lunes, noviembre 03, 2003

De trenes y danzones

Voy a divagar un poco sobre música y literatura. Existe un género musical, cuyos origenes desconozco, pero que puedo conjeturar caribeños, que se llama danzón. Existe una escritora mexicana que estuvo de moda un tiempo, que hizo fama y que fue adaptada al cine, que se llama Laura Esquivel. Algo innovador, producto de alguna volada más o menos intensa de esta escritora, es el libro La Ley del Amor, que tiene la particularidad de relatar la historia en ciertos pasajes mediante comics (muy bien dibujados); éstos no tienen los globitos usuales con letras dentro para los diálogos, sino que deben ser leídos/mirados con acompañamiento musical. Para esto, la escritora proporciona un CD con el libro (el que en la edición pirata se transforma en un cassette roñoso) para que el lector pueda seguir los comics.

La gracia, por así llamarla, es que la música proporciona el sentimiento del que carece algunas veces un comic; la particularidad es que el sentimeinto musical de las historietas lo proporcionan los clásicos: arias de operas como Madame Butterfly. Obviamente el comic relata acciones, no diálogos; por lo que la música incluida es vital para poder imaginarse o capturar las sensaciones que los protagonistas de los comics viven mientras dura la acción.

También, debido a lo tedioso de algunos pasajes, según la autora, se incluyen en el CD algunos danzones, como interludio musical, para despertar al lector. La intérprete de estos danzones es Liliana Felipe, famosa por lo desconocida en estos lados. Sin embargo esta mujer posee un especial timbre de voz, que hace una experiencia agradable escuchar sus danzones.

Cierto es que la música provoca estados alterados de conciencia, y parte de la temática surreal del libro versa sobre la capacidad de la música (creando o induciendo estados alterados de conciencia) como instrumento para resolver traumas ocurridos en vidas anteriores, que determinan la vida que se está viviendo. Algo como una hipnosis inducida por medio de la música, pero basada en metaficidades como ondas y vibraciones en el aura de las personas. ¿Será verdad?

Algunas veces la música me dispara la creatividad, otras disipa el tedio; con los Nocturnos de Chopin me he relajado innumerables veces para dormir. Hay otras canciones/melodias que me retrotraen a mi infancia en Bucarest, asi como otras me devuelven un poco el recuerdo de mi colegio en Lima. Hay canciones que, como pocas, invierten las sensaciones que debieran causar: más de alguna alegre canción me pone triste a veces; una alegre canción que deja caer algunas gotas de lluvia en mi pentagrama.

Ayer, cuando viajaba desde Concepción hasta Rancagua, pensando en una frase (los trenes no deberían partir; sólo deberían llegar) que leí en alguna parte que no recuerdo, y me sentía triste, justamente porque el tren en el que iba había partido, recordé de pronto uno de los danzones de Liliana Felipe, incluido en alguna parte en el CD que acompaña La Ley del Amor, y a pesar de no poder recordar ni el nombre ni la melodía ni la letra completa, recordé una pequeña frase, que si la memoria no me traiciona majaderamente, es cantada al principio: Qué cosa es el amor? Medio pariente del dolor..., etc.

Me vengo dando cuenta en estos días que el amor tiene parentesco con el dolor, que, claro, no es físico, y por lo mismo es de más rebelde alivio. Dolor por las separaciones, las partidas (tal vez era por eso que iba fijado en la idea de que los trenes sólo deberían llegar), por las ausencias y las faltas. No he leído lo suficiente de La insoportable levedad del ser como para poder decir que la he leído, pero lo que alcancé a leer tenía tal tinte de melancolía que todas las despedidas tienen un matiz de Kundera desde entonces.

Siempre me cuesta partir, sobre todo cuando Viviana se queda; aunque sean unos días de separación, cuesta. La diferencia es el nudo en la garganta, qué tan grande o qué tan persistente puede llegar a ser. Pero siempre cuesta. Y claro, las despedidas en la vida real no son como las despedidas en el cine, donde hay música de fondo, y donde los trenes parten cuando ya se han separado los protagonistas, y hay cámaras lentas retrasando el momento inevitable donde la aceleración separa a los enamorados. En la vida real se me queda siempre algo y me llevo siempre una astilla dolorosa, me llevo siempre las ganas de perder el tren y quedarme más tiempo, me llevo un trago largo y áspero, me llevo siempre una última visión de mi amor parada en la esquina haciéndome adiós con la mano. (Y me detengo a pensar que debo tener algo de masoquista reprimido y porfiado porque no importa cuánto pueda doler separarme de Viviana, siempre quiero volver.)