente, partí a mi casa, a iniciar mi descanso merecido. Un interesante detalle, es que en vez de irme contento, me fui con tristeza y con lágrimas en mis ojos. Casi no pude hablar al despedirme de mis amigos, no tenía ganas de irme. Y eso que regresaba en una semana más.

La verdad es que no tengo muchas ganas de irme del hogar. He llegado a un término de mi estadía (es residencia universitaria, y yo he terminado la universidad) en el hogar, y no me quiero ir, aunque eventualmente tendré que hacerlo, y supongo que será a mediados de mayo. Dejaré mi casa por 8 años, 8 de los 10 que llevo en Chile. No tengo muchas ganas de dejar Concepción tampoco, que ha sido mi ciudad desde que he llegado a vivir a este país.

Lamentablemente, mi casa, o la casa de mis viejos, nuestra casa, está en Talca. Sin embargo, no siento que hayan muchos lazos que me unan a esa ciudad. Antes de conocer a Viviana, mi círculo de amistades era minúsculo; ahora es sólo un circulito. Mis amistades están aquí, en Concepción, al igual que la lluvia, que siempre me ha gustado y que extrañé durante los años aciagos que pasé en Lima. El clima de Concepción es mi predilecto: en verano no hace mucho calor (no pasa de los 25º, y eso cuando más calor hace) y en invierno rara vez cae bajo cero.

En Talca viven mis viejos, y nuestra casa ha sido siempre un remanso de tranquilidad, de descanso y de recarga de baterías al que recurriré siempre que necesite. Pero en Talca, definitivamente, no logro encontrar mi ambiente. Los primeros años, durante las vacaciones, me aburría grandemente en Talca. Después fue pasando el tiempo, y después conocí a Viviana, y los veranos se hicieron instantáneos. Lo que hace la buena compañía, ¿verdad?

Si tengo que ir a trabajar, iré a donde me llamen; me encantaría que me llamaran de aquí.