martes, enero 06, 2004

Un día ordinario

Un recorrido por uno de mis días en Coya, que a pesar de haberlo llamado ordinario, por haber hecho algo novedoso, se salió un poco de lo ordinario. Sin embargo, ojalá todos los días hubiera algo nuevo para hacer; los días, con pequeñas diferencias, parecen calcados. Los viernes, cuando me voy a mi casa, son una fiesta: veo grupos de cuatro o cinco personas y me parecen una multitud. Es un agrado dejar de ver las mismas caras y los mismos lugares por un par de días, descansar de la rutina.

Amanece

Amanezco con sueño, para variar, y con algo de frío: dejé entreabiertas las ventanas, y como hacía calor, no me tapé ni me puse la parte de arriba del terno para dormir. Cuando sonó el despertador a las 6:15, lo dejé sonar hasta que paró, pensando (absurdamente, ya que lo tengo hace años, i.e. lo conozco) que volverí­a a sonar. Cuando me volví a mirarlo de reojo, ya eran las 6:36.

Encendí la luz, tirando de la colita de la lámpara que está en la pared, sobre la cabecera de la cama. Me quedo tendido un rato, tratando de convencerme que tengo que levantarme y partir; anoche los vecinos tení­an, al parecer, visita, entre ellos un niño chico: escuchaba una voz de vieja cantando mueve el ombligo, mueveló-ó-ó-yeah desafinadamente, risas y voces altisonantes; por más que quise, creo que antes de las 23:30 no me pude dormir, y eso que estaba acostado desde las 22:00. (La hora de dormirse es muy importante, puesto que hay que levantarse temprano, y como dicen, el tiempo - de sueño - es oro.)

Me levanto, me desnudo, tomo la toalla y a la ducha. Al agua, patos, como me gusta decir. Trato de hacer mis abluciones tan rápido como sea posible, para no llegar mucho después de las 7:00. Me seco, me peino, me visto, me perfumo, me cepillo los dientes, tomo mis cosas y parto. No estuve tan mal, llegué a eso de las 7:15.


Lo mismo de siempre, al pasar la oficina de la secretaria: Hola, buenos días, ¿cómo amaneciste/cieron? (depende la cantidad de gente que se acumule a esa hora de la mañana), Hola gancho; buenos dí­as a los caballeros, ¿Cómo amaneciste, César, hombre? me pregunta invariablemente el Emilio; con sueño, gancho, me hubiera quedado acostado es la respuesta usual, parece que va a hacer calor hoy, ¿no, ganchito?. Llego a la oficina y hoy la encuentro abierta: se me olvidaba que tenemos compañero nuevo! y éste (Alejandro) vive en Rancagua, así que está forzado a ser puntual.

Me acerco a mi mesa, pongo encima el computador, conecto lo que hay que conectar, saco mi tazón y me voy a servir un té mañanero. Hoy tuve que bajar a comprar desayuno al casino, porque ayer no tuve el valor de bajar al pueblo (con todo el calor) a comprar para tomar once y para desayunar. Hoy tendré que hacerlo, por más calor que pueda hacer.


Con el té y el pan me dispongo a emprender las tareas del día: revisar la presentación de avance de mañana, compilar la memoria-que-será. En el camino, miro un poco por encima el diario en internet, y mientras reviso la presentación, se me ocurre que podría ir relatando mi dí­a, acompañado de algunas imagenes representativas; así que a medida que escribo elijo alguna imagen para acompañar el relato.

El tecito a media mañana

Por lo general, como a las 10:30 me hago un tecito para estirar las piernas, para la sed y para el tedio. Sirve para salir a ventilarse un poco: bajo al subuselo, al baño, intercambio un par de frases con quien ande por los pasillos, respiro aire fresco para oxigenar las neuronas (en la oficina, con tanto cerebro trabajando a toda capacidad, el aire se carga en poco tiempo). Después me sirvo el tecito y me siento nuevamente frente al computador, a producir.


Mis compañeros de oficina a menudo salen a comprar a esta hora: regresan con galletas y cocacola de litro y medio. Son unos hambrientos! No suelen desayunar a las 7, sino que después de las 8:30 (para no llegar a la choca con hambre). Los he visto pasar de las 9:00 sin desayuno. De cualquier forma, escucho frecuentemente comentarios del tipo ¡me muero de hambre, y aún no son ni las 11:00!; recordar que el almuerzo es a las 12:00. Hasta ahora no he necesitado comer a media mañana: con el tecito me basta.

Choca

A las 12:00 suena la sirena, anunciando que es hora de bajar al casino a almorzar. Bajo con los compañeros de oficina, nos ponemos en la fila con nuestras bandejas. Hoy hay dos maravillas gastronómicas para regodearse; con un poco de imaginación, pueden ser hasta tres.


Merluza con panache de verduras (léase papitas, zanahoritas, choclito y porotitos), tomaticán con arroz o papa. Ensalada a gusto (lo de siempre: lechuga o repollo, acelga o coliflor, tomate con/sin cebolla), jugo con verdadero sabor y color a lo que sea la fruta del día. O agua. Chicas: no hay mejor dieta que la dieta del Teniente: o es poco, o es harto pero tan malo que se come poco igual. Después de choca, una escala técnica en mis aposentos y vuelta a lo mismo de la mañana.

