viernes, agosto 22, 2003

Bello barrio, bello barrio

Un bello dí­a en este bello barrio desempaña el largo pasar de estas tres semanas de espera; por fin los oscuros túneles de la burocracia eléctrica muestran la luz. Hace dos días tuve la confirmación extraoficial de la aprobación de mi tema, y al día siguiente, el jefe de carrera lo confirmó en una más de las famosas conversaciones de pasillo.

Aprobado pero con observaciones: al parecer el tema es un poco largo para los 6 meses que en teoría debiera durar una memoria; en la práctica he sabido de memoristas que demoran alrededor de 3 años en sacar su memoria. Así­ que ahora, los formularios, con las observaciones de la comisión, regresan (al parecer) donde el profesor tutor, que tendrá que aceptar o ignorar estas recomendaciones. Después ya no sé si seré informado de los posibles cambios en el temario de mi tesis.

Pues bien, ahora que la burocracia eléctrica está por terminarse, al parecer empezará la burocracia tenientina; una vez que logre arrancarle los papeles que necesito al aparato administrativo de la facultad, me imagino que los copiaré y los legalizaré, para mandarlos por courier a mi jefe, para que empiece a tramitar con la oficina de personal de El Teniente. Después seré citado a un examen médico a una institución aprobada por El Teniente.

Ahí­ se produce una nueva instancia de espera, dirá alguno, en perfecto argot burocrático-administrativo. Pues, si, pero puede hacerse un bypass lateral: quizás mi jefe acepte que empiece a trabajar antes de tener la autorización médica. Puede que sí­, ya que entiendo que un ingeniero mecánico, que trabaja en Generación (donde haré la tesis), hizo lo mismo que pretendo hacer yo ahora. Ya veremos.

Cuando llegué a Concepción a comienzos de mes, pensaba que partiría a los dos o tres días, una semana a lo sumo, a trabajar en mi tesis. Por lo visto, aún hay caminos que recorrer, y queda aun bastante leña que picar: tengo que resolver algunos asuntos pendientes. Cancelar internet, volverlo a abrir en Talca, cancelar el arancel de la universidad (que se reduce a un 20% del original, finalmente), grabar uno o dos discos, preparar uno o dos detalles que no quiero olvidar pero que están relacionados con el olvido, ver que llevo y que dejo. Organizar mi partida de esta ciudad y de este bello barrio. Aunque sea por una temporada.

Bello barrio, de veredas cuarteadas de tantos años soportando autos y camiones estacionados encima; bello barrio, sentado a las faldas del cerro, detenido en la pendiente; bello barrio de casas pintorescas, unas, y ancianas, otras. Bello barrio fantasma de los fines de semana, reino del silencio interrumpido a ratos por los motores raudos de los viajantes, por los ladridos perezosos de los mastines de la casa de enfrente, que de esa forma hallan su razón de ser.

Bello barrio, de veredas invadidas por árboles que seguramente ya estaban antes, y que, enseñoreados de la vereda, tienen suficiente autoridad para levantarla o negarle el paso al peatón, autoridad suficiente para obstruir las luminarias y oscurecer las calles. Bello Barrio Universitario, lleno de pensiones y hogares estudiantiles, que se tiñe de un color cobre al caer el otoño y que es azotado por las lluvias sin piedad cuando es invierno; bello barrio, que por las noches huele al humo de las chimeneas y en septiembre u otra fecha significativa huele a bombas lacrimógenas.

Bello barrio, que se ve decorado algunas noches a la semana por los rosetones de las bolsas de basura destripadas por los perros hambrientos, que a veces es paso obligado para las caravanas de mechones, otras es ruta de escape para los mechones en fuga y recientemente se ha podido ver que es también paso obligado para la garra verde, cuando va en busca de algún revoltoso (tuve la oportunidad de ser testigo, hace dos semanas, de ver una cuadrilla de diez pacos, escoltando a un solitario chascón con mochila).

Bello barrio, bello a pesar de los rosetones y las cuarteaduras, a pesar de las casas exóticas o decadentes, a pesar de los perros, del humo y de las veredas levantadas.