lunes, noviembre 24, 2003

Ahogándome como los gitanos

Hay un dicho rumano, análogo al conocido dicho ahogarse en un vaso de agua, que hace referencia a los gitanos. En Rumania el gitano es el paria de la sociedad, y siempre gitano se usa para nombrar a cualquiera que sea ladrón, mentiroso, farsante, estafador; deshonesto, en suma.

El gitano rumano bien puede tener su contraparte en el punga chileno. Porque además de deshonesto, el gitano es sucio, insalubre. El gitano rumano ocupa un status similar al del cholo peruano: despreciado y siempre mencionado despectivamente.

El rumano dice ahogarse como los gitanos cuando alguien asume problemas sencillos como más complicados. ¿Por qué ahogarse como los gitanos? Porque según los rumanos, los gitanos no saben nadar y por eso se van a fondo, así que se ahogan en la orilla. Forma parte del mito, supongo.

Yo estuve ahogándome como los gitanos por unos días. En parte por ambicioso, en parte por exagerar un poco la prolijidad de mi trabajo. En resumidas cuentas, hoy contrasté el problema con los ingenieros de acá, el jefe de la Unidad de Generación y el jefe de Mantención Mecánica. Invertí el orden de dos pasos, lo que me significó nada menos que dos días en pana. El problema que enfrentaba no era insoluble como parecía, sino que resultó ser aún más sencillo de resolver de lo que había pensado.

Aún no lo resuelvo, claro; estoy en un break de inspiración, y no he querido desaprovecharlo. Sin embargo tengo que aprovechar lo (erróneamente) hecho para abreviar el tiempo de solución de este trabajo. Lo único malo es que no se trata de cambiar un par de valores y dejar que Excel haga el resto; para ordenarme, tengo que partir de cero... lástima por el tiempo invertido en hacer mal lo que ahora tengo que hacer por segunda vez bien.

La experiencia del tiempo invertido en equivocarme me tiene que servir para sacar esta segunda edición en un tiempo considerablemente menor. Sobre todo si quiero presentar algo este viernes a mi profesor (en última instancia) guía.

Aún no lo resuelvo, y debería estar trabajando. Como los gitanos.

domingo, noviembre 16, 2003

Chansons pour un jour de pluie

Justo ahora que llueve y no pude irme para Coya porque el tren en que iba a ir se atrasó exageradamente, decidí quedarme otra noche más y salir temprano a Coya.

A propósito de lluvia, la banda sonora de la película francesa Le fabuleux destin d'Amelie Poulain tiene varias melodías buenas para oír con lluvia. Una de ellas se llama La dispute, y no recuerdo en que parte de la película sale (seguro que Viviana sí se acuerda). Otra de ellas se llama Sur le fil, y tampoco me acuerdo en que parte de la película se oye. La verdad es que no me acuerdo en que parte de la película sale cada una de las melodías.

Otra de las melodías, que va como anillo al dedo para un día con lluvia, que va bien para un día triste, es Comptine d'un autre été: L'après midi, cierta canción infantil de otro verano: la tarde. Es el track 4 y debe ser la melodía que más me gusta de este disco, y debe ser la que me entristece un poco al oírla. Es un tema que desliza unas gotas de lluvia en mi ánimo de forma tan imperceptible que sólo me doy cuenta de que ha llovido cuando percibo el bouquet triste que queda cuando termina la melodía.

sábado, noviembre 15, 2003

El Gancho, la Choca, el Sobaíto y la Chey

He venido descubriendo una serie de términos de uso común en la jerga cotidiana de El Teniente, y quiero compartirlos. Estos son los tenientismos que he logrado aprender y entender hasta el momento.

El tenientismo que más recientemente aprendí es el sobaí­to (sobadito, para los más puristas). Se usa como diminutivo de sobao, y pensé que era usado en forma despectiva, pero me equivocaba. El sobao, según mi viejo, es aquel al que le andan pegando siempre (que le soban el cuero); yo había entendido que sobao era el que pasaba borracho siempre. Pues bien, no: el sobaí­to tenientino es como decir ganchito, socito, viejito.

