jueves, setiembre 11, 2003

30 años

11 de septiembre. Una fecha compleja, con un amargo regusto para algunos, para otros una fecha de alegría y casi milagro. Para el nefasto tío Sam esta fecha sirvió de perfecto pretexto para limitar los derechos civiles de sus propios ciudadanos e iniciar una cruzada, ya no con cruz y espada, caballos y relucientes armaduras y cotas de malla, sino que con la más moderna tecnología, marines, tanques y misiles.

Hace 30 años, en Chile, se vivió una transición. No una transición como ésta, la que se supone que estamos viviendo, la que los políticos, evidenciando una miopía (o tal vez una catarata, o glaucoma) pensaron que duraría 4 o 5 años. La transición entonces vivida fue de la democracia a la dictadura, y como todas las transiciones de este tipo fue abrupta, de golpe.

Cayó la noche. Por años, chilenos fueron asesinados impunemente, hechos desaparecer; algunos de ellos yacen aún en el fondo del mar o en profundos piques en el norte mineral de Chile. Muchos de nuestros compatriotas fueron exiliados o se exiliaron para no tener un futuro incierto en brazos de la DINA. Pero el destino de estos exiliados no fue un crucero de lujo.

Los exiliados, como todos los exiliados por todas las dictaduras del mundo, pasaron mil pellejerías para poder vivir en el extranjero. No poder vivir con la familia, no poder ejercer la profesión, o qué sé yo. Es común oír en boca de alguna persona poco reflexiva que los exiliados debieran agradecer al dictador por haberlos enviado al extranjero a que estudiaran o a que aprendieran un idioma, o más de uno en algunos casos. Quizás la única proeza del dictador, inciertamente alabable, es el haber repartido chilenos a la fuerza por el mundo.

Sin embargo los que se quedaron no la pasaron bien tampoco. Crisis económica, libertades coartadas, campos de concentración, centros de tortura, soplonaje, terrorismo de estado. Además por muchos años, casi 15, los chilenos que se quedaron fueron exiliados dentro de su propio país por el toque de queda. No sé exactamente de cuánta duración, pero me parece que bordeaba las 12 horas. La dictadura expropiaba el país a sus habitantes, y sólo unos pocos elegidos por los dioses castrenses gozaban del salvoconducto para poder circular a placer por el país cerrado para todos.

Esta dictadura nuestra nació violentamente. No nació de la nada, claro que no. Pero al margen de las presuntas causas nacionales que puedan haber propiciado el terreno a una dictadura, esta tuvo sus padres: Nixon y la CIA. El mismo día del golpe, el presidente Allende iba proponer a las 13:00 un plebiscito para que el pueblo chileno decidiera si seguía o no en el gobierno. Nunca sabremos el resultado, el cual quedará para siempre en los terrenos de la conjetura. Como podemos ver, ante un problema democrático, una solución democrática.

Como decía, la dictadura nació violentamente, y el bombardeo del Palacio de la Moneda, del arquitecto Toesca, fue un símbolo, anunciando que nada sería igual de ahí en adelante. Allende se suicida, y con la visión de futuro que lo caracterizó siempre, desde que era un estudiante, pasó a la historia, convertido a su vez en un símbolo. Hasta el día de hoy podemos ver que Salvador Allende se volvió inmortal a través de la muerte, o a pesar de ella.

La dictadura también tuvo sus símbolos, más allá del bombardeo del la Moneda: clausuró la puerta de la callé Morandé 80, puerta por la que solía entrar a la Moneda el presidente. Clausuró esta puerta en un intento inútil de clausurar el recuerdo de una democracia que venía del siglo XIX, inmaculada. Bueno, con una que otra manchita. El golpe de estado del '73 cambió el concepto de mancha.

Y es a esto que me quiero referir ahora. En una ceremonia sencilla, el actual presidente, Ricardo Lagos, reabrió esta puerta, clausurada hace 30 años. En un programa televisivo puede verse politicos de gobierno y opositores contrastando sus deseos de cambiar la constitución que nos aqueja, la constitución cuasidemocrática del '80 para convertirla en una constitución democrática: adiós desginados, adiós vitalicios e institucionales, adiós binominal. Adiós amarres.

En este día de compleja lectura sendas ceremonias escarapelan lado y lado. Más masivas las manifestaciones de los golpeados, más discretas las de los golpistas. Por un lado actos culturales conmemorando al presidente Allende, por otro lado un puñado de viejos canijos de cabezas canosas visitan y felicitan al dictador, mientras un grupo de viejas fanáticas quedan afónicas gritando tras las rejas. Por un lado se condena con justa razón la dictadura; por otro lado los mismo viejos carcamales en retiro elevan sus loas al segundo libertador de Chile, negando una verdad incontrastable. Como si por el hecho de negarlos, desaparecieran los muertos.

Debo ser honesto con la verdad: pensaba que hoy iba a quedar la tendalada, y sin embargo me he equivocado, al parecer. Pude ver en las noticias que no fue así, casi en lo absoluto. Manifestaciones pacíficas (aunque no falta la garra verde que para no perder la costumbre moja a algunos y detiene a otros, que en este caso estaban viendo un video en las afueras del estadio Victor Jara, sentados en la calle, en una velatón autorizada), excepto por unos adolescentes en algunos sectores de Santiago que prendieron fogatas con neumáticos... esto demuestra que los desmanes no son causado por quienes se manifiestan pacíficamente, sino por quienes aprovechan esta fecha de profunda insignificancia para ellos para portarse mal.

Finalmente, después de años de espera, el Estadio Víctor Jara recibe este nombre oficialmente, el comandante en jefe del Ejército dice nunca más, la izquierda se empieza a hacer autocrítica (tarea pendiente para la derecha, los milicos y civiles que participaron de la dictadura), se hacen reportajes y documentales sobre la dictadura y el golpe de estado, se discute acerca de este reciente hecho histórico, se reabre la puerta de Morandé 80, se ve cercana una constitución democrática. Aún hay esperanzas.

La tan nombrada y manoseada transición a la democracia está a punto de empezar. Se están abriendo las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.