Fin de turno: 16:36



Acaban de partir todos los no-memoristas de la oficina. Sólo quedamos los muchachos de INACAP y yo . Por lo menos hasta las 19:00, nuestro fin de turno: el conserje del edificio, el chico Emilio, nos ha invitado a jugar bowling. No tengo idea de como se juega, pero aprenderé; no creo que sea tan pero tan difícil. Hace un calor terrible, me siento cansado, el avance es lento pero constante. Bajaré en un rato más al pueblo a comprar para tomar once, a lo que baje un poco el calor. O tal vez baje después del bowling, cuando realmente haya bajado el calor.

Antes de irse el jefe pasó a decirme que mañana a las 7:30 (si es que no pasa absolutamente nada) le daremos una mirada previa a mi presentación de avance, que será hecha pública a las 10:00 (en principio). Ya veremos qué tan útil puede llegar a ser: aún me falta información, pero que está en los manuales descriptivos que tengo sobre el escritorio. Mea maxima culpa; sin embargo, estos manuales no tienen número de páginas, a pesar de tener índice; para encontrar algo, hay que irse página por página. Una lata! (que tendré que darme, y pronto: mañana).

No es tan tarde, pero pienso en mi cama con ganas! ¿Será por que quiero terminar con esta rutina luego? ¿Serán las ganas de estar en Talca? ¿Serán, muy subconscientemente, las ganas de terminar la memoria, de poder proyectarme después de marzo, de poder hablar de abril y mayo con certeza?

Hasta ahora no me había tocado tratar con la incertidumbre más que al esperar las notas de alguna prueba, lo que a fin de cuentas no es lo mismo: no es tan trascendente, y en un tiempo corto terminan por publicarse. Esto es diferente; al publicarse las notas, uno sabe que está listo, que puede tomar el siguiente ramo o que escapó de uno, mientras que al terminar la memoria podría decirse que las incertidumbres recién empiezan.

Bowling for Coya

Fui al bowling del campamento, que creía desmantelado, a jugar un rato. Jamás había jugado bolos, boliche, palitroques. No tenía idea que las pelotas eran de corcho, recubiertas con un material pariente del caucho o del plástico, y que son de diferentes tamaños y pesos y que los orificios para meter los dedos son también de distinto diámetro y profundidad. Tampoco sabía que tienen nombres como Black Pearl o Black Diamond, grabados junto a un número de serie en la superficie.

Menos mal; ya el tedio de la tarde me tenía distraído y cansado. Creo que la rutina se hace sentir muy fuerte, y diversiones como el bowling sirven para cambiar de aire, romper la rutina diaria. Además, al cansarse como es debido haciendo ejercicio se descansa mejor, se eliminan tensiones y se oxigena la sangre.


El bowling de Coya es un viejo Brunswick de dos pistas, y presumo que debe ser de los años ’70 u ’80, si es que no antes; como no se le hace mantenimiento, las pelotas están polvorientas, con el recubrimiento ya deformado en muchas partes por tanto golpe. La pista está llena de polvo, por lo que las pelotas en vez de rodar, a veces deslizan. Los pinos (o palitroques) están recubiertos por algo que parece plástico, pero están sucios y el recubrimiento roto en varias partes, me imagino que por soportar tanto choque violento.

Este Brunswick es casi por completo manual, si llamamos automático a poner los pinos a mano en el acomodador, que después se activa por medio de un botón y de un cordel. Las pelotas se tiran por el riel a mano, y los pinos los acomodábamos a mano hasta que descubrimos que había que tirar el cordel para que el acomodador de los pinos funcionara (y aún así, siempre había unos dos o tres pinos que había que acomodar a mano). Supongo que los modelos más modernos son completamente automáticos: no necesitan de un tipo metido atrás que meta las manos.


El riel que lleva las pelotas desde el fin de la pista hasta los jugadores tiene lo que parece ser un secador de manos en el extremo de los jugadores, que no funciona. Al lado de cada pista hay un botón RESET, que no pude averiguar para qué servía.

La parte de atrás de los pinos, que llamaré bullpen a falta de otro nombre mejor (entiendo que bullpen es el foso donde se sientan los jugadores de baseball, futbol, hockey a esperar su turno de jugar) está sucia, y tiene el piso recubierto de lo que me parecieron esterillas de goma, de esas que uno pone en la ducha para no resbalar, imagino que para evitar que las pelotas reboten.

Debo decir que no es necesario lanzarlas con fuerza, porque son lo suficientemente pesadas para ser propulsadas por su misma inercia; me parece que el secreto está en correr con la pelota en alto y agacharse bien al soltarla, para que no rebote (y no se vaya por los canales de los lados de la pista).

El fondo del bullpen (que no es muy profundo: 1.5 de ancho por 1 de fondo y 1 de alto) tiene un recubrimiento que recuerda a las colchonetas de gimnasia, que amortigua el impacto de las pelotas lanzadas certeramente por un jugador diestro.


No fue mi caso: parece que me había puesto una mano zurda en vez de mi diestra, así que las pelotas que más diestramente lancé fueron las que terminaron en los canales; para que hablar de los botes que me daban al comienzo de la pista! Aún así hice chuza una o dos veces, y me doy por satisfecho.

A dormir

Fin de jornada; después del bowling bajé al pueblo a comprar para tomar once, regresé a mi pieza con la firme convicción de dormirme temprano (considerando que regresé a las 22:00), puse a cargar la cámara, terminé de ver una película de Charlot y ya me iba a la cama cuando me acordé de terminar este post.


Ahora son las 23:52, y creo que alcanzo a cepillarme los dientes y acostarme antes de medianoche, con la suprema esperanza de levantarme lo suficientemente temprano para estar a las 7:00 en la oficina. Que así sea.