Otro de los tenientismos que conocí­ durante la práctica es la choca, vocablo muy importante ya que parte en dos la jornada: es el término que designa al almuerzo, o a la comida en forma más general. Existen varias derivaciones, como choquear (comerse la choca - almorzar) y choquero (recipiente para la choca). Los choqueros por lo general son de fierro esmaltado, con tapa, y en ellos los viejos suben su choca desde la casa al trabajo en las mañanas, para calentarla a la hora de almuerzo al baño marí­a. ¿De dónde viene este término? Ni los viejos de Teniente saben, y la verdad es que no sé si se usa en otras empresas.

El viejo no es usado para designar un viejo, sino un obrero o trabajador, aunque no pase de 25. Es un término, por lo que he podido ver, ampliamente usado en la industria para nombrar lo mismo.

Otro término que no sabía, y que recientemente conocí es el de la chey, como sinónimo de enamorada o polola. Este tenientismo, según he oído, viene de cheyen o cheyenne, antigua marca (?) de suelas de afilar navajas de afeitar, o de navajas. En el caso de la suela para las navajas está claro el sinónimo, poco sutil pero no muy obvio; en el caso de las navajas no tengo idea. Tampoco parece ser exclusividad de la jerga tenientina.

Y un último término, que se me estaba escapando (creo que es porque yo ya lo usaba con bastante generosidad antes de llegar a la práctica en El Teniente), es el muy usado gancho o ganchito. Este término, lejos de designar un gancho para colgar o levantar cosas, designa al amigo, al compañero (de trabajo). No es muy común, pero también he oído que los viejos se dirijan a su gancho como compañero. De donde viene el gancho, ni idea.

Estos términos extraños para muchos, me parece que se están perdiendo, se están gastando de tanto usarlos; ya nadie se acuerda de dónde salieron, y los más jóvenes, que trabajan o estamos de paso en Teniente, los adoptamos sin preguntar mucho su significado.

Son palabras con un bouquet antiguo, que sirven para amalgamar la masa humana que trabaja en El Teniente: gracias a un léxico común un viejo de la Mina puede decirle gancho a un sobaíto que choquea en el comedor de la Central, y chismear de sus chey a pesar de no conocerse.

jueves, noviembre 13, 2003

Lapsus

¿Que hacer cuando se quiere estar lejos, sin poder? Quiero volver a mi alma mater, Concepción, no tanto por echar de menos la universidad como para recargar mis baterías en estos días que pasan; recargarlas de cariño, claro está. Solamente en Conce (o Talca, o donde sea que Viviana esté) puedo hacerlo.

Otro tema que me tiene un poco inquieto en estos días tiene relación, cómo no, con la Memoria. Cada cierto tiempo el profesor guía hace reuniones con sus memoristas; he ido sólo a una, de las otras sólo me he enterado después.

No voy así no más, porque los profesores de mi facultad lo son únicamente en última instancia, por lo que siempre hay cosas más importantes que los estudiantes. Y como yo estoy relativamente lejos, dependiendo de horarios de trenes o de buses, me demoro 5-6 horas en llegar de Coya a Conce (si tuviera auto, sería otra la historia, pero eso es, valga la redundancia, otra historia). Eso significa que no puedo ir por el día ni tampoco a media semana, porque me significa perder 2 días de trabajo, y yo quiero terminar pronto la memoria (por eso elegí hacer algo más práctico en la industria que hacer investigación en la facultad).

Además mi profesor guía ha estado fuera del país con bastante frecuencia últimamente, así que no he podido entrevistarme con él, y por lo que he podido ver, tampoco ha mirado los informes que le he mandado por mail. Espero que sí los haya visto pero que no haya tenido tiempo de responderme los mails, pero conociendo a los profesores de mi facultad, lo recontradudo.

Quiero volver a ver pronto a Viviana, pero antes del próximo fin de semana no se puede, y eso. Cuando partí me preguntaba que sería estar tanto tiempo separados, porque nos habíamos acostumbrado a pasar bastante tiempo juntos; por suerte podemos estar en contacto, y no han pasado más de dos semanas sin que nos veamos. Debo dejar en claro que no es fácil! Verdad es que tengo ganas de pasar más tiempo juntos, de volver a hacer las cosas cotidianas que echo tanto de menos; sólo puedo esperar.

