sábado, abril 03, 2004

Por fin, las 4

Aquí estoy, en Concepción, después de un interminable día con lluvia, con viento. Y mi termostato anda, como siempre en estas fechas, mal: o me muero de calor o me da frío. Es más usual lo primero. Como estos días ha llovido por montones, ya sea estilo Noé (toda el agua de una sola vez) o en modo económico (con gotas pequeñas, para que dure), me siento húmedo, y ya mi ropa empieza a tomar ese aromilla a húmedo que tanto me disgusta.

Después de entregar las copias a la comisión, me tocó esperar. Y en la espera, viajé a Coya, con la intención de dar el último avance a la gente de Teniente. Así lo hice, pero antes, tras llegar cansado a mi casa el día antes, acompañé a mi papá a una insulsa reunión del PRSD (Partido Radical Social Demócrata), otrora partido gravitante en la política chilena.

Lo interesante de esta reunión es que uno de los oradores (el que tuvo la palabra durante todo el tiempo que estuve presente) es el ex-rector de mi universidad, Augusto Parra. Debo contar que el PRSD es el único partido laico del país, y que uno de los preceptos más importantes de su ideología se basa en educar. Gobernar es educar es el lema del PRSD desde hace una pila de años.

Entre las cosas que conversaron (las que pude captar, ya que a ratos entraba en standby de cansado que estaba) la proporción más importante la tuvo la estrategia electoral para las elecciones futuras, ya que por una cierta coyuntura están en un punto donde las iniciativas del Gobierno dependen de los votos radicales para ser aprobadas en las cámaras alta y baja.

Un detalle: el orador dijo que el PRSD se perfilaba como el partido del futuro, amén de otras frases por el estilo. He acompañado a mi viejo a varias de las reuniones radicales, espaciadas en aproximadamente un año o más, y siempre he sido yo el más joven. El PRSD carece de juventudes en sus filas. O si las hay, no les interesa saber lo que se fragua en las altas esferas radicales.

Volviendo al relato: al día siguiente, viaje a Coya, diserto mi último avance, y retiro las pocas cosas que tenía aún por esos lados, principalmente libros, y alguna ropa. Devuelvo las llaves de la pieza y de la oficina. Supongo que regresaré para entregar la copia que corresponde para El Teniente, y para despedirme de los lugares que me acogieron por varios meses. Ya será en una o dos semanas más.

El jueves primero de Abril entregué las 4 copias empastadas de mi Trabajo. Incluyendo las observaciones de la comisión, claro. Las 4 copias son la culminación de los trámites de papeles, y después de esto sólo me queda hacer la presentación. Casi nada. Cuando entregué mis copias para el empaste, entre tanta lluvia, salió el sol. Y me dije voy a considerar esto un buen augurio, y trabajaré en pos de ello.

Después de entregar las copias para el empaste, empecé a sentir la pegada: desde el jueves que duermo una mínima siesta de unos 30 minutos al día. No quiero ni imaginarme uno o dos días después de dar mi presentación de la tesis. Tal vez hiberne, como algunos osos del hemisferio norte. Hibernar como sinónimo de coma post-titulación, se entiende.

Mientras tanto, yo debería estar re-estudiando mi presentación para la fecha clave, para hacer calzar dentro de los 30 minutos que se permiten para exponer El Trabajo una síntesis que los profesores encuentren medianamente aceptable dentro de sus cánones académicos. Espero que, si los ingenieros de El Teniente se dieron por satisfechos, los profesores no me pidan desarrollo de investigación en un trabajo que es eminentemente práctico y de aplicación de lo ¿entregado? por ellos en clases.

Así pues, dentro de 3 días y medio estaré convertido en un profesional universitario desempleado en busca de trabajo. Tendré el dudoso honor de que mis profesores me digan colega. Tendré el honor de que los ingenieros de Teniente con los que colaboré me llamen colega. Mis amigos también me honrarán con el título. ¿Celebraré? Por supuesto.