martes, setiembre 02, 2003

Rayuela, capítulo 7

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.



Rayuela debe ser la obra más críptica, la rayadura máxima de Julio Cortázar. A su manera este libro es muchos libros, pero sobre todo es dos libros. El primero se deja leer en forma corriente, y termina en el capítulo 56. El segundo parte en el capítulo 73 y sigue así: 73 - 1 - 2 - 116 - 3 - 84 - y un largo etcétera.

Alguna vez traté de aventurarme y leer esta obra tan confusa, tan enigmática. Confieso que al poco andar me ví sobrepasado por una afluencia de situaciones y personajes, y tras perder el sentido de la historia, por ahí por el capítulo 13, 15, 16 o 18 (no estoy muy seguro, pero nunca pasé el capítulo 20) me dí por vencido, y cambié a otra obra, casi tan confusa y enredante como esta, pero que puede seguirse con bastante atención o con ayuda de un árbol genealógico: Cien Años de Soledad. Después de leer un número considerable de las obras de García Márquez, y de repetirme el plato un cierto número de veces, las macondidades me resultan familiares, aunque no hay vez que relea los Cien Años que no tenga que recurrir en algún instante a la ayuda del árbol genealógico. Pero Rayuela es otra cosa.

Quizás debí haber sido un poco más valiente, y al verme sobrepasado por el primer Rayuela, haber probado suerte con el segundo Rayuela. No lo hice a su debido tiempo, y la verdad no sé si el Rayuela que termina en el capítulo 56 tenga alguna relación con el que empieza en el 73 o viceversa. Tarea para la casa.

¿Por qué Rayuela, por qué el capítulo 7, y no otro?

Resulta que la primera vez que tuve una copia de Rayuela en mis manos, lo abrí al azar y fue éste, el capítulo 7 el que cayó bajo mis ojos. No supe cómo explicarme la sensación que me causó este texto. Hoy puedo decir que es la sensación de un espacio cálido, sereno, aislado; dos personas lo comparten, dos personas se besan. Algo tan sencillo como eso.

Sin embargo leído el domingo recién pasado, el 31 de agosto, me invadió la nostalgia. Y como antes Neruda, y como lo dijera Mario Ruoppolo (el cartero que llevaba las cartas a don Pablo en Il Postino, la adaptación cinematográfica de la Ardiente Paciencia de Antonio Skármeta), la poesía no es de quien la escribe sino de quien la usa, este capítulo en particular parece haber estado esperando a que yo, como muchos otros antes, lo hiciera mío, para poderlo regalar.

¿Cuántos, a través de los años, no alimentaron las hogueras de sus propios romances con poesías sustraídas a sus autores? ¿Cuántos no han tenido alguna vez a un Neruda como un providencial Cyrano de Bérgerac, soplando las poesías desde las páginas de un libro? Más de alguno leyó alguna vez algo que se correspondía plenamente con la metereología íntima de su corazón. Muchos se pueden haber sentido tocados por frases o textos empapados de dicha, de melancolía, nostalgia, estática plenitud.

Así siento yo este capítulo, breve pero con la propiedad de ralentizar el tiempo, de sustraerme hacia una esfera de lentitud y dicha. Así, cada vez que te beso, Viviana, es como escribir de cero este capítulo 7.