(Comentando mi anterior nota con Viviana, me dijo que tal vez lo corto de las pistas del disco de Sub Terra se debía, tal vez, a que no estaba planificado lanzar un disco con la banda sonora; al cine chileno aún le falta práctica con el merchandising por lo visto.)

martes, noviembre 11, 2003

Lejos del cielo

Sub Terra, obra máxima de Baldomero Lillo (que aún no leo), da origen a la película chilena (que aún no veo) más alabada por los medios. Que es espectacular, que la puesta en escena es impresionante, que la fotografía es de lujo, que la producción es la más cara de la historia del cine chileno, que las actuaciones son de primer nivel, que las locaciones son las originales, que el vestuario representa la época fielmente, que es muy fiel a la obra en que se basa, que la música es grandiosa.

Entre tantas flores, también he leído una que otra crítica, que critica: que la película es muy larga, que se pudo hacer con menos extras, que los acentos delataban sin lugar a dudas la coproducción (¿será?), que las escenas son muy cortas, que se exagera con las historias paralelas que terminan por despistar al espectador, que a ratos latea, que la música no se alcanza a disfrutar porque son muy cortas las escenas.

No puedo meter mis manos al fuego ni por las flores ni tampoco por las críticas. Mal que mal, aún no la veo; podría ir a verla solito, pero me gusta ver películas en buena compañía, y espero poder ir pronto con Viviana. Claro, la película no la he podido ver, pero sí la he podido oír. Este fin de semana me compré la banda sonora de Sub Terra.

La música la compone Horacio Salinas, fundador y ex-director musical de Inti-Illimani por muchos años, hasta su salida el 2001. Salinas lleva ya en su haber dos discos como solista y en un futuro creo que musicalizará la película o la obra teatral El Húsar de la Muerte.

Volviendo a la banda sonora, esta se compone de 22 temas orquestados y 2 canciones, las que, imagino que a la usanza de las películas hoolywoodenses, suenan mientras pasan los créditos, al final de la película. Las melodías orquestadas son muy buenas, notándose los años de oficio -y el talento- de Salinas en la composición (pienso que en el futuro el Loro Salinas será reconocido como uno de los grandes compositores chilenos).

Entre las críticas que leí había una que decía que las melodías de Sub Terra no se alcanzaban a disfrutar, ya que debido a lo corto de las escenas, sólo podía oírse una parte. Contrastando lo escrito en esa crítica con el disco, pues... las melodías de la película no están cortadas! Son así. Baste decir que el tema más largo, Epílogo, dura menos de 5 minutos; la mayoría de los temas dura entre uno y dos minutos, y hay cuatro que duran entre 40 y 50 segundos. Como ven, los temas son cortos.

Para combatir este inconveniente, que resta un poco a la continuidad del disco, he visto que en otras bandas de sonido (Braveheart, por ejemplo) los temas se combinan, ya sea por continuidad de la película, o bien las desordenan ordenándolas por tema musical o ritmo o tonalidades o algún otro parámetro musical tan desconocido para mí como obvio para quienes tienen mejor oído que yo (que deben ser bastantes). En ese caso, en vez de tener un disco de 22 pistas, se tendría uno de unas 10 - 12 pistas un poco más largas, lo que aportaría mucho más a la continuidad del programa escuchado.

Pese a lo anterior, la banda sonora de Sub Terra es una excelente producción, tiene excelente sonido, los temas son muy agradables de escuchar, y en ciertos pasajes se deja oír la guitarra prodigiosa del Loro Salinas; sólo me falta ver la película (bien acompañado, como dije) para comprobar si la música retiene la carga emocional que probablemente va implícita en la historia (según comentarios, no deben faltar pañuelos).

Total, las películas se hacen para gustar al público. Por eso, y a pesar de los comentaristas de espectáculos (que comentan de todo sin saber mucho de nada) el mejor barómetro es el público que ya la vió. Y ya he escuchado comentarios de dos complacidos espectadores. Las imágenes extraídas del metraje que he visto en comerciales o comentarios de espectáculos, me deja con el diente más que largo para irla a ver.

lunes, noviembre 03, 2003

De trenes y danzones

Voy a divagar un poco sobre música y literatura. Existe un género musical, cuyos origenes desconozco, pero que puedo conjeturar caribeños, que se llama danzón. Existe una escritora mexicana que estuvo de moda un tiempo, que hizo fama y que fue adaptada al cine, que se llama Laura Esquivel. Algo innovador, producto de alguna volada más o menos intensa de esta escritora, es el libro La Ley del Amor, que tiene la particularidad de relatar la historia en ciertos pasajes mediante comics (muy bien dibujados); éstos no tienen los globitos usuales con letras dentro para los diálogos, sino que deben ser leídos/mirados con acompañamiento musical. Para esto, la escritora proporciona un CD con el libro (el que en la edición pirata se transforma en un cassette roñoso) para que el lector pueda seguir los comics.

