martes, diciembre 16, 2003

Papageno & Papagena

Leyendo la última actualización del blog de mi amigo Rodrigo me pude informar de la demolición de su último castillo, construido en el aire. No vale la pena recapitular en detalle los hechos, baste con decir que mi amigo conoció una chica, que pololeaba, y que no estaba muy bien con su pareja; al tiempo la chica termina y Rodrigo puso alas a sus ilusiones: empezó a salir y tener más contacto con esta mujer.

Por lo que me he podido informar a través de las crónicas de mi amigo, el rival es un individuo distante, artero, desleal y, en última instancia, rastrero. Estas cualidades no adornan a Rodrigo; el corazón de oro que ilumina el pecho de este muchacho lo vistío de brillantes armaduras, lo puso al frente de los molinos, y con el sable en ristre, cual Quijote, fue en socorro de esta joven, de la que aún no me puedo aprender el nombre. Después de tratar de rescatar a la doncella en apuros, ésta, denostado los esfuerzos de Rodrigo, y demostrando muy poco amor propio, vuelve a las fauces abiertas de su ex-ex.

Voy a hacer un paréntesis: hace un tiempo atrás he descubierto que mismo bicho literario que me pica hace tiempo tambien hace presa en Rodrigo: cuando a mí se me ocurrió que sería una interesante idea escribir un blog, él ya tenía varios meses en los archivos.

Él también escribe, y se ha aventurado a escribir relatos, cosa que yo aún no me atrevo a hacer. No soy quién para juzgar la consistencia o congruencia de la trama de los relatos; puedo decir, sin embargo, que el suyo es un estilo directo, sin figuras, fácil de comprender y claro. Y, tanto en sus relatos como en su bitácora personal, es bastante reacio a dejar traslucir sentimientos en sus escritos. Como alguna vez le dije, sus escritos informan muy bien, pero no dejan saber como se siente.

Según me dice Rodrigo, se debe al ambiente en que fue criado, y en definitiva a su personalidad, el que sea parco para expresar sentimientos. Yo en cambio soy mucho más florido en mis discursos (y para qué hablar en mis poesías), y muy latino para expresar mis sentimientos. Pero algo ha llamado recién mi atención: la forma en que uno escribe ¿limitará (como la neohabla de Orwell, en 1984) la forma de expresar los sentimientos?

El último post, sin ser muy diferente a los anteriores, deja traslucir tristeza y gran decepción (suelen ir juntas), imagino que por el tiempo perdido. No perdido, me dirá el; perdido, diré yo, porque no se llegó a nada. Perdido a medias. Pero ¿por qué es diferente este post a los anteriores? Sin querer, el mismo Rodrigo me ha proporcionado la respuesta, en la última actualización.

El último post no es para los lectores habituales de su blog: es para él mismo. Catarsis, le llama. Y he ahí la diferencia: lo que ahí pone es lo que realmente siente y sobre lo que divaga, pero sin guardarse nada, sin reservar sentimientos o interponer discreciones de ningún tipo: se nota una entrega. Retornaré a lo que me ocupa.

Rodrigo se lamenta de que en triángulos siempre sale perdiendo; conzco la sensación. Se lamenta de que mientras más esfuerzos pone en encontrar la mujer de su vida, más esfuerzos pone ella también para quedar off-limits; que mientras menos interés pone, más se le acercan (sobre todo aquellas que no le interesan); se siente, al igual que yo muchas veces, extraño, e incomprendido/incapaz de comprender al sexo opuesto.

No puedo dar consejos personales públicamente, pero si puedo dar apoyo/esperanzas: siempre se encuentra lo que falta. Y a eso va el título, que tan amablemente me prestó W. A. Mozart, extraído de su obra La Flauta Mágica: un príncipe aburrido y solitario recibe de la Reina de la Noche la misión de rescatar a su hija, secuestrada por un sinisestro personaje, Sarastro. Como ayuda le entrega una flauta, la flauta mágica. Y un acompañante, armado de unas campanitas mágicas: Papageno (creo que era el pajarero de la reina). En lo personal, me identifico más con Papageno que con el príncipe, a pesar de ser éste el protagonista principal.

Papageno es un personaje sencillo, que es incluso cobarde a veces (sin dejar por ello de demostrar su valor), que entrega la nota humorística de la historia. Como fuere, el príncipe se enamora de la princesa con sólo mirar un pequeño retrato, y Papageno se alegra por la suerte del príncipe, al verlo inflamado por tan ardiente amor, pero a la vez se pregunta por el momento en que el amor inflame por fín su vida.

Más adelante en la historia Papageno descubre que existe una Papagena, sólo para perderla, y lamentarse por tan horrible destino: encontrar al amor de su vida, sólo para perderlo. Papageno/Papagena son más que almas gemelas: son una sola. Hacia el final de la ópera, después de muchas aventuras, Papageno encontrará su Papagena, y no la volverá a perder.