La gracia, por así llamarla, es que la música proporciona el sentimiento del que carece algunas veces un comic; la particularidad es que el sentimeinto musical de las historietas lo proporcionan los clásicos: arias de operas como Madame Butterfly. Obviamente el comic relata acciones, no diálogos; por lo que la música incluida es vital para poder imaginarse o capturar las sensaciones que los protagonistas de los comics viven mientras dura la acción.

También, debido a lo tedioso de algunos pasajes, según la autora, se incluyen en el CD algunos danzones, como interludio musical, para despertar al lector. La intérprete de estos danzones es Liliana Felipe, famosa por lo desconocida en estos lados. Sin embargo esta mujer posee un especial timbre de voz, que hace una experiencia agradable escuchar sus danzones.

Cierto es que la música provoca estados alterados de conciencia, y parte de la temática surreal del libro versa sobre la capacidad de la música (creando o induciendo estados alterados de conciencia) como instrumento para resolver traumas ocurridos en vidas anteriores, que determinan la vida que se está viviendo. Algo como una hipnosis inducida por medio de la música, pero basada en metaficidades como ondas y vibraciones en el aura de las personas. ¿Será verdad?

Algunas veces la música me dispara la creatividad, otras disipa el tedio; con los Nocturnos de Chopin me he relajado innumerables veces para dormir. Hay otras canciones/melodias que me retrotraen a mi infancia en Bucarest, asi como otras me devuelven un poco el recuerdo de mi colegio en Lima. Hay canciones que, como pocas, invierten las sensaciones que debieran causar: más de alguna alegre canción me pone triste a veces; una alegre canción que deja caer algunas gotas de lluvia en mi pentagrama.

Ayer, cuando viajaba desde Concepción hasta Rancagua, pensando en una frase (los trenes no deberían partir; sólo deberían llegar) que leí en alguna parte que no recuerdo, y me sentía triste, justamente porque el tren en el que iba había partido, recordé de pronto uno de los danzones de Liliana Felipe, incluido en alguna parte en el CD que acompaña La Ley del Amor, y a pesar de no poder recordar ni el nombre ni la melodía ni la letra completa, recordé una pequeña frase, que si la memoria no me traiciona majaderamente, es cantada al principio: Qué cosa es el amor? Medio pariente del dolor..., etc.

Me vengo dando cuenta en estos días que el amor tiene parentesco con el dolor, que, claro, no es físico, y por lo mismo es de más rebelde alivio. Dolor por las separaciones, las partidas (tal vez era por eso que iba fijado en la idea de que los trenes sólo deberían llegar), por las ausencias y las faltas. No he leído lo suficiente de La insoportable levedad del ser como para poder decir que la he leído, pero lo que alcancé a leer tenía tal tinte de melancolía que todas las despedidas tienen un matiz de Kundera desde entonces.

Siempre me cuesta partir, sobre todo cuando Viviana se queda; aunque sean unos días de separación, cuesta. La diferencia es el nudo en la garganta, qué tan grande o qué tan persistente puede llegar a ser. Pero siempre cuesta. Y claro, las despedidas en la vida real no son como las despedidas en el cine, donde hay música de fondo, y donde los trenes parten cuando ya se han separado los protagonistas, y hay cámaras lentas retrasando el momento inevitable donde la aceleración separa a los enamorados. En la vida real se me queda siempre algo y me llevo siempre una astilla dolorosa, me llevo siempre las ganas de perder el tren y quedarme más tiempo, me llevo un trago largo y áspero, me llevo siempre una última visión de mi amor parada en la esquina haciéndome adiós con la mano. (Y me detengo a pensar que debo tener algo de masoquista reprimido y porfiado porque no importa cuánto pueda doler separarme de Viviana, siempre quiero